Jim, Anu y Bobby “malón”

Nuestro paso por Darwin fue fugaz. Después de tres días disfrutando del calorcito tropical y de la compañía de Celia cogimos un avión rumbo a Sydney. Cuando bajamos del avión y nos reencontramos con el invierno empezamos a preguntarnos por qué decidimos ir allí…..Ah, es verdad, huíamos del Monzón que sacude una gran parte del sureste asiático en esas fechas pero se nos fue la mano con la latitud.

Tras recuperarnos del shock térmico nos dirigimos a una pueblito al sur de Sydney que está a más de una hora en tren (sí, sí, entra en la categoría de “donde da la vuelta el aire”). Se llama Campbelltown y allí viven Jim y Anu. Él es un empresario de éxito que se dedica a múltiples tareas. Una de ellas es fabricar champú y exportarlo a Europa. Un día se dio cuenta de de que era un rollo rellenar mil botellas a mano, así que se fue a China para ver si le podían fabricar una máquina que lo hiciera automáticamente y costara dos duros. Obviamente la consiguió y, le pareció tan buena, que decidió pedir más y venderlas a distintas empresas. Damos fe de que el negocio le va muy bien. Su mujer, Anu, es médico de profesión. Tiene una clínica privada que lleva con otros dos socios. Trabaja mucho y tampoco le va nada mal. Ambos se conocieron cuando se acababan de divorciar de sus respectivas parejas. Iban juntos a clase de baile y después de unos meses se hicieron novios y terminaron casándose.

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Jim y Anu

Jim y Anu están muy ocupados con sus trabajos así que siempre necesitan a gente que se ocupe de su casa que, dicho sea de paso, entra en la categoría de lo que nosotros denominaríamos “casoplón”. O sea, si uno entra en la finca y no ve el otro lado de la parcela, eso es un buen casoplón, y así era la casa de estos dos australianos de adopción:  la familia de Jim es de origen inglés y la de Anu del este de Europa.

Jim y Anu conocieron el programa de voluntariado “workaway” en casa de uno de los hijos de Jim y les pareció una buena idea acoger a voluntarios para que se ocuparán de su casa a cambio de alojamiento y comida.

Como habréis adivinado,  nos fuimos de voluntarias al casoplón. Teníamos que trabajar cuatro horas diarias y, entre nuestras tareas, estaba la limpieza de la casa, quitar las malas hierbas del enorme jardín, cocinar y, en alguna ocasión, ir a rellenar botes de champú a la fábrica de Jim con su súper máquina. Muchas veces trabajamos más de cuatro horas para conseguir días libres y visitar Sydney, así que al final del día no sentíamos las manos. Como recompensa cenábamos unos platos exquisitos y contundentes que preparaba Anu.

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Jim en su empresa

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Rellenando botellas de champú en la fábrica de Jim (Foto @Jim)

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Con Will y los “barber poles” de Jim (Foto @Nuria Nuélamo)

Nosotras nos alojábamos en una casa pequeñita al otro lado del jardín junto a Will (el hijo de Jim) y los dos perros de casa, Mya y Honey. Will quiere ser D.J., así que tenía una mesa de mezclas y unas altavoces gigantes en el salón. Casi todas las tardes sus amigos iban a verle y a trastear con el equipo, pero se lo llevaban todo a un almacén contiguo para no molestarnos. Un día entró uno que dijo : “aryadaing, girls?” Y fue cuando comprendimos que el acento australiano cerrado es imposible. De diez palabras entendíamos una, así que la comunicación nunca llegó a fluir con sus amigos.

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Nuestra casita

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Mia

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Lo mejor del día llegaba después de cenar, cuando nos sentábamos en el sofá con Mia y Honey al lado de la chimenea

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En los alrededores de Campbelltown

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Nuestro vecindario

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Anu jugando con su nieta en frente de la casa

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La pequeña Lilly

Nuestros días libres los empleamos en visitar Sydney. En uno de los autobuses que cogimos para salir de Campbelltown conocimos a nuestro ángel de la guarda australiano, Gerry. Este hombre nos salvó la vida el día en que perdimos el último bus para llegar a la casa. Se puso a hacer llamadas y al final consiguió que el mismo autobús que habíamos perdió nos esperara en una rotonda y nos llevara a casa. Hasta nos dio su teléfono por si necesitábamos ayuda cualquier otro día. Otro momento maravilloso en Sydney fue el reencuentro con mi amigo Chris, un astrónomo con el que coincidí en Chile y al que hacía años que no veía.  Nos llevó a conocer Watson’s Bay y las Blue  Mountains, dos lugares que nos encantaron. También nos explicó muchas cosas de la vida en Australia, de la calidad de vida y de la muchísima pasta que necesitas para vivir allí.

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El área para parar en la estación de tren. Solo el tiempo que dura un beso, jeje

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Las olas

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Chris

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Atardecer en el puerto de Sydney

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Las Tres Hermanas, en las Blue Mountains

Un día empezamos a sentirnos mal durante las cenas. Veníamos arrastrando ciertas molestias estomacales desde Indonesia, pero en Sydney el malestar se hizo ya muy patente. Estábamos hinchadas, teníamos muchos gases y hambre a todas horas. Después de indagar en Internet y preguntar a Anu, descubrimos nuestro problema: ¡teníamos parasitos intestinales! Anu nos dio las medicinas oportunas y ese día en la cena empezamos a bromear acerca de los gusanos, del cariño que había cogido al mío, al que puse de nombre Bob, y de la pena que me daba deshacerme de él. Jim sonrió pero no dijo nada. Al día siguiente volvió a salir el tema y pregunté a Jim qué iba a hacer sin mi Bob. En ese momento empezó a reírse como un loco, vamos, que se le saltaban las lágrimas. No entendíamos nada hasta que me explicó que Bob es el nombre que ellos dan a los consoladores, o sea, el acrónimo de “boyfriend on batteries”. Así que cada vez que yo hablaba con cariño de mi gusanoide, él me imaginaba suspirando por el último modelo de vibrador…

Después de tres semanas dejamos el jardín que parecía el parque del Retiro. ¡Bonito es poco! Nos despedimos de todos y también del invierno porque nos esperaba Tailandia con su calorcito.

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En el trópico australiano

Antes de llegar a Australia no tuve la oportunidad de leer el fantástico libro de Brian Bryson, En las Antípodas, dedicado a este continente. Si algún día se os ocurre pasaros por allí, cosa que deberíamos hacer todos al menos una vez en la vida, es muy recomendable leerlo antes. Es irónico y divertido, y os dará muchas pistas que os servirán para entender el país y a los australianos. Y sabréis lo que os espera en Darwin, el primer sitio sobre el que pisamos suelo en Australia.

Nunca habríamos reparado en Darwin si no fuera porque desde Bali se encuentran chollos para volar hasta allí. Es un destino muy popular entre los australianos porque tiene un clima tropical todo el año y suelen ir allí de vacaciones locas. Decidimos que una vez dentro del continente podríamos buscar una granja cercana para trabajar de voluntarias y movernos  por allí, quizás acercarnos al centro, a Alice Springs y a la montaña sagrada de Uluru, pero no encontramos nada. Las granjas por el Territorio Norte no necesitaban a nadie y una vez allí nos dimos cuenta de nuestra ignorancia sobre la inmensidad del país. Las distancias son realmente enormes y lleva días viajar de unas ciudades a otras en tren o autobús. Así que decidimos buscar trabajo en Sydney y pasar tres días en Darwin con Celia, una amiga que estaba en un congreso en Melbourne y se venía a pasar con nosotros el fin de semana.

Llegamos muy tarde al albergue. Compartimos taxi desde el aeropuerto con un chico estadounidense, un alemán y un australiano que nunca había visto a un español. Cuando nos preguntó de dónde éramos se quedó perplejo mirándonos y no dejaba de repetir: “¡Guau! Es la primera vez que me cruzo con españoles. No he visto nunca ninguno por aquí. Y en otras partes de Australia también es raro ¡Guau! “.  Me sentí como si estuviéramos viendo por primera vez un animal exótico de la fauna australiana, solo que esta vez el animal exótico éramos nosotras.

En el albergue enseguida nos encontramos con Celia y nos preparamos para salir a cenar algo. Pronto nos dimos cuenta, con una gran decepción, que la calle principal (no parecía que hubiese muchas más calles en realidad) era una sucesión de discotecas, bares ruidosos y hoteles feos. Los bares y las calles estaban llenos de chicos en su mayoría muy tatuados y muy borrachos, y chicas muy arregladas y muy borrachas también. Esa no era la Australia que habíamos imaginado. Después de cenar volvíamos hacia el albergue cuando vimos un lugar donde parecía haber un ambiente tranquilo y agradable, con música en vivo, y decidimos entrar a tomar algo. La decisión no pudo ser más acertada. Tomamos una cerveza y al poco rato estábamos bailando al son de la música con un grupo de chicos muy simpáticos que resultaron ser militares de Nueva Zelanda. Al parecer estaban allí haciendo unas prácticas y a conocer a sus colegas Australianos. Uno de ellos, un chaval muy agradable que era igualito al actor Matt Damon, nos contó maravillas de su tierra y nos dejó con unas ganas terribles de visitar su país.

Al día siguiente, partimos en un coche alquilado rumbo al Parque de Litchfield, a unos 130 km al sudeste de Darwin. El parque estuvo habitado por aborígenes durante miles de años pero ya no queda ninguno por allí. Como en el resto de Australia, los aborígenes han quedado confinados en unas cuantas reservas. Los pocos que viven en las ciudades, como en Darwin, se pasean por las calles como momias deambulando sin rumbo y con la mirada perdida. Dicen que no se han adaptado a la sociedad. Lo que está claro es que tienen un gran problema con su integración y que a los australianos les incomoda mucho hablar sobre este tema. No se les ve en las tiendas, ni en correos ni trabajando en ningún otro lugar. Para los turistas ni existen si no fuera porque a veces los encuentras tirados en las calles. Bill Bryson cuenta cosas muy interesantes sobre ellos en su libro, que ha ido averiguando en sus viajes por el país.

Litchfield es un destino muy popular para los turistas que van a pasar el fin de semana a bañarse en las bonitas cascadas y pozas del parque, cuando no hay cocodrilos, porque hay épocas del año que te saltan a la yugular cuanto menos te lo esperas. Hacía un calor insoportable y los pocos árboles y hierbajos del parque por donde pasábamos parecían totalmente secos.  Pero al llegar a las cascadas la naturaleza cambiaba, se volvía verde y refrescante y lo pasamos en grande chapoteando bajo el agua. Por la noche dormimos en una cabaña en un albergue muy bonito cerca de la entrada del parque y al día siguiente visitamos otras cascadas y unas termiteras gigantes a lo largo del camino. Volvimos a la ciudad muy contentas pero con pena de que Celia tuviese que coger el avión de vuelta a Melbourne esa misma noche.

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Nuria y Celia en una de las minicascadas del parque

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Muchas familias se acercan a pasar el fin de semana

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Atardecer en el parque de Litchfield

El último día en Darwin lo pasamos visitando el centro histórico. Cuando conseguimos un mapa y vimos que aquella calle-ciudad tenía un centro histórico nos lanzamos a explorarlo. Fue una aventura interesante; primero descubrimos que la ciudad tenía más de una calle y que había vida más allá de los garitos nocturnos: tiendas, algún supermercado e incluso vimos un colegio. Parecía muy diferente a lo que habíamos visto la noche anterior. Y constatamos que gran parte del llamado casco histórico son cuatro muros que sobrevivieron los desastres del último siglo. Caminando hacia el mar llegamos a la zona del puerto donde encontramos restaurantes, tiendas, un parque con una laguna artificial lleno de gente tomando el sol y un muelle. Al parecer el mar es muy peligroso y está lleno de tiburones por lo que la gente va a bañarse a la laguna.

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Christ Church, inglesia anglicana reconstruida en 1976 después de que el ciclón Tracy destruyera la original

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Escultura de un Mokuy, un espíritu según la creencia del pueblo Yolngu. Obra del artista Nawurapu Wunungmurra

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Exposición de fotografía en las ruinas del ayuntamiento

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A caminar

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Vista del puerto y la laguna artificial

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¡Que vienen los cocos!

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Uno de los agradables restaurantes del puerto

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Pasarela del muelle

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El muelle

Darwin es una ciudad de la que nadie conoce casi nada pero que tiene una historia reciente interesante. Ha sido destruida en dos ocasiones en los últimos sesenta años. El 19 de febrero de 1942, casi dos semanas después de que los japoneses atacaran Pearl Harbour, fue bombardeada también por sorpresa por el mismo batallón. Según la información que leímos en el muelle, en el primero de los dos ataques cayeron más bombas que en el de Pearl Harbour y también se hundieron más barcos. Murieron más de 240 personas y la ciudad quedó destruida en su mayor parte.

Pocos años después, en 1974, el ciclón Tracy golpeó sus costas matando a 74 personas y destruyendo el 70% de los edificios de la ciudad. Hubo que evacuar a unas 30.000 personas. Este ha sido el peor desastre natural que se ha vivido en Australia. Es mucha destrucción en tan pocos años.

Después de empaparnos de tanta historia y sudando la gota gorda volvimos al albergue con un solo objetivo en mente: tirarnos a la piscina. Creo que nunca he disfrutado más un baño que en aquella charquita aquel día.

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Placa que recuerda el bombardeo de Darwin por los japoneses en 1942

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Vista del mar en el enorme puerto natural de la ciudad

Y llegamos a Bali

Al inicio de este viaje nunca pensé que llegaríamos  a un sitio tan popular como Bali, isla que uno sólo menciona en sueños que no suelen hacerse realidad. Pues allí estábamos, después de una travesía de 3 horas en el ferry local.

Llegamos a Padang Bay, un pueblo chiquito situado en una bahía al este de la isla. Es popular porque desde aquí se cogen los barcos que llegan a las famosas y turísticas islas Gilli. Comparado con Lombok, Bali es el paraíso del guiri: sólo nos cruzábamos con extranjeros que estaban allí para bucear o de camino a cualquier otra parte de Indonesia.

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Templo en la playa de Padang Bay

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Una de las calles del pueblo

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Niños jugando en la calle

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Playa de Padang Bay

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La constelación de la Cruz del Sur: ya estamos en el Hemisferio Sur

La búsqueda de posada fue un poco penosa. Pasamos por dos sitios distintos antes de dar con nuestro pequeño paraíso: la pensión Celangi, un hostal que lleva una familia encantadora y que sirve unos desayunos copiosos en una terraza con vistas al mar.

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Habitación del primer hotel.

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Vista desde la terraza del Hostal Celangi

Al contrario que Lombok, que es una isla de mayoría musulmana, Bali es una isla  donde la religión principal es el hinduismo. Es un hinduismo un poco especial porque mezcla las creencias hinduistas y animistas con el culto budista. Por eso es muy común encontrarte con pequeños templos dentro de las casas, en medio de la calle o al lado del mar, donde se venera a distintas deidades. Cada mañana las mujeres preparan pequeñas ofrendas con hojas de plátano que contienen flores y arroz. Además, encienden incienso y perfuman las casa con distintos aromas así que, pases por donde pases, te encuentras estancias y calles decoradas con mil colores y olores muy intensos.

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Ofrendas en las calles

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Mujeres poniendo ofrendas en el templo

En Padang Bay hay una cala que se llama “Blue Lagoon”. Tiene aguas transparentes color turquesa y se pueden ver todo tipo de peces, mantas rayas y corales. Y eso sólo con las gafas de buceo. Tras pasar la mañana en la playa solíamos ir a un restaurante  cercano donde daban de comer muy bien. El curry de pescado y un plato local llamado “Gado Gado” eran nuestros platos preferidos. Este último consiste en una mezcla de verduras aliñadas con una salsa de cacahuetes medio dulzona.

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Blue Lagoon

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Nuestro restaurante favorito

Al lado de la Blue Lagoon hay un templo hinduista con vistas al mar. Vimos a mucha gente muy arregladita dirigirse hacia allá y nos fuimos detrás. Llegamos a la zona de oración donde había un altar adornado con flores y arroz  y varias estatuas de santos. El encargado del templo ofrecía agua y arroz a los dioses y después oficiaba una pequeña ceremonia para los fieles allí congregados. Nos dejo entrar a verla sin ningún problema y al final nos regaló una flor a cada una.

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Adornos del templo

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Templo en Bali

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Detalle del altar

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Detalle del balcón del templo

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Templo sobre el mar

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Ceremonia religiosa

El último día en Bali lo empleamos en visitar uno de los bonitos palacios sobre el agua que hay en la costa y el pueblito de Tenganan. El primero es una construcción de mediados del siglo veinte que ha albergado a distintos príncipes balineses y a toda su prole (la poligamia es lo que tiene) y que ahora es una atracción turística. Tiene unos jardines espectaculares y es el lugar perfecto para relajarse. Por otro lado, el pueblito de Tenganan  es famoso por sus artesanos, que dibujan motivos balineses en tablillas de madera y confeccionan pashminas tejiendo en telares antiguos.

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En el tuk-tuk recorriendo la isla

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Paisaje de la isla

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Cerca de Padang Bay

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Palacio del agua de Ujung

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Antes de entrar al pueblo decidimos almorzar algo rápido. No encontrábamos ningún restaurante ni puesto callejero, así que preguntamos a una mujer que estaba vendiendo en la calle si sabía donde se podía comer un arroz. Ella, toda resuelta, dijo: ¡pues en mi casa! Y sin darnos cuenta, mientras se reía a carcajadas, nos subió en su moto y nos llevó a su humilde morada en medio de la selva. Allí empezó a sacar todo tipo de preparados caseros que guardaba en bolsitas de plástico. Mientras comíamos nos enseñó fotos de su familia. La comida estaba buenísima y, la verdad, fue uno de los mejores momentos del día. Después nos volvió a subir en la moto y nos dejo a la entrada del pueblo de artesanos.

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De vuelta al pueblito después de comer en la selva

El pueblo de Tenganan es muy pintoresco. Hay gallos con las plumas teñidas de colores muy intensos (rosas, azules, amarillos) y gente que está dibujando y tejiendo por todas partes. Conocimos a un carpintero que diseñaba muebles espectaculares. Se nos pasó el tiempo tan rápido que perdimos el último tuk-tuk que salía hacia Padang Bay, así que no nos quedó otra que hacer autostop para que nos acercaran. Tuvimos suerte y un par de señores que iban a un templo cercano nos acercaron por el precio del tuk-tuk. Así, tan contentas en la parte de atrás de una furgoneta regresamos al hotel.

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Casas típicas de Tenganan

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Gallos pintados de colores por diversión

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Interior de la casa de un artesano de la madera

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Tenganan

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A la salida del pueblo

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De vuelta a Padang Bay en la parte trasera de la furgoneta

Pasando el ratus en Lombok

Llegamos a Indonesia haciendo noche en el aeropuerto de Changi en Singapur. La verdad es que podríamos escribir una entrada completa acerca de este aeropuerto ya que es una pequeña ciudad en sí mismo: tiene piscina, un jardín y todo tipo de tiendas. En plena madrugada, mientras dormía en un sillón del aeropuerto, escuché una voz en sueños que me decía: “Nuri, el pasaporte”. Abrí los ojos y vi a Susi rodeada de tíos con metralletas y uniformes. Estaban buscando a alguien y, afortunadamente, no era a ninguna de nosotras.

La idea original era trabajar en un colegio de Yakarta pero llegamos justo al inicio del Ramadán y estaba cerrado, así que no tuvimos más remedio que irnos de vacaciones. Aconsejadas por un indonesio que conocimos en Nepal nos fuimos a la isla de Lombok, un pequeño paraíso cercano a Bali. Nos alojamos en un hostal muy modesto y con mucho encanto llamado “La casa homestay”. Los dueños son Michelle, un francés que lleva 30 años viviendo en Indonesia, y Nia, una mujer natural de Lombok, siempre sonriente y muy simpática. Ambos tienen una nena de dos años llamada Celine, un amor de cría con la que hicimos muy buenas migas.

La casa homestay parecía realmente nuestra casa. Nia y Michelle nos cuidaban mucho y se preocupaban de que estuviéramos bien. En la habitación de al lado se alojaba un señor de Australia al que acompañaba Christina, una mujer de Indonesia con la que también confraternizamos. Ah, y también conocimos a Wayan, un indonesio muy macizo que trabajaba en el hostal y que nos deleitó con más de un momento “coca- cola light” mientras trabajaba en el jardín.

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Patio central de la Casa Homestay

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La pequeña Celine (Foto @Nuria Huélamo)

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Michel, Nia, Nuria y Wayan

 Pasamos unos diez días muy relajados en Lombok, yendo a la playa y degustando platos típicos de la zona. Tan sólo fuimos un día a Senggigi, la ciudad más turística de la isla que estaba a 15 minutos en transporte público. Paseando por esta ciudad nos llamó la atención un cartel en un centro de belleza en el que ofrecían un servicio llamado ”ratus vagina”. A la vuelta preguntamos a Christina qué era y ella, muy sería, nos miró y dijo: ¿sabéis lo que es una vagina? Después de recuperarnos del ataque de risa, Christina nos explicó que en Indonesia es común preparar una infusión con distintas hierbas y colocarlas en una silla con un agujero en el centro. Las mujeres se sientan en la silla mientras los vapores aromáticos suben hasta su vagina y la limpian y perfuman. Y, claro, yo concluyo que debes pasar un buen “ratus” ahí sentada y por eso el nombre de este servicio tan peculiar.

El último día en Lombok nos fuimos a pasear por un camino cercano al hostal desde donde se veía el mar y la puesta de sol. El paseo nos permitió visitar tanto zonas residenciales con casas de lujo como pobladitos muy auténticos donde la gente vive en pequeñas chozas muy modestas.

Al día siguiente recogimos nuestras cosas bajo la atenta mirada de Celine y nos marchamos a Bali en barco.

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El primer revés hongkonero

Hong Kong es un paraíso natural. La imagen que teníamos de esta excolonia del Reino Unido es la de una ciudad de rascacielos y avenidas de centros comerciales. Y ciertamente tiene mucho de esto pero para nuestra sorpresa, también está llena de parajes naturales bellísimos, parques, playas e islas donde hacer caminatas, excursiones de varios días o ir de acampada. El bosque tropical es exuberante, de un verde puro e intenso. Nos gustó tanto que decidimos quedarnos más tiempo para explorar la naturaleza.

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La llegada a Hong Kong fue más complicada de lo que preveíamos. El tren que nos llevaba al aeropuerto en Shanghai tardó hora y media más de lo previsto y perdimos nuestro vuelo ¡por cuatro minutos! Acababan de cerrar la facturación y por más que suplicamos no conseguimos doblegar el corazoncito de aquel chino. Así que empezó el periplo en el aeropuerto para encontrar otro vuelo que cumpliese las tres condiciones mágicas: que fuese para ese mismo día porque nos caducaba la visa y teníamos que salir de China (cuando viajas a Hong Kong sales del país), que fuese económico y que no llegase demasiado tarde para que pudiésemos ir a la granja de Teressa en Hok Tau (recordad, el pueblo más pequeño del universo). Como la magia no siempre funciona, solo se cumplió una condición y al llegar tuvimos que dormir en el aeropuerto.

Pero Hong Kong tenía preparada otra sorpresa para nosotras, en concreto, para mí. A la mañana siguiente cogimos dos autobuses hasta la granja. Una vez allí y hechas las presentaciones me di cuenta de que no tenía mi teléfono. Lo había perdido en el primer autobús y por mucho que lo buscamos no hubo manera de encontrarlo. Debo reconocer que tardé unos días en recuperarme del sofocón de los últimos acontecimientos. Aunque por otro lado, este último suceso también nos brindó la oportunidad de vivir un momento surrealista en la comisaría del pueblo. A la señorita que nos atendió no le importaba lo más mínimo el motivo de nuestra denuncia, ni cómo había desaparecido mi teléfono. Todo su afán era saber nuestra dirección y entender cómo era posible que dos españolas conocieran Hok Tau, y peor aún, que vivieran allí en una granja. La pobre tuvo un cortocircuito. Nosotras nos mirábamos a punto de estallar de risa. Necesitaba desesperadamente saber nuestra dirección, así que buscamos la página de la granja en Internet en su móvil y llamó varias veces hasta que consiguió la dirección que nosotras no pudimos facilitarle. Solo entonces, y sin preguntarme lo que había pasado (es cierto, todos sabíamos que el teléfono no iba a aparecer), escribió lo que le vino en gana y se quedó tan pancha. Cuando empecé a contarle lo que sucedió ya tenía el parte firmado y sellado.

Lo que nos llamó la atención desde el primer momento que llegamos a Hong Kong es que es una ciudad para sus ciudadanos. Los transportes y servicios públicos, los parques, todo está perfectamente organizado y adaptado para personas con discapacidad. Es una ciudad pensada para facilitar la vida a la gente y eso se siente.

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Y si no, que se lo pregunten a esta señora

Hong Kong es una Región Administrativa Especial de China desde el 1 de julio de 1997, cuando China y Gran Bretaña acordaron que se respetaría el sistema legal existente antes del traspaso de soberanía durante cincuenta años, hasta el año 2047. Esto significa que mantiene un sistema económico capitalista dentro de un país comunista, su propio sistema administrativo y judicial y el de aduanas y fronteras externas. De hecho, los ciudadanos tienen total libertad para entrar y salir de la región y viajar al extranjero, conducen por la izquierda, hablan cantonés y no mandarín (el idioma oficial en China) y no se necesita visado para entrar, simplemente un permiso que te sellan en la frontera. Vamos, es otro mundo.

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La Avenida de las Estrellas

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¿Quién se atreve a superarlos?

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El puerto Victoria y el otro lado de la bahía

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La bahía de Kowloon

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El pescadero del barrio… mie-di-to

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La piscina pública en medio de la ciudad, para todos

Hong Kong está formado por más de 200 islas, la más conocida de las cuales es la que da nombre a todo el territorio y en la que se encuentra la península de Kowloon y su famoso distrito financiero y comercial. La más grande es Lantau, donde está el aeropuerto, que es una isla muy verde con algunos pueblos de pescadores. Allí fuimos a visitar una de sus principales atracciones turísticas, el buda sentado, y nos encontramos con una exhibición de monjes shaolines en la calle que fue muy entretenida.

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El Gran Buda, una estatua de 34 metros de altura en el pico más alto de la isla

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Una de las diosas acompañantes del Buda

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El ritual de quemar incienso en todos los lugares budistas

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Lamma es más pequeña pero tiene mucho encanto. Muchos expatriados viven aquí y van a trabajar todos los días a Kowloon, que está a menos de media hora en ferry. Por sus calles no circulan coches, solo bicicletas y desde la calle del puerto te encuentras numerosos restaurantes especializados en marisco, algunos pequeños hoteles y muchas tienditas que venden conservas de pescado. El bullicio de la mañana y la alegría que tiene el sitio nos enamoró. Desde allí sale un camino que recorre la isla de punta a punta y que se puede hacer a pie o en bicicleta. En las tres o cuatro horas que dura el trayecto se pasan playas, miradores, acantilados. Las vistas del mar y las otras islas es impresionante. En una de estas playas nos dimos el primer baño del verano (con un poco de miedo de que fuera el último por esode los tiburoncillos que rondan por allí) y celebramos el cumpleaños de Nuria con una cenita muy agradable.

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Bicicletas en el embarcadero de la isla de Lamma

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Pueblo de pescadores cera del embarcadero en Lamma

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Interior del pueblo de pescadores, lo que no se ve desde fuera

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Una de las playas de la isla

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Red para tiburones (es la única de la isla)

Somos acuapónicas

Llegamos a Hong Kong bajo la amenaza de un tifón pero, quitando un vuelo bastante turbulento, la cosa no pasó a mayores. Aterrizamos por la noche y desde el avión sólo se veían islas llenas de luces. Parecía que se llegaba a una ciudad  futurista donde en vez de edificios había plataformas flotantes para repostar con las naves  nodrizas.

Hicimos noche en el aeropuerto y a la mañana siguiente nos dirigimos hacia nuestra nueva granja en el pueblo de Hok Tau que, pensaba yo, tiene nombre de estrella. Llegamos a nuestro destino y comprobamos que es el pueblo más pequeño que existe en el planeta: cuatro casas y ni una tienda ni un bar. Eso sí, el enclave es maravilloso: el pueblo está en medio de un parque natural rodeado de un bosque subtropical muy verde y muy frondoso.

Parada de autobús de Hok Tau

Parada de autobús de Hok Tau

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Parque Natural al lado de Hok Tau

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Nos alojamos en casa de Teressa, la dueña de la granja en la que íbamos a trabajar. Al llegar nos encontramos  a dos wwoofers que se iban, Ajun, del norte de China, y Roland del sur de Australia, ambos majísimos. Ajun es profesor de lengua en una  escuela de primaria y ya nos ha invitado a visitarle en nuestra próxima visita a China.

Y, ¿qué se hace en la eco-granja de Teressa? A ver si lo puedo explicar sin que suene a cuento chino: la granja se dedica a cultivar vegetales, sobre todo papayas. No se utilizan fertilizantes químicos, así que como alternativa se utiliza un fertilizante tan natural como la caca de pez. Y, ¿de dónde  sale la caca? Pues de los peces que tienen en las dos piscinas que hay dentro de la granja. A este conjunto de vegetales y peces cagones se le llama “cultivo acuapónico”.

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Sistema acuapónico

Teressa también está preocupada con la cantidad ingente de residuos orgánicos que se genera en el planeta. Una parte termina en la compostera pero otra no se puede reciclar. Para eliminar esos residuos orgánicos sobrantes, Teresa y sus colaboradores están haciendo experimentos  con un gusano que es capaz de comerse mucha basura en muy poco tiempo. Cuando se hace mayor, ese gusano tragón se convierte en una mosca que llaman ‘black soldier fly’, nombre que impone mucho pero que se queda en nada cuando te enteras de que la pobre mosca no tiene boca y vive sólo siete días. Al no tener boca no trasmite enfermedades ni plagas, así que es perfecta para una granja. Además en esos siete  días de vida tiene tiempo más que suficiente para poner muchos huevos de donde saldrán los nuevos gusanos cagones. Ah, y si hay excedente de gusanos no pasa nada porque ya están los peces para comérselos. Y es así como se cierra el círculo mágico en la granja de Teressa.

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Teressa

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Vista de parte de la granja

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Papayas

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Señora que trabaja en la granja

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Mr. Wu

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Y os preguntareis qué pintábamos nosotras en esta granja tan modernita. Pues hemos hecho de todo: quitar malas hierbas, pelar hojas para la comida, generar plantones de hierbas aromáticas, preparar tierra para plantar, limpiar y ordenar los armarios de la granja, etc. Pero de todas las tareas, la que nos ha dejado una huella imborrable , sobre todo a Susi, ha sido la de recoger gusanos entre las papayas. Ella odia los gusanos y, sobre todo, el olor a compost donde crecían estos animalitos  dentro de la granja. Cuando Teresa nos mandó al huerto a recogerlos, casi le da algo. Al final superó el trauma gusanero y ahora dice, no sé yo si muy convencida, que los gusanos son nuestros amigos. Cosas de volverse acuapónica, oiga usted.

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En proceso de adaptación (mejor no os cuento lo que estaba pensando). Lo superé

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Nuestros amigos

En cuanto a las comidas, hemos consumido sólo productos frescos de la huerta junto con alitas de pollo y carne de cerdo. Una de las cosas que más nos ha gustado ha sido la papaya hervida: cuando está todavía un poco verde se parte y se cuece. El caldito se bebe y está riquísimo, mientras que la papaya se queda blandita y lista para comer con el arroz. El sabor es dulce y suave y, diría yo, es mucho más sabrosa que la calabaza.

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Libélula roja. Las había de muchos colores

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Nuria limpiando malas hierbas entre las papayas

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Verdura típica de la zona

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Quitando las malas hierbas en una plantación de papayas

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A la rica (o no tan rica) comida

Shangai, una ciudad de contrastes

Después de 22 horas en el autobús cama, soportar a un niño pelmazo y tras superar un experimento de criogenia llegamos a Shangai. Íbamos cómodamente tumbadas en nuestras camas litera hasta que empezó a anochecer y a bajar la temperatura del aire acondicionado. Cuando ya no sentíamos nuestro cuerpo vimos que el termómetro marcaba 17 ºC. De vez en cuando subía hasta 21 ºC pero solo el tiempo suficiente para que pudiésemos recuperar el aliento. Además, decidieron parar solo tres veces para ir al baño con lo que las viejecitas, y las presentes, lo pasamos muy mal. El resto, no lo sabemos pero nadie se quejó. Sugerencia para los viajes en bus cama en China: llévate un orinal y un buen abrigo. Después de sobrevivir a este experimento supimos que podríamos con cualquier cosa.

El hotel estaba cerca del metro y bastante bien situado pero nuestra habitación no tenía ventana. En la pared había una cortina corrida que simulaba esconder una ventana detrás. Me recordó a esa película que vi una vez en la que los habitantes de una casa al descorrer las cortinas y al abrir la puerta se daban cuenta de que estaban tapiadas con ladrillos y de que no tenían forma de salir. Menos mal que el agobio se pasó rápido.

Shangai es una ciudad de grandes contrastes. Tradición y modernidad se mezclan por donde vayas. Al recorrer las calles entre edificios futuristas te topas con un barrio tradicional, un templo o un mercadillo. Es como si la ciudad moderna hubiese engullido todo lo que había y así, permitido que se preserve.

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Templo del dios de la ciudad (Old City God Temple) en los jardines Yu, en el corazón de la ciudad antigua

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Tienda de sombrillas tradicionales

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Vista de Pudong, el centro financiero de Shangai, desde el río Suzhou

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Vista del puente Waibaidu y del Consulado Ruso

Distrito financiero de Pudong visto desde el Bund, uno de los símbolos de Shangai.

Distrito financiero de Pudong visto desde el Bund, uno de los símbolos de Shangai.

El Bund, símbolo de Shangai frente al río Huangpu

El Bund, símbolo de Shangai, frente al río Huangpu

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Distrito financiero de Pudong

Cruceros por el río Huangpu

Cruceros por el río Huangpu

Un día fuimos a visitar Zhujiajiao, uno de los pueblos del agua o “water towns” más tradicionales de Shangai que tiene 1.700 años de historia. Las casas se distribuyen a lo largo de los canales y la gente vive ajena al turismo que llega hasta allí. Es muy agradable pasear por las callecitas, cruzar los puentes y tomar una taza de té o de café en los agradables cafés del gran canal. Un sitio encantador que está a algo menos de una hora de la ciudad y al que se puede acceder en un servicio especial de autobús desde la Plaza del Pueblo (People’s Square).

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Templo en los preciosos jardines Kezhi, en Zhujiajiao

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Paseando por uno de los canales

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Casa y zona de almuerzo bajo el puente en los jardines Kezhi, Zhujiajiao

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Restaurantes a orillas del canal principal en Zhujiajiao

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Es carne pero no llegamos a probarlo

Uno de los muchos puentes de Zhujiajiao

Pero lo que más nos gustó de Shangai es el pequeño restaurante que teníamos al lado del hotel y que llevaba una familia de chinos musulmanes. Solíamos ir todos los días y elegíamos las sopas por lo que pedían en las otras mesas y les freíamos a preguntas sobre las imágenes que tenían colgadas de los diferentes platos. Cuando entrábamos sonreían, no sé si por miedo a ver qué les preguntaríamos ese día o porque nos lo pasábamos muy bien. Solíamos quedarnos después de la cena “charlando” con ellos y así aprendimos muchas cosas útiles. Nos enseñaron los símbolos para contar con las manos en chino y muchas palabras nuevas que nunca fuimos capaces de pronunciar bien.