Voluntariado en Chitwan

Después de varios días en Kathmandu nos dirigimos al sur de Nepal, al Parque Nacional de Chitwan, en la región del Terai. Es un sitio muy turístico, declarado Patrimonio mundial por la Unesco, donde se suelen hacer safaris en elefante para ver  tigres, leopardos y otras especies protegidas en peligro de extinción como el rinoceronte.  En nuestro caso fuimos a trabajar de voluntarias en una granja ecológica que lleva un señor llamado Vishnu. La idea era ayudarle en el campo por las mañanas y dar clases a los niños de la aldea por las tardes.

Al contrario que Kathmandu (que está a 1.400 metros de altura), Chitwan está sólo a 150 metros sobre el nivel del mar, así que nada más bajar del autobús notamos un golpe de calor típico de los veranos más agobiantes en Madrid con toda la humedad del clima tropical. Siguiendo las instrucciones que nos dieron, nos bajamos en un pueblo llamado Narayangarh y allí buscamos un bus local hacia la aldea de Vishnu, Meghauli. El viaje en bus fue muy divertido: la música sonaba a todo volumen, la gente nos miraba mucho y las mujeres trataban de hablar con nosotras mientras se morían de la risa.

Vishnu vive en una parcela gigante en la que se encuentra la casa de sus padres, un huerto enorme, un establo con una vaca, un búfalo y una cabra y la zona de voluntariado con varias cabañitas y una zona común para comer y tomar el té.

Nosotras nos instalamos en un cuartito en la casa de los padres, un caserón con varias estancias en la primera planta y un almacén de arroz en la planta baja. Para ir al baño teníamos que atravesar el almacén, si la madre cerraba la puerta de entrada con llave, teníamos que entrar por el salón y saltar por un ventanuco tan estrecho que Susi se quedaba encajada (Nota de Susana: no os hemos contado todavía que los nepaleses son bastante bajitos en general, algunos muy pequeñitos y a veces te sientes como en Liliput. Yo misma, que tengo una estatura bastante normal voy de cabeza, literalmente, contra todas las puertas). Dormíamos en frente de la habitación de los padres y a las cinco y media de la mañana el padre de Vishnu ponía la radio a todo trapo. Las cucarachas gigantes visitaban el almacén de arroz por la noche y algunas nos acompañaban mientras nos duchábamos en el baño.

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Por cierto, el padre de Vishnu es un bramán, alguien importante en la escala social. La madre de Vishnu era un derroche de simpatía y dulzura. La mujer trataba de hablar contigo y se preocupaba de que te sintieras bien. Incluso miraba con mucha atención todo lo que hacia Susi cuando trabajaba en el ordenador procesando fotos para el blog.

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Nuestro día se repartía de la siguiente forma: tomabamos té con galletas a las 7 de la mañana y después trabajábamos en la granja hasta las 10 de la mañana, hora del almuerzo. Nos reuníamos en la zona común y ahí degustábamos un exquisito dhal bat con Vishnu, Mina (la cocinera) y otros dos voluntarios franceses con los que coincidimos. Las verduras, el arroz y las patatas venían directamente de la huerta orgánica, así que más natural no podía ser. Como a partir de esa hora el calor empezaba a ser insoportable descansábamos hasta las 5 de la tarde, cuando venían los niños del colegio (con una segunda pausa para tomar otro té con galletas a las 3 de la tarde). A las 7 de la tarde se iban los niños y cenábamos otro delicioso dhal bat mientras anochecía. Aunque parezca mentira, echamos tanto de menos ese rico dhal bat... Podríamos seguir comiéndolo a todas horas.

En cuanto al trabajo, ayudamos a Vishnu a construir un invernadero colocando los primeros palos de bambú del  armazón. También estuvimos plantando árboles en la parcela, con  la idea de usar la madera en un futuro cuando ya estén creciditos.

Sin embargo, la mejor parte vino con las clases a los niños. Se acercaron todos al salir del colegio y formaron un corrillo en torno a nosotras mientras abrian sus cuadernos para empezar a tomar notas.  Había niños entre 4 y 14 años aproximadamente. Repasamos los nombres de los colores y las formas geométricas en inglés y les hicimos pintar varias cosas. Después de la clase las niñas nos pidieron que jugáramos con ellas (los chicos solo querían jugar al fútbol) y pasamos en resto de la tarde entretenidas con carreras de relevos, la patata caliente y aprendiendo un bailecito imposible mientras entonaban una canción. Nuestra pequeña contribución fue enseñarles a jugar al pañuelo. En otra clase les dimos algunas nociones de astronomía mostrándoles fotos de planetas y pidiéndoles que los pintaran. Allí cada uno pintó lo que quiso (Neptunos naranjas, soles tricolores, lunas arco iris …) y fue tan divertido como el primer día. Ya al caer la tarde los niños escribieron sus nombres en nuestras manos y se despidieron de nosotras.

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Aprovechando que disfrutamos de algunas noches despejadas, y que la vista desde la parte alta de la casa era maravillosa, tratamos de ver la cruz del sur desde Meghauli pero no lo conseguimos. Estaba demasiado baja.

Nos fuimos de Chitwan con la impresión de que el proyecto de Vishnu tiene mucho potencial, pero necesita de mucho trabajo y dedicación para que salga adelante. ¡Ojalá lo consiga porque merece la pena!

En breve encontraréis más información sobre el proyecto de Vishnu en la sección de Voluntariado.

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