Jim, Anu y Bobby “malón”

Nuestro paso por Darwin fue fugaz. Después de tres días disfrutando del calorcito tropical y de la compañía de Celia cogimos un avión rumbo a Sydney. Cuando bajamos del avión y nos reencontramos con el invierno empezamos a preguntarnos por qué decidimos ir allí…..Ah, es verdad, huíamos del Monzón que sacude una gran parte del sureste asiático en esas fechas pero se nos fue la mano con la latitud.

Tras recuperarnos del shock térmico nos dirigimos a una pueblito al sur de Sydney que está a más de una hora en tren (sí, sí, entra en la categoría de “donde da la vuelta el aire”). Se llama Campbelltown y allí viven Jim y Anu. Él es un empresario de éxito que se dedica a múltiples tareas. Una de ellas es fabricar champú y exportarlo a Europa. Un día se dio cuenta de de que era un rollo rellenar mil botellas a mano, así que se fue a China para ver si le podían fabricar una máquina que lo hiciera automáticamente y costara dos duros. Obviamente la consiguió y, le pareció tan buena, que decidió pedir más y venderlas a distintas empresas. Damos fe de que el negocio le va muy bien. Su mujer, Anu, es médico de profesión. Tiene una clínica privada que lleva con otros dos socios. Trabaja mucho y tampoco le va nada mal. Ambos se conocieron cuando se acababan de divorciar de sus respectivas parejas. Iban juntos a clase de baile y después de unos meses se hicieron novios y terminaron casándose.

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Jim y Anu

Jim y Anu están muy ocupados con sus trabajos así que siempre necesitan a gente que se ocupe de su casa que, dicho sea de paso, entra en la categoría de lo que nosotros denominaríamos “casoplón”. O sea, si uno entra en la finca y no ve el otro lado de la parcela, eso es un buen casoplón, y así era la casa de estos dos australianos de adopción:  la familia de Jim es de origen inglés y la de Anu del este de Europa.

Jim y Anu conocieron el programa de voluntariado “workaway” en casa de uno de los hijos de Jim y les pareció una buena idea acoger a voluntarios para que se ocuparán de su casa a cambio de alojamiento y comida.

Como habréis adivinado,  nos fuimos de voluntarias al casoplón. Teníamos que trabajar cuatro horas diarias y, entre nuestras tareas, estaba la limpieza de la casa, quitar las malas hierbas del enorme jardín, cocinar y, en alguna ocasión, ir a rellenar botes de champú a la fábrica de Jim con su súper máquina. Muchas veces trabajamos más de cuatro horas para conseguir días libres y visitar Sydney, así que al final del día no sentíamos las manos. Como recompensa cenábamos unos platos exquisitos y contundentes que preparaba Anu.

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Jim en su empresa

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Rellenando botellas de champú en la fábrica de Jim (Foto @Jim)

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Con Will y los “barber poles” de Jim (Foto @Nuria Nuélamo)

Nosotras nos alojábamos en una casa pequeñita al otro lado del jardín junto a Will (el hijo de Jim) y los dos perros de casa, Mya y Honey. Will quiere ser D.J., así que tenía una mesa de mezclas y unas altavoces gigantes en el salón. Casi todas las tardes sus amigos iban a verle y a trastear con el equipo, pero se lo llevaban todo a un almacén contiguo para no molestarnos. Un día entró uno que dijo : “aryadaing, girls?” Y fue cuando comprendimos que el acento australiano cerrado es imposible. De diez palabras entendíamos una, así que la comunicación nunca llegó a fluir con sus amigos.

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Nuestra casita

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Mia

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Lo mejor del día llegaba después de cenar, cuando nos sentábamos en el sofá con Mia y Honey al lado de la chimenea

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En los alrededores de Campbelltown

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Nuestro vecindario

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Anu jugando con su nieta en frente de la casa

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La pequeña Lilly

Nuestros días libres los empleamos en visitar Sydney. En uno de los autobuses que cogimos para salir de Campbelltown conocimos a nuestro ángel de la guarda australiano, Gerry. Este hombre nos salvó la vida el día en que perdimos el último bus para llegar a la casa. Se puso a hacer llamadas y al final consiguió que el mismo autobús que habíamos perdió nos esperara en una rotonda y nos llevara a casa. Hasta nos dio su teléfono por si necesitábamos ayuda cualquier otro día. Otro momento maravilloso en Sydney fue el reencuentro con mi amigo Chris, un astrónomo con el que coincidí en Chile y al que hacía años que no veía.  Nos llevó a conocer Watson’s Bay y las Blue  Mountains, dos lugares que nos encantaron. También nos explicó muchas cosas de la vida en Australia, de la calidad de vida y de la muchísima pasta que necesitas para vivir allí.

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El área para parar en la estación de tren. Solo el tiempo que dura un beso, jeje

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Las olas

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Chris

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Atardecer en el puerto de Sydney

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Las Tres Hermanas, en las Blue Mountains

Un día empezamos a sentirnos mal durante las cenas. Veníamos arrastrando ciertas molestias estomacales desde Indonesia, pero en Sydney el malestar se hizo ya muy patente. Estábamos hinchadas, teníamos muchos gases y hambre a todas horas. Después de indagar en Internet y preguntar a Anu, descubrimos nuestro problema: ¡teníamos parasitos intestinales! Anu nos dio las medicinas oportunas y ese día en la cena empezamos a bromear acerca de los gusanos, del cariño que había cogido al mío, al que puse de nombre Bob, y de la pena que me daba deshacerme de él. Jim sonrió pero no dijo nada. Al día siguiente volvió a salir el tema y pregunté a Jim qué iba a hacer sin mi Bob. En ese momento empezó a reírse como un loco, vamos, que se le saltaban las lágrimas. No entendíamos nada hasta que me explicó que Bob es el nombre que ellos dan a los consoladores, o sea, el acrónimo de “boyfriend on batteries”. Así que cada vez que yo hablaba con cariño de mi gusanoide, él me imaginaba suspirando por el último modelo de vibrador…

Después de tres semanas dejamos el jardín que parecía el parque del Retiro. ¡Bonito es poco! Nos despedimos de todos y también del invierno porque nos esperaba Tailandia con su calorcito.

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Y llegamos a Bali

Al inicio de este viaje nunca pensé que llegaríamos  a un sitio tan popular como Bali, isla que uno sólo menciona en sueños que no suelen hacerse realidad. Pues allí estábamos, después de una travesía de 3 horas en el ferry local.

Llegamos a Padang Bay, un pueblo chiquito situado en una bahía al este de la isla. Es popular porque desde aquí se cogen los barcos que llegan a las famosas y turísticas islas Gilli. Comparado con Lombok, Bali es el paraíso del guiri: sólo nos cruzábamos con extranjeros que estaban allí para bucear o de camino a cualquier otra parte de Indonesia.

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Templo en la playa de Padang Bay

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Una de las calles del pueblo

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Niños jugando en la calle

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Playa de Padang Bay

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La constelación de la Cruz del Sur: ya estamos en el Hemisferio Sur

La búsqueda de posada fue un poco penosa. Pasamos por dos sitios distintos antes de dar con nuestro pequeño paraíso: la pensión Celangi, un hostal que lleva una familia encantadora y que sirve unos desayunos copiosos en una terraza con vistas al mar.

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Habitación del primer hotel.

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Vista desde la terraza del Hostal Celangi

Al contrario que Lombok, que es una isla de mayoría musulmana, Bali es una isla  donde la religión principal es el hinduismo. Es un hinduismo un poco especial porque mezcla las creencias hinduistas y animistas con el culto budista. Por eso es muy común encontrarte con pequeños templos dentro de las casas, en medio de la calle o al lado del mar, donde se venera a distintas deidades. Cada mañana las mujeres preparan pequeñas ofrendas con hojas de plátano que contienen flores y arroz. Además, encienden incienso y perfuman las casa con distintos aromas así que, pases por donde pases, te encuentras estancias y calles decoradas con mil colores y olores muy intensos.

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Ofrendas en las calles

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Mujeres poniendo ofrendas en el templo

En Padang Bay hay una cala que se llama “Blue Lagoon”. Tiene aguas transparentes color turquesa y se pueden ver todo tipo de peces, mantas rayas y corales. Y eso sólo con las gafas de buceo. Tras pasar la mañana en la playa solíamos ir a un restaurante  cercano donde daban de comer muy bien. El curry de pescado y un plato local llamado “Gado Gado” eran nuestros platos preferidos. Este último consiste en una mezcla de verduras aliñadas con una salsa de cacahuetes medio dulzona.

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Blue Lagoon

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Nuestro restaurante favorito

Al lado de la Blue Lagoon hay un templo hinduista con vistas al mar. Vimos a mucha gente muy arregladita dirigirse hacia allá y nos fuimos detrás. Llegamos a la zona de oración donde había un altar adornado con flores y arroz  y varias estatuas de santos. El encargado del templo ofrecía agua y arroz a los dioses y después oficiaba una pequeña ceremonia para los fieles allí congregados. Nos dejo entrar a verla sin ningún problema y al final nos regaló una flor a cada una.

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Adornos del templo

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Templo en Bali

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Detalle del altar

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Detalle del balcón del templo

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Templo sobre el mar

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Ceremonia religiosa

El último día en Bali lo empleamos en visitar uno de los bonitos palacios sobre el agua que hay en la costa y el pueblito de Tenganan. El primero es una construcción de mediados del siglo veinte que ha albergado a distintos príncipes balineses y a toda su prole (la poligamia es lo que tiene) y que ahora es una atracción turística. Tiene unos jardines espectaculares y es el lugar perfecto para relajarse. Por otro lado, el pueblito de Tenganan  es famoso por sus artesanos, que dibujan motivos balineses en tablillas de madera y confeccionan pashminas tejiendo en telares antiguos.

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En el tuk-tuk recorriendo la isla

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Paisaje de la isla

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Cerca de Padang Bay

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Palacio del agua de Ujung

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Antes de entrar al pueblo decidimos almorzar algo rápido. No encontrábamos ningún restaurante ni puesto callejero, así que preguntamos a una mujer que estaba vendiendo en la calle si sabía donde se podía comer un arroz. Ella, toda resuelta, dijo: ¡pues en mi casa! Y sin darnos cuenta, mientras se reía a carcajadas, nos subió en su moto y nos llevó a su humilde morada en medio de la selva. Allí empezó a sacar todo tipo de preparados caseros que guardaba en bolsitas de plástico. Mientras comíamos nos enseñó fotos de su familia. La comida estaba buenísima y, la verdad, fue uno de los mejores momentos del día. Después nos volvió a subir en la moto y nos dejo a la entrada del pueblo de artesanos.

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De vuelta al pueblito después de comer en la selva

El pueblo de Tenganan es muy pintoresco. Hay gallos con las plumas teñidas de colores muy intensos (rosas, azules, amarillos) y gente que está dibujando y tejiendo por todas partes. Conocimos a un carpintero que diseñaba muebles espectaculares. Se nos pasó el tiempo tan rápido que perdimos el último tuk-tuk que salía hacia Padang Bay, así que no nos quedó otra que hacer autostop para que nos acercaran. Tuvimos suerte y un par de señores que iban a un templo cercano nos acercaron por el precio del tuk-tuk. Así, tan contentas en la parte de atrás de una furgoneta regresamos al hotel.

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Casas típicas de Tenganan

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Gallos pintados de colores por diversión

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Interior de la casa de un artesano de la madera

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Tenganan

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A la salida del pueblo

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De vuelta a Padang Bay en la parte trasera de la furgoneta

Pasando el ratus en Lombok

Llegamos a Indonesia haciendo noche en el aeropuerto de Changi en Singapur. La verdad es que podríamos escribir una entrada completa acerca de este aeropuerto ya que es una pequeña ciudad en sí mismo: tiene piscina, un jardín y todo tipo de tiendas. En plena madrugada, mientras dormía en un sillón del aeropuerto, escuché una voz en sueños que me decía: “Nuri, el pasaporte”. Abrí los ojos y vi a Susi rodeada de tíos con metralletas y uniformes. Estaban buscando a alguien y, afortunadamente, no era a ninguna de nosotras.

La idea original era trabajar en un colegio de Yakarta pero llegamos justo al inicio del Ramadán y estaba cerrado, así que no tuvimos más remedio que irnos de vacaciones. Aconsejadas por un indonesio que conocimos en Nepal nos fuimos a la isla de Lombok, un pequeño paraíso cercano a Bali. Nos alojamos en un hostal muy modesto y con mucho encanto llamado “La casa homestay”. Los dueños son Michelle, un francés que lleva 30 años viviendo en Indonesia, y Nia, una mujer natural de Lombok, siempre sonriente y muy simpática. Ambos tienen una nena de dos años llamada Celine, un amor de cría con la que hicimos muy buenas migas.

La casa homestay parecía realmente nuestra casa. Nia y Michelle nos cuidaban mucho y se preocupaban de que estuviéramos bien. En la habitación de al lado se alojaba un señor de Australia al que acompañaba Christina, una mujer de Indonesia con la que también confraternizamos. Ah, y también conocimos a Wayan, un indonesio muy macizo que trabajaba en el hostal y que nos deleitó con más de un momento “coca- cola light” mientras trabajaba en el jardín.

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Patio central de la Casa Homestay

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La pequeña Celine (Foto @Nuria Huélamo)

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Michel, Nia, Nuria y Wayan

 Pasamos unos diez días muy relajados en Lombok, yendo a la playa y degustando platos típicos de la zona. Tan sólo fuimos un día a Senggigi, la ciudad más turística de la isla que estaba a 15 minutos en transporte público. Paseando por esta ciudad nos llamó la atención un cartel en un centro de belleza en el que ofrecían un servicio llamado ”ratus vagina”. A la vuelta preguntamos a Christina qué era y ella, muy sería, nos miró y dijo: ¿sabéis lo que es una vagina? Después de recuperarnos del ataque de risa, Christina nos explicó que en Indonesia es común preparar una infusión con distintas hierbas y colocarlas en una silla con un agujero en el centro. Las mujeres se sientan en la silla mientras los vapores aromáticos suben hasta su vagina y la limpian y perfuman. Y, claro, yo concluyo que debes pasar un buen “ratus” ahí sentada y por eso el nombre de este servicio tan peculiar.

El último día en Lombok nos fuimos a pasear por un camino cercano al hostal desde donde se veía el mar y la puesta de sol. El paseo nos permitió visitar tanto zonas residenciales con casas de lujo como pobladitos muy auténticos donde la gente vive en pequeñas chozas muy modestas.

Al día siguiente recogimos nuestras cosas bajo la atenta mirada de Celine y nos marchamos a Bali en barco.

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Somos acuapónicas

Llegamos a Hong Kong bajo la amenaza de un tifón pero, quitando un vuelo bastante turbulento, la cosa no pasó a mayores. Aterrizamos por la noche y desde el avión sólo se veían islas llenas de luces. Parecía que se llegaba a una ciudad  futurista donde en vez de edificios había plataformas flotantes para repostar con las naves  nodrizas.

Hicimos noche en el aeropuerto y a la mañana siguiente nos dirigimos hacia nuestra nueva granja en el pueblo de Hok Tau que, pensaba yo, tiene nombre de estrella. Llegamos a nuestro destino y comprobamos que es el pueblo más pequeño que existe en el planeta: cuatro casas y ni una tienda ni un bar. Eso sí, el enclave es maravilloso: el pueblo está en medio de un parque natural rodeado de un bosque subtropical muy verde y muy frondoso.

Parada de autobús de Hok Tau

Parada de autobús de Hok Tau

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Parque Natural al lado de Hok Tau

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Nos alojamos en casa de Teressa, la dueña de la granja en la que íbamos a trabajar. Al llegar nos encontramos  a dos wwoofers que se iban, Ajun, del norte de China, y Roland del sur de Australia, ambos majísimos. Ajun es profesor de lengua en una  escuela de primaria y ya nos ha invitado a visitarle en nuestra próxima visita a China.

Y, ¿qué se hace en la eco-granja de Teressa? A ver si lo puedo explicar sin que suene a cuento chino: la granja se dedica a cultivar vegetales, sobre todo papayas. No se utilizan fertilizantes químicos, así que como alternativa se utiliza un fertilizante tan natural como la caca de pez. Y, ¿de dónde  sale la caca? Pues de los peces que tienen en las dos piscinas que hay dentro de la granja. A este conjunto de vegetales y peces cagones se le llama “cultivo acuapónico”.

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Sistema acuapónico

Teressa también está preocupada con la cantidad ingente de residuos orgánicos que se genera en el planeta. Una parte termina en la compostera pero otra no se puede reciclar. Para eliminar esos residuos orgánicos sobrantes, Teresa y sus colaboradores están haciendo experimentos  con un gusano que es capaz de comerse mucha basura en muy poco tiempo. Cuando se hace mayor, ese gusano tragón se convierte en una mosca que llaman ‘black soldier fly’, nombre que impone mucho pero que se queda en nada cuando te enteras de que la pobre mosca no tiene boca y vive sólo siete días. Al no tener boca no trasmite enfermedades ni plagas, así que es perfecta para una granja. Además en esos siete  días de vida tiene tiempo más que suficiente para poner muchos huevos de donde saldrán los nuevos gusanos cagones. Ah, y si hay excedente de gusanos no pasa nada porque ya están los peces para comérselos. Y es así como se cierra el círculo mágico en la granja de Teressa.

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Teressa

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Vista de parte de la granja

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Papayas

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Señora que trabaja en la granja

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Mr. Wu

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Y os preguntareis qué pintábamos nosotras en esta granja tan modernita. Pues hemos hecho de todo: quitar malas hierbas, pelar hojas para la comida, generar plantones de hierbas aromáticas, preparar tierra para plantar, limpiar y ordenar los armarios de la granja, etc. Pero de todas las tareas, la que nos ha dejado una huella imborrable , sobre todo a Susi, ha sido la de recoger gusanos entre las papayas. Ella odia los gusanos y, sobre todo, el olor a compost donde crecían estos animalitos  dentro de la granja. Cuando Teresa nos mandó al huerto a recogerlos, casi le da algo. Al final superó el trauma gusanero y ahora dice, no sé yo si muy convencida, que los gusanos son nuestros amigos. Cosas de volverse acuapónica, oiga usted.

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En proceso de adaptación (mejor no os cuento lo que estaba pensando). Lo superé

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Nuestros amigos

En cuanto a las comidas, hemos consumido sólo productos frescos de la huerta junto con alitas de pollo y carne de cerdo. Una de las cosas que más nos ha gustado ha sido la papaya hervida: cuando está todavía un poco verde se parte y se cuece. El caldito se bebe y está riquísimo, mientras que la papaya se queda blandita y lista para comer con el arroz. El sabor es dulce y suave y, diría yo, es mucho más sabrosa que la calabaza.

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Libélula roja. Las había de muchos colores

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Nuria limpiando malas hierbas entre las papayas

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Verdura típica de la zona

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Quitando las malas hierbas en una plantación de papayas

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A la rica (o no tan rica) comida

Avatares de la vida

Tras la estancia en Xian decidimos que nos merecíamos unas vacaciones así que después de mirar muchos lugares chulísimos en Internet, nos decantamos por el parque natural de Zhangjiajie, famoso por inspirar el mundo del planeta Pandora en la película “Avatar”.

El viaje hacia Zhangjiajie lo hicimos en tren y en dos tramos distintos. El primero en tren nocturno. Compramos billetes en el vagón cama y dormimos en un compartimento muy cómodo. El segundo tramo fue todo lo contrario: como no quedaban camas libres compramos un billete barato que  llaman “hard seat” (traducido al español es “asiento duro”) y el nombre lo dice todo. Aunque reservamos asientos, cuando llegamos estaban ocupados por una mujer y varios de sus hijos, un señor mayor y otro chaval, o sea, ¡overbooking total! Tuvimos que reclamar bastante para que los que no tenían asientos se fueran  y nos dejaran sentarnos. Las mochilas las tuvimos que tirar literalmente al suelo porque en los portaequipajes no cabía un alfiler. En este tren fue donde vimos por primera vez a alguien comerse un  aperitivo que después hemos comprobado que es muy popular en  China: las patas de gallina. Suelen venderlas envasadas al vacío y están recubiertas por una especie de gelatina roja. En fin, flipamos cuando vimos a los niños de en frente devorarlas y escupir los huesos donde les salía de ahí…

Después de un viaje muuuuy largo de más de 8 horas llegamos a Zhangjiajie. El dueño del hotel que habíamos reservado por Internet vino a buscarnos a la estación de tren. En la pagina Web decían que tenían servicio de recogida en la estación y, sí, es verdad, el hombre nos recogió, pero con su bici, y nos acompañó al hotel mientras nos daba conversación. La verdad es que el tipo resulto ser muy simpático. Había sido guía del parque de Zhangjiajie durante 20 años, así que nos dio todo tipo de información relacionada con el parque y los alrededores. También nos dio un mapa, pero en chino, así que la orientación dentro del parque fue de lo más intuitiva.

El primer día que fuimos no entramos en el parque, sino que fuimos a la montaña de Tianmen. Para subir hay que coger el funicular más largo del planeta (eso dicen…), y se ve un paisaje bastante espectacular durante la media hora que dura la subida.La verdad es que esta todo tan bien preparado para los visitantes que sólo hace falta que te pongan una alfombra  roja cuando bajas del teleférico. Desde el punto de vista del esfuerzo, la caminata no es nada exigente, pero se ven lugares y paisajes singulares. De hecho, visitamos un monasterio budista bastante impresionante.

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El funicular recorre 7.200 m hasta la cima de la montaña de Tianmen

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Vista desde el funicular

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Llegando a la cima de la montaña

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Balcón con el suelo de cristal

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Monasterio budista en la cima de la montaña

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Monasterio budista

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“Amor entre árboles y rocas”, pero qué románticos son estos chinos…

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Vista desde la parte alta del parque

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La cueva de Tianmen, también llamada Puerta del cielo, a la que se llega después de subir muchos escalones

El resto del tiempo lo pasamos en el propio parque de Zhangjiajie. Cuando uno llega ve una avalancha de turistas chinos invadiendo la entrada. Sin embargo todos desaparecen cuando uno se adentra por las escaleras de piedra que llevan a las partes altas del parque. Los paisajes son de cuento, con miles de peldaños cubiertos de musgo y puentes de piedra con inscripciones en chino. Apenas te cruzas con senderistas en el camino y tan sólo vuelves a ver a gente cuando llegas a tu destino final,  ya que los turistas chinos han llegado con un funicular o un ascensor ultra rápido, previo pago de bastantes yuanes.  Vamos, que lo de caminar no les va mucho.

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¿Alguien ha visto un fraguel?

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“El camino al cielo”

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Puente de piedra en el camino

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Río que recorre uno de los valles del parque

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Uno de los muchos animales que encontramos en el camino

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Este señor tan simpático vendía bebidas y tenía setas y cosas muy raras conservadas en botes de cristal

Nuestra gran aportación al turismo chino fue demostrarles que las  zanahorias se pueden comer crudas. Las llevábamos como aperitivo y las caras que se les quedaban cuando nos veían hincarles el diente eran un poema. Primero se sorprendían, después se reían, y al final nos decían que no se podían comer así, que había que cocinarlas. Y es que allí no se estila lo de comerlas tal cual. Bueno, nosotras sonreíamos y seguíamos con nuestro aperitivo mientras les decíamos que sí era posible. Ya veis, aportando ideas nuevas en el Oriente…quién nos los iba a decir después de haber experimentado lo del bocata de lombarda.

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Haciendo amigos

Durante las caminatas no podíamos evitar  pensar en la suerte que tuvo el equipo al que enviaron a fotografiar los posibles paisajes de la peli de “Avatar”. Y tampoco nos extraña que James  Cameron colocara finalmente a sus  personajillos azules en un enclave similar: es un  lugar único con rincones muy mágicos.

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Montañas del parque que sirvieron a Cameron de inspiración para su película

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Más montañas de Pandora

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En el ascensor de Bailong, con 330 metros de altura y construido en el lateral de una de las montañas del parque, es el ascensor exterior más alto del mundo

Para los que sientan curiosidad por visitarlo les podemos decir que el parque es grande y uno puede invertir casi una semana en recorrerlo si lo que quiere es caminar tranquilamente por los caminitos de piedra, poco transitados y muy solitarios. Si lo visitas a lo chino, te lo terminas en tres días.

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Aquí también duermen la siesta

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De paseo por la montaña

La estancia  en el pueblo de Zhangjiajie, al que volvíamos cada día después de las caminatas, resultó de lo más grata. En el hotel nos mimaron mucho, ofreciéndonos sandía fresquita y rebajas en los precios de la habitación varias veces. Las comidas que nos cocinaban los chicos del bar más cercano estaban buenísimas. Dejamos el lugar encantadas y partimos rumbo a Shanghai preparadas para la aventura del autobús cama.

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Celebrando el final de un bonito día con una cenita típica en el pueblo de Zhangjiajie

De “pas” y “chus”

En los últimos días de estancia en la granja Susi informó a la señora Wang de que en algún momento queríamos celebrar una fiesta para despedirnos de los chicos. La señora Wang sonrió, preguntó que dónde y dijimos que en la granja. Ahí quedo la cosa. A las cuatro de la tarde, Niu Miao nos informó de que la señora Wang había ido a comprar viandas y bebida para celebrar la fiesta esa misma noche. A eso se le llama “tenel muchas ganas de malcha”.

A las siete de la tarde teníamos la mesa del porche llena de comida muy sabrosa y de cerveza, muy fría para nosotras, y del tiempo para los chicos. En un momento dado se propuso jugar a un juego que consistía en llenar un cuenco con cerveza, tirar unos dados y, dependiendo de lo que saliera, beberse la cerveza o no beber nada y pasar el cuenco al de al lado para que tirara los dados. Nos explicaron que lo peor era que te saliera un ocho o un nueve (que se dicen “pa” y “chu” en chino) ya que uno tenía que  beberse la mitad o todo el cuenco, respectivamente. Si salía un siete, uno rellenaba  el cuenco para volver a tirar y arriesgarse a bebérselo entero o dejárselo lleno al siguiente jugador. Nos pusimos a jugar en la mesa.  Yo debo decir que  al principio jugaba sin entender muy bien la filosofía del juego: que perder consistiera en beberse  la cerveza no acababa de comprenderlo. En fin, será mi espíritu cervecero de San  Blas city…En mi defensa diré que Susi es de Vallecas y tampoco lo pillaba…

Después de muchas rondas y muchos gritos, el juego quedó así: la perdedora indiscutible fue Gao Ling, que sacó pas y chus por un tubo (sin exagerar, el 98 por ciento de las veces) y se pilló una “glan tajada”. Muy de cerca quedó la que suscribe, que al final no veía el cuenco de tantos chus. Y la clara vencedora de la noche fue Susi, y la más sedienta: ¡no sacó ni un ocho ni un nueve en toda la noche! Eso sí, tuve que rellenarle el vaso de tapadillo varias veces para que no se quedara sin probar la cervecita.

Andábamos todos bastante achispados cuando la señora Wang dijo: “¡sacad  la guitarra!”. Y en cinco minutos estábamos improvisando un karaoke en el salón. Me dieron un libro de partituras con canciones en chino. Yo tocaba los acordes de canciones que nunca había oído y ellos cantaban por encima. El momento cumbre fue cuando Mrs Wang pidió su canción favorita: Edelweiss. Sí, sí, la misma que el Barón Von Trapp cantaba  a sus churumbeles en “The sound of music” mientras Sor María le miraba con cara de pánfila. Pues marchando una de Edelweiss pero en chino, claro. La señora Wang lo dio todo y, si Sor María la hubiese escuchado, la peli habría terminado de otra manera. Luego se atrevieron con el “Himno de la alegría” y alguna que otra balada romántica, y es que hemos descubierto que a los chinos les encanta la canción melódica. Y así, entre canciones y risas, fuimos cayendo de uno en uno hasta que no quedo nadie despierto.

Vídeo de Gao Ling y la señora Wang dándolo todo

Gao Ling y la señora Wang dándolo todo

A la mañana siguiente nos levantamos a las siete como todos los días. Gao Ling apenas dijo dos palabras mientras inoculábamos bolsitas con semillas de setas y, a la hora del descanso, me la encontré frita en el sofá del salón.

Y así fue como la señora Wang nos organizó  una de las mejores fiestas de despedida que recuerdo.

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La despedida

Trekking en el Parque Nacional de Langtang

Después de un viaje de casi 9 horas hacia Siafru besi en el bus local, hemos llegado al hotel ‘Peaceful’. Sólo hemos recorrido una distancia de 150 km, eso sí, parando cada 10 minutos para recoger a gente que viaja cargada de arroz y otros alimentos a distintos pueblos. Algunos tramos quitan el hipo por lo espectacular del paisaje, pero sobre todo por el precipicio que hay a un lado de la carretera. La parada para ir al baño consiste en bajar a toda prisa del bus, separar hombres a la izquierda y mujeres a la derecha y aliviarse donde buenamente se pueda en la cuneta de la carretera. Ah, y si el autobús va lleno no pasa nada: uno se sube al techo y hace el viaje en la baca ajeno al traqueteo y los frenazos del bus. La verdad es que ha sido toda una experiencia ver cómo viajan los locales.

Al día siguiente, ya descasadas del viaje, hemos empezado el trekking desde Siafru besi, que está a unos 1500 metros de altura. Es un pueblito al norte de Nepal en medio de un valle lleno de hostales que se deben llenar en la época alta  de turismo (de octubre a mayo). Pero este pueblo no es el original, sino uno que hay unos 500 metros más adelante y que parece sacado de un libro de García Márquez. Las mujeres se sientan en las puertas de las casas a despiojar a los niños, mientras los hombres pasan de un lado a otro cargando todo tipo de cosas relacionadas con la construcción. Y tienen un panadero encantador que hornea bollos frescos todos los días para véndelos en el colegio de la aldea.

ESP= Parque Nacional de Langtang  ENG=Langtang National Park

ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park

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El camino dentro del parque natural es espectacular. Sigue el cauce del río y es muy selvático, con bosques muy tupidos donde la marihuana crece a sus anchas. Te vas cruzando con arrieros que suben con caballos cargados de comida a los pueblos más aislados, ya que es el único camino que llega hasta allí. Debido a ello la comida se encarece  a medida que vas subiendo y vas encontrando posadas donde comer y dormir. Por cierto, en el camino uno puede ver distintos tipos de monos, pájaros y muchas mariposas, algunas gigantescas.

ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park

La subidita  tiene tela, sobre todo el último tramo de la primera etapa, desde el pueblo de Bamboo hasta Lama hotel, a 2500 m de altura. En vez de alojarnos en este último, nos quedamos un poco antes, en un lodge paradisíaco con vistas al valle y a las montañas. Se llama Ganesh guest house y tiene la mejor ducha de agua caliente de todo Nepal gracias a las placas solares instaladas justo afuera. Después de siete horas subiendo esta ducha nos ha devuelto la vida. El chico que atiende el lodge vive solo todo el año, incluso durante el Monzón. Es un encanto y además tiene la casa como los chorros de oro. Se pueden comer sopas hasta en el suelo. ¡Hasta cocina bien!  Nos ha preparado un arroz con verduras y huevo delicioso.

ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park ESP= Parque Nacional de Langtang  ENG=Langtang National Park

El día siguiente ha amanecido nublado y con mucha humedad. Aún así hemos comenzado la subida a eso de las 8:00 h y hemos llegado hasta los 3.000 m en 3 horas. Después hemos comido y hemos decidido echar el resto del día en un lodge que lleva una señora muy loca. Es muy amiga de otra chica que lleva el lodge de más abajo.  Pasan mucho tiempo juntas y, cuando han visto a Susi con la cámara, se han puesto a posar, a reír a carcajadas y a cantar. Ambas viven allí casi todo el año, con visitas esporádicas a Katmandú para visitar a sus hijos que estudian allí (una tiene dos y la otra cuatro). Como son de origen muy humilde, sólo pueden pagar el colegio de uno o dos como mucho. Nos han  contado que los otros están escolarizados gracias a esponsors europeos o norteamericanos  que pagan la educación de niños que no tendrían acceso a la misma de ningún otro modo.

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A la mañana siguiente hemos amanecido con nubecillas altas que, durante unos minutos, nos  han dejado contemplar la cordillera tan espectacular que tenemos delante y que ni imaginábamos. Hemos decidido empezar a descender, y hemos llegado al pueblo de abajo justo cuando empezaban a caer chuzos de punta. Al parar en uno de los lodges hemos conocido a un chico español, Carlos, que ha dejado todo en España y ha emprendido un viaje sin fecha de vuelta para encontrarse a sí mismo a través de la meditación.

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A la mañana siguiente hemos regresado a Siafru besi y de ahí a Katmandú. El viaje de vuelta en el bus, esta vez express, ha sido igual de emocionante que el de ida. El conductor ha hecho unas maniobras en la carretera enfangada que nos han dejado  sin respiración a más de uno. Los turistas nos llevábamos las manos a la cabeza con incredulidad mientras los locales sonreían en sus asientos. Esto ha sido mucho más extremo que el trekking.