En el trópico australiano

Antes de llegar a Australia no tuve la oportunidad de leer el fantástico libro de Brian Bryson, En las Antípodas, dedicado a este continente. Si algún día se os ocurre pasaros por allí, cosa que deberíamos hacer todos al menos una vez en la vida, es muy recomendable leerlo antes. Es irónico y divertido, y os dará muchas pistas que os servirán para entender el país y a los australianos. Y sabréis lo que os espera en Darwin, el primer sitio sobre el que pisamos suelo en Australia.

Nunca habríamos reparado en Darwin si no fuera porque desde Bali se encuentran chollos para volar hasta allí. Es un destino muy popular entre los australianos porque tiene un clima tropical todo el año y suelen ir allí de vacaciones locas. Decidimos que una vez dentro del continente podríamos buscar una granja cercana para trabajar de voluntarias y movernos  por allí, quizás acercarnos al centro, a Alice Springs y a la montaña sagrada de Uluru, pero no encontramos nada. Las granjas por el Territorio Norte no necesitaban a nadie y una vez allí nos dimos cuenta de nuestra ignorancia sobre la inmensidad del país. Las distancias son realmente enormes y lleva días viajar de unas ciudades a otras en tren o autobús. Así que decidimos buscar trabajo en Sydney y pasar tres días en Darwin con Celia, una amiga que estaba en un congreso en Melbourne y se venía a pasar con nosotros el fin de semana.

Llegamos muy tarde al albergue. Compartimos taxi desde el aeropuerto con un chico estadounidense, un alemán y un australiano que nunca había visto a un español. Cuando nos preguntó de dónde éramos se quedó perplejo mirándonos y no dejaba de repetir: “¡Guau! Es la primera vez que me cruzo con españoles. No he visto nunca ninguno por aquí. Y en otras partes de Australia también es raro ¡Guau! “.  Me sentí como si estuviéramos viendo por primera vez un animal exótico de la fauna australiana, solo que esta vez el animal exótico éramos nosotras.

En el albergue enseguida nos encontramos con Celia y nos preparamos para salir a cenar algo. Pronto nos dimos cuenta, con una gran decepción, que la calle principal (no parecía que hubiese muchas más calles en realidad) era una sucesión de discotecas, bares ruidosos y hoteles feos. Los bares y las calles estaban llenos de chicos en su mayoría muy tatuados y muy borrachos, y chicas muy arregladas y muy borrachas también. Esa no era la Australia que habíamos imaginado. Después de cenar volvíamos hacia el albergue cuando vimos un lugar donde parecía haber un ambiente tranquilo y agradable, con música en vivo, y decidimos entrar a tomar algo. La decisión no pudo ser más acertada. Tomamos una cerveza y al poco rato estábamos bailando al son de la música con un grupo de chicos muy simpáticos que resultaron ser militares de Nueva Zelanda. Al parecer estaban allí haciendo unas prácticas y a conocer a sus colegas Australianos. Uno de ellos, un chaval muy agradable que era igualito al actor Matt Damon, nos contó maravillas de su tierra y nos dejó con unas ganas terribles de visitar su país.

Al día siguiente, partimos en un coche alquilado rumbo al Parque de Litchfield, a unos 130 km al sudeste de Darwin. El parque estuvo habitado por aborígenes durante miles de años pero ya no queda ninguno por allí. Como en el resto de Australia, los aborígenes han quedado confinados en unas cuantas reservas. Los pocos que viven en las ciudades, como en Darwin, se pasean por las calles como momias deambulando sin rumbo y con la mirada perdida. Dicen que no se han adaptado a la sociedad. Lo que está claro es que tienen un gran problema con su integración y que a los australianos les incomoda mucho hablar sobre este tema. No se les ve en las tiendas, ni en correos ni trabajando en ningún otro lugar. Para los turistas ni existen si no fuera porque a veces los encuentras tirados en las calles. Bill Bryson cuenta cosas muy interesantes sobre ellos en su libro, que ha ido averiguando en sus viajes por el país.

Litchfield es un destino muy popular para los turistas que van a pasar el fin de semana a bañarse en las bonitas cascadas y pozas del parque, cuando no hay cocodrilos, porque hay épocas del año que te saltan a la yugular cuanto menos te lo esperas. Hacía un calor insoportable y los pocos árboles y hierbajos del parque por donde pasábamos parecían totalmente secos.  Pero al llegar a las cascadas la naturaleza cambiaba, se volvía verde y refrescante y lo pasamos en grande chapoteando bajo el agua. Por la noche dormimos en una cabaña en un albergue muy bonito cerca de la entrada del parque y al día siguiente visitamos otras cascadas y unas termiteras gigantes a lo largo del camino. Volvimos a la ciudad muy contentas pero con pena de que Celia tuviese que coger el avión de vuelta a Melbourne esa misma noche.

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Nuria y Celia en una de las minicascadas del parque

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Muchas familias se acercan a pasar el fin de semana

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Atardecer en el parque de Litchfield

El último día en Darwin lo pasamos visitando el centro histórico. Cuando conseguimos un mapa y vimos que aquella calle-ciudad tenía un centro histórico nos lanzamos a explorarlo. Fue una aventura interesante; primero descubrimos que la ciudad tenía más de una calle y que había vida más allá de los garitos nocturnos: tiendas, algún supermercado e incluso vimos un colegio. Parecía muy diferente a lo que habíamos visto la noche anterior. Y constatamos que gran parte del llamado casco histórico son cuatro muros que sobrevivieron los desastres del último siglo. Caminando hacia el mar llegamos a la zona del puerto donde encontramos restaurantes, tiendas, un parque con una laguna artificial lleno de gente tomando el sol y un muelle. Al parecer el mar es muy peligroso y está lleno de tiburones por lo que la gente va a bañarse a la laguna.

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Christ Church, inglesia anglicana reconstruida en 1976 después de que el ciclón Tracy destruyera la original

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Escultura de un Mokuy, un espíritu según la creencia del pueblo Yolngu. Obra del artista Nawurapu Wunungmurra

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Exposición de fotografía en las ruinas del ayuntamiento

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A caminar

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Vista del puerto y la laguna artificial

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¡Que vienen los cocos!

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Uno de los agradables restaurantes del puerto

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Pasarela del muelle

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El muelle

Darwin es una ciudad de la que nadie conoce casi nada pero que tiene una historia reciente interesante. Ha sido destruida en dos ocasiones en los últimos sesenta años. El 19 de febrero de 1942, casi dos semanas después de que los japoneses atacaran Pearl Harbour, fue bombardeada también por sorpresa por el mismo batallón. Según la información que leímos en el muelle, en el primero de los dos ataques cayeron más bombas que en el de Pearl Harbour y también se hundieron más barcos. Murieron más de 240 personas y la ciudad quedó destruida en su mayor parte.

Pocos años después, en 1974, el ciclón Tracy golpeó sus costas matando a 74 personas y destruyendo el 70% de los edificios de la ciudad. Hubo que evacuar a unas 30.000 personas. Este ha sido el peor desastre natural que se ha vivido en Australia. Es mucha destrucción en tan pocos años.

Después de empaparnos de tanta historia y sudando la gota gorda volvimos al albergue con un solo objetivo en mente: tirarnos a la piscina. Creo que nunca he disfrutado más un baño que en aquella charquita aquel día.

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Placa que recuerda el bombardeo de Darwin por los japoneses en 1942

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Vista del mar en el enorme puerto natural de la ciudad

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El primer revés hongkonero

Hong Kong es un paraíso natural. La imagen que teníamos de esta excolonia del Reino Unido es la de una ciudad de rascacielos y avenidas de centros comerciales. Y ciertamente tiene mucho de esto pero para nuestra sorpresa, también está llena de parajes naturales bellísimos, parques, playas e islas donde hacer caminatas, excursiones de varios días o ir de acampada. El bosque tropical es exuberante, de un verde puro e intenso. Nos gustó tanto que decidimos quedarnos más tiempo para explorar la naturaleza.

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La llegada a Hong Kong fue más complicada de lo que preveíamos. El tren que nos llevaba al aeropuerto en Shanghai tardó hora y media más de lo previsto y perdimos nuestro vuelo ¡por cuatro minutos! Acababan de cerrar la facturación y por más que suplicamos no conseguimos doblegar el corazoncito de aquel chino. Así que empezó el periplo en el aeropuerto para encontrar otro vuelo que cumpliese las tres condiciones mágicas: que fuese para ese mismo día porque nos caducaba la visa y teníamos que salir de China (cuando viajas a Hong Kong sales del país), que fuese económico y que no llegase demasiado tarde para que pudiésemos ir a la granja de Teressa en Hok Tau (recordad, el pueblo más pequeño del universo). Como la magia no siempre funciona, solo se cumplió una condición y al llegar tuvimos que dormir en el aeropuerto.

Pero Hong Kong tenía preparada otra sorpresa para nosotras, en concreto, para mí. A la mañana siguiente cogimos dos autobuses hasta la granja. Una vez allí y hechas las presentaciones me di cuenta de que no tenía mi teléfono. Lo había perdido en el primer autobús y por mucho que lo buscamos no hubo manera de encontrarlo. Debo reconocer que tardé unos días en recuperarme del sofocón de los últimos acontecimientos. Aunque por otro lado, este último suceso también nos brindó la oportunidad de vivir un momento surrealista en la comisaría del pueblo. A la señorita que nos atendió no le importaba lo más mínimo el motivo de nuestra denuncia, ni cómo había desaparecido mi teléfono. Todo su afán era saber nuestra dirección y entender cómo era posible que dos españolas conocieran Hok Tau, y peor aún, que vivieran allí en una granja. La pobre tuvo un cortocircuito. Nosotras nos mirábamos a punto de estallar de risa. Necesitaba desesperadamente saber nuestra dirección, así que buscamos la página de la granja en Internet en su móvil y llamó varias veces hasta que consiguió la dirección que nosotras no pudimos facilitarle. Solo entonces, y sin preguntarme lo que había pasado (es cierto, todos sabíamos que el teléfono no iba a aparecer), escribió lo que le vino en gana y se quedó tan pancha. Cuando empecé a contarle lo que sucedió ya tenía el parte firmado y sellado.

Lo que nos llamó la atención desde el primer momento que llegamos a Hong Kong es que es una ciudad para sus ciudadanos. Los transportes y servicios públicos, los parques, todo está perfectamente organizado y adaptado para personas con discapacidad. Es una ciudad pensada para facilitar la vida a la gente y eso se siente.

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Y si no, que se lo pregunten a esta señora

Hong Kong es una Región Administrativa Especial de China desde el 1 de julio de 1997, cuando China y Gran Bretaña acordaron que se respetaría el sistema legal existente antes del traspaso de soberanía durante cincuenta años, hasta el año 2047. Esto significa que mantiene un sistema económico capitalista dentro de un país comunista, su propio sistema administrativo y judicial y el de aduanas y fronteras externas. De hecho, los ciudadanos tienen total libertad para entrar y salir de la región y viajar al extranjero, conducen por la izquierda, hablan cantonés y no mandarín (el idioma oficial en China) y no se necesita visado para entrar, simplemente un permiso que te sellan en la frontera. Vamos, es otro mundo.

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La Avenida de las Estrellas

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¿Quién se atreve a superarlos?

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El puerto Victoria y el otro lado de la bahía

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La bahía de Kowloon

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El pescadero del barrio… mie-di-to

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La piscina pública en medio de la ciudad, para todos

Hong Kong está formado por más de 200 islas, la más conocida de las cuales es la que da nombre a todo el territorio y en la que se encuentra la península de Kowloon y su famoso distrito financiero y comercial. La más grande es Lantau, donde está el aeropuerto, que es una isla muy verde con algunos pueblos de pescadores. Allí fuimos a visitar una de sus principales atracciones turísticas, el buda sentado, y nos encontramos con una exhibición de monjes shaolines en la calle que fue muy entretenida.

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El Gran Buda, una estatua de 34 metros de altura en el pico más alto de la isla

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Una de las diosas acompañantes del Buda

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El ritual de quemar incienso en todos los lugares budistas

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Lamma es más pequeña pero tiene mucho encanto. Muchos expatriados viven aquí y van a trabajar todos los días a Kowloon, que está a menos de media hora en ferry. Por sus calles no circulan coches, solo bicicletas y desde la calle del puerto te encuentras numerosos restaurantes especializados en marisco, algunos pequeños hoteles y muchas tienditas que venden conservas de pescado. El bullicio de la mañana y la alegría que tiene el sitio nos enamoró. Desde allí sale un camino que recorre la isla de punta a punta y que se puede hacer a pie o en bicicleta. En las tres o cuatro horas que dura el trayecto se pasan playas, miradores, acantilados. Las vistas del mar y las otras islas es impresionante. En una de estas playas nos dimos el primer baño del verano (con un poco de miedo de que fuera el último por esode los tiburoncillos que rondan por allí) y celebramos el cumpleaños de Nuria con una cenita muy agradable.

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Bicicletas en el embarcadero de la isla de Lamma

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Pueblo de pescadores cera del embarcadero en Lamma

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Interior del pueblo de pescadores, lo que no se ve desde fuera

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Una de las playas de la isla

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Red para tiburones (es la única de la isla)

Shangai, una ciudad de contrastes

Después de 22 horas en el autobús cama, soportar a un niño pelmazo y tras superar un experimento de criogenia llegamos a Shangai. Íbamos cómodamente tumbadas en nuestras camas litera hasta que empezó a anochecer y a bajar la temperatura del aire acondicionado. Cuando ya no sentíamos nuestro cuerpo vimos que el termómetro marcaba 17 ºC. De vez en cuando subía hasta 21 ºC pero solo el tiempo suficiente para que pudiésemos recuperar el aliento. Además, decidieron parar solo tres veces para ir al baño con lo que las viejecitas, y las presentes, lo pasamos muy mal. El resto, no lo sabemos pero nadie se quejó. Sugerencia para los viajes en bus cama en China: llévate un orinal y un buen abrigo. Después de sobrevivir a este experimento supimos que podríamos con cualquier cosa.

El hotel estaba cerca del metro y bastante bien situado pero nuestra habitación no tenía ventana. En la pared había una cortina corrida que simulaba esconder una ventana detrás. Me recordó a esa película que vi una vez en la que los habitantes de una casa al descorrer las cortinas y al abrir la puerta se daban cuenta de que estaban tapiadas con ladrillos y de que no tenían forma de salir. Menos mal que el agobio se pasó rápido.

Shangai es una ciudad de grandes contrastes. Tradición y modernidad se mezclan por donde vayas. Al recorrer las calles entre edificios futuristas te topas con un barrio tradicional, un templo o un mercadillo. Es como si la ciudad moderna hubiese engullido todo lo que había y así, permitido que se preserve.

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Templo del dios de la ciudad (Old City God Temple) en los jardines Yu, en el corazón de la ciudad antigua

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Tienda de sombrillas tradicionales

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Vista de Pudong, el centro financiero de Shangai, desde el río Suzhou

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Vista del puente Waibaidu y del Consulado Ruso

Distrito financiero de Pudong visto desde el Bund, uno de los símbolos de Shangai.

Distrito financiero de Pudong visto desde el Bund, uno de los símbolos de Shangai.

El Bund, símbolo de Shangai frente al río Huangpu

El Bund, símbolo de Shangai, frente al río Huangpu

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Distrito financiero de Pudong

Cruceros por el río Huangpu

Cruceros por el río Huangpu

Un día fuimos a visitar Zhujiajiao, uno de los pueblos del agua o “water towns” más tradicionales de Shangai que tiene 1.700 años de historia. Las casas se distribuyen a lo largo de los canales y la gente vive ajena al turismo que llega hasta allí. Es muy agradable pasear por las callecitas, cruzar los puentes y tomar una taza de té o de café en los agradables cafés del gran canal. Un sitio encantador que está a algo menos de una hora de la ciudad y al que se puede acceder en un servicio especial de autobús desde la Plaza del Pueblo (People’s Square).

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Templo en los preciosos jardines Kezhi, en Zhujiajiao

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Paseando por uno de los canales

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Casa y zona de almuerzo bajo el puente en los jardines Kezhi, Zhujiajiao

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Restaurantes a orillas del canal principal en Zhujiajiao

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Es carne pero no llegamos a probarlo

Uno de los muchos puentes de Zhujiajiao

Pero lo que más nos gustó de Shangai es el pequeño restaurante que teníamos al lado del hotel y que llevaba una familia de chinos musulmanes. Solíamos ir todos los días y elegíamos las sopas por lo que pedían en las otras mesas y les freíamos a preguntas sobre las imágenes que tenían colgadas de los diferentes platos. Cuando entrábamos sonreían, no sé si por miedo a ver qué les preguntaríamos ese día o porque nos lo pasábamos muy bien. Solíamos quedarnos después de la cena “charlando” con ellos y así aprendimos muchas cosas útiles. Nos enseñaron los símbolos para contar con las manos en chino y muchas palabras nuevas que nunca fuimos capaces de pronunciar bien.

Las huestes del emperador Qin

Estábamos deseando ir a ver  con nuestros ojillos a los guerreros de terracota. Como la señora Wang lo sabía, uno de nuestros días libres organizó una excursión para llevarnos hasta allí. El museo está en un enclave privilegiado a unos 30 km al noreste de Xian. Hay autobuses que salen desde la estación de tren pero nosotras fuimos en el cochazo de nuestra anfitriona, junto con su amigo el abogado (del que nunca supimos su nombre) y el nieto de éste.

La entrada cuesta la friolera de 20 euros. Según nos informaron sube cada año aunque esto no merma la llegada de turistas. El lugar es enorme, tiene tres edificios muy próximos entre sí que albergan las fosas de las excavaciones. Fuera no hay ni una sombra en la que resguardarse de la solana pero, afortunadamente llevábamos los paraguas que compramos en Nepal para protegernos del sol. Ashish nos había aconsejado llevar siempre un paraguas con nosotras para protegernos de la lluvia en el bosque y en la montaña, de los insectos de los árboles y del sol . A partir de ese momento se convirtió en un elemento imprescindible en nuestras mochilas.

ESP= Guerreros de terracota ENG= Terracota warriors

Aunque hayamos visto las excavaciones cientos de veces en la tele o en exposiciones, la visita no defrauda. Dicen que es la octava maravilla del mundo y no es para menos.

Recomiendan visitar primero las fosas 2 y 3 y dejar la 1 para el final porque es la más impresionante, pero nosotros empezamos por la 1 y nos gustó igual. La primera sensación es que entras en una especie de circo lleno de turistas, la mayoría chinos, deseosos por ver y fotografiar a las figuras. Es difícil encontrar un hueco en la barandilla para asomar la cabeza sin que te empujen pero cuando lo consigues se te olvida todo lo que hay alrededor y el esfuerzo se compensa con la impresión que provoca ver a miles de guerreros en filas delante de ti. El lugar es sobrecogedor.

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Fosa 1

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Se cuenta que un pastor descubrió las primeras figuras cuando excavaba un pozo de agua en este lugar.

Las figuras de terracota representan al ejército de Qin Shi Huang, el primer emperador de la China unificada (221 a.C.), quien mandó construirlas para que le protegieran en su tumba. Por ahora han aparecido unas 8000 figuras de soldados, caballos, carros, además de arcos, lanzas, ballestas y espadas. Los soldados están todos uniformados dependiendo de su rango, llevaban pintura de colores y son todos diferentes. Utilizaron diferentes moldes para las caras y el cuerpo que combinaron hasta la saciedad.

Pero lo que más llama la atención es la cantidad de figuras que siguen enterradas y las que están en proceso de restauración. Es un trabajo “de chinos”, nunca mejor dicho. Las figuras están muy deterioradas porque la estructura de madera que las protegía se quemó y quedaron sepultadas durante siglos por lo que los trabajos de restauración son una auténtica artesanía que durará años.

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Fosa 2

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Caballo a medio extraer en la fosa 2

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Proceso de restauración de las figuras

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Restauración de piezas en el museo

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Dos muestras de pelo de las figuras

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Cuando acabamos la visita nos invitaron a comer en un restaurante cerca de su casa donde volvimos a probar esa rica ensalada fría de cacahuetes, tiras de tofu, pepino, judías verdes y vinagre acompañada de agua caliente. Después entramos en una tienda donde vendían mesas y otros muebles hechos a partir de troncos de árboles con formas muy originales. Nos sentamos durante un buen rato con la dueña que nos invitó a tomar un té rojo delicioso que preparaba una y otra vez siguiendo el mismo ritual: sacaba el té de la tetera y lo pasaba a un recipiente con un filtro para después verterlo en una jarrita que servía en nuestras tazas. Creo que de tanto mirarla nos hipnotizó y cuando pienso en aquella escena recuerdo a esta mujer como la diosa del té.

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Xi’an, nuestra puerta a Oriente

El primer fin de semana que tuvimos libre en la granja aprovechamos para ir a conocer la ciudad. Antes de salir, les pedimos a los chicos que nos indicasen cómo llegar al centro y nos dibujaron un mapita con el itinerario, las paradas de los autobuses y el texto en chino para que pudiésemos llevarlo allí donde fuéramos. Al despedirnos nos desearon suerte con unas grandes carcajadas.

Nuestro primer contacto con el mundo exterior fue como entrar por una puerta a otro planeta: nos sentíamos auténticas extraterrestres.

Como aquello era un pueblito y al fin y al cabo todo el mundo se conoce, la gente se paraba a saludarnos y a preguntarnos cosas que, por supuesto, no entendíamos, así que todos acabábamos riéndonos. Desde que pusimos el pie en la calle nos embargó esa sensación de simpatía y curiosidad de la gente que experimentaríamos durante todo el viaje en China.

En frente de la parada del autobús encontramos por primera vez al vendedor de sandías, y a su hijo clónico, que se pasaba el día allí sentado en su sofacito vendiendo las sandías más sabrosas que recordamos y que nos entretenía mientras esperábamos.

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Nuestro amigo el vendedor de sandías

En vez de un autobús llegó una furgoneta que se paró delante de nosotras y por la ventanilla el conductor nos preguntó algo. Le enseñamos nuestro cuadernito con las instrucciones, a él y a los demás pasajeros, y nos dijeron que entráramos. Al final del camino teníamos que bajarnos y coger otro autobús pero para nuestra sorpresa en vez de dejarnos en la parada final el amable conductor nos llevó a la entrada del metro. No entendimos por qué hasta que dedujimos después que era mucho mejor para ir al centro de la ciudad.

El metro en Xian y otras ciudades chinas es una maravilla: moderno, bien señalizado, limpio y rápido (aunque las señales en inglés son ininteligibles). Además, los chinos son increíblemente eficientes. En una ocasión, se nos quedó atascado el dinero en una máquina donde se compran los billetes. Por señas pedimos ayuda a una de las chicas que estaban en la entrada. Inmediatamente pulsó un botón rojo que tenía a su derecha y desde el lado opuesto de la estación salió como de la nada un hombrecito con un mono gris y una llave que abrió la máquina, nos dio el dinero y nos dijo donde cambiar moneda. En apenas tres minutos y sin darnos cuenta resolvieron el problema. Nos pareció que era una broma y que nos estaban grabando con una cámara oculta y después lo publicitarían en la tele. En varias ocasiones pudimos comprobar su eficacia y buena organización, es realmente sorprendente.

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Xian es una ciudad con mucho encanto, a pesar de los cerca de 40 ºC que tuvimos que soportar. Por cierto, el clima nos recordó mucho al de Madrid, muy seco, con inviernos fríos y veranos que achicharran. En el centro de la ciudad antigua visitamos dos de los monumentos más emblemáticos: la torre de la campana y la del tambor. Como en muchas otras ciudades chinas, estas torres se utilizaban en la antigüedad para señalar las horas y el comienzo y el final del día. Excepto la base, que es de piedra, las torres son unas bonitas estructuras de madera pintada de vivos colores construidas en el siglo XIV. Dentro hay sendos museos con instrumentos musicales y cada cierto tiempo se hacen representaciones de música y danza tradicional para los turistas.

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Torre de la campana vista desde la torre del tambor

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Ratoncillo milenario en el museo de la torre

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Torre del tambor

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Artesonado del techo en el interior de la torre de la campana

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Espectáculo musical en el interior de la torre

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Detrás de la torre del tambor hay una zona de callecitas con tiendas, almacenes, restaurantes locales y puestos de comida y frutos secos. El sitio es pura alegría. Está lleno de gente y es un placer callejear e intentar adivinar lo que ves: dulces, guisos, noodles, pinchos de carne y miles de cosas más. ¡Dan ganas de probarlo todo! A la hora de la comida elegimos un restaurante que tenía unas mesitas donde había muchos chinos. El menú y todos los carteles estaban en chino así que elegimos a dedo lo que veíamos en los platos de otros comensales y en el mostrador de la calle. Tuvimos mucha suerte porque entre otras cosas y sin saberlo probamos uno de los platos más típicos de Xian, el Yang Rou Pao Mo, una sopa de cordero a la que se le añaden trocitos de pan. Además, tomamos tallarines de patata riquísimos con verduras y pinchos de cerdo a la brasa. Todo por cinco euros las dos. Una cosa que nos ha sorprendido gratamente desde Nepal hasta ahora es que en todas partes se puede comer por muy poco en los restaurantes locales, entre 2 y 5 euros por comida para las dos.

Como ya sabéis no llevamos guía y no queremos saber mucho de los sitios a donde vamos hasta que llegamos, así que todo lo que vamos conociendo es a través de la gente que encontramos. Es una delicia entrar y descubrir la gastronomía a través de los lugareños. Nos encanta y, además, nos reímos mucho.

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Todo muy clarito

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Muy cerca de esta zona está la Gran Mezquita de Xian y el barrio musulmán. Sí, hay musulmanes chinos, los Han, un grupo numeroso que llegó en el siglo VII a través de la Ruta de la Seda. Por su situación estratégica, Chang’an, la antigua ciudad de Xi’an, se convirtió en el punto de inicio y final de esta mítica ruta. Aquí llegaban las caravanas de camellos con las mercancías con destino a Occidente.

No pudimos visitar esta mezquita pero sí una más pequeña cercana que también es una verdadera belleza. El estilo arquitectónico mezcla elementos chinos e islámicos y es impresionante.

Después de visitar la mezquita disfrutamos de lo lindo perdiéndonos en las callejuelas aledañas del barrio musulmán, repletas de puestos de comida y gente por todas partes. Da la impresión de que allí se detuvo el tiempo porque sigue conservando esa riqueza de productos y gentes que debe haber existido cuando era parada obligatoria en la Ruta de la Seda.

Xian nos dejó muy buen sabor de boca y muchas ganas de volver.

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Mezquita

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Interior de la mezquita

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Interior de la mezquita

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Familia musulmana en la puerta de su local

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Leyenda comunista en una de las calles. Sería muy interesante saber lo que dice ¿alguien lo sabe?

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Three, two, Wang!

¡Ya estamos en China!  En concreto, en la ciudad de Xian, provincia de Shaanxi. Ha sido un shock dejar Katmandú con su suciedad y contaminación para llegar a nuestra primera escala: Chengdu. Al bajar del avión nos encontramos un aeropuerto reluciente con osos panda de peluche en posturas comprometidas decorando distintas estancias. No conocíamos esta ciudad pero según supimos después es uno de los centros logísticos y financieros más importantes del país. Y se nota porque en el aeropuerto hay glamour. Nos ha sorprendido ver a todo el mundo como si fueran a salir de fiesta, las chicas con minifaldas muy cortitas y taconazos se pasean por la terminal como si fueran estrellas de cine preparadas para grabar su próxima escena. Y nosotras con nuestras pintillas, escondidas en un rincón para que no se nos vea demasiado, comiendo un bocata de sardinas en lata.

Después del choque de esta nueva realidad y tras recoger el equipaje nos dirigimos a la salida entusiasmadas con ese momento que habíamos esperado desde hacía meses, cuando contactamos por primera vez con la que sería nuestra anfitriona en Xian. Y allí estaba ella, una mujer chiquitita y glamurosa con un cartel que decía: “Welcome  wwoffers, Nuria and Susana from Spain”: ¡la señora Wang!

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Conocimos a Mrs Wang hace tres meses a través de la página de WWOFF en China. Dirige una granja a las afueras de Xian donde se producen setas para cultivo y consumo. Mientras nos subíamos en el coche con el que fue a recogernos, junto a su amigo y abogado, nos contó que a su granja llega bastante gente para iniciarse en el mundillo de las setas. Después de un trayecto de media hora llegamos a nuestro destino, en un barrio a las afueras de Xian, donde nos recibieron unos chicos bastante jóvenes que trabajan para ella. Allí nos dejaron y la señora Wang se despidió de nosotros hasta la mañana siguiente. Era ya muy tarde y en la oscuridad, Niu  Miao, el único que habla un inglés fluido, nos mostró nuestra habitación, la ducha y los baños y nos explicó que de hecho, estábamos en la granja, donde viviríamos y trabajaríamos junto a ellos. Estábamos tan agotadas después de un largo día de viaje que no preguntamos más y nos fuimos directas a dormir.

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Nuestra habitación

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Nuestro amigo

A la mañana siguiente nos despertamos con un novedoso desayuno: un bocata de lombarda (sí, sí, de lombarda) y los nueve chicos que trabajan allí (5 chicos y 4 chicas). Fue un encuentro muy divertido, era la primera vez que nos veíamos las caras y tras las presentaciones no conseguíamos pronunciar sus nombres, así que tuvimos que perdirles que los escribieran en la pizarra que habían colgado estratégicamente entre nuestras habitaciones y la cocina. Así que, señoras y señores (redoble de tambores), les presentamos a la gran familia setera:  Niu Miao, nuestra conexión con el exterior gracias a su inglés y a su paciencia. Men Ke, nuestra cocinera mas habitual y la mas listilla de la banda. Gao Ling y Wang Hui, las chicas más soñadoras y coquetas de la granja. Yaolei, el más inquieto y dueño de la guitarra que nos ha brindado grandes momentos.  Ding Xin Long, el más tímido y detallista, y Su Yu kun, el más desinhibido y pelín cotilla. Y, finalmente, Feng Wen Chi (alias Gua Pi To), el  más novato, y Wei Wang, la jefa de la banda.

ESP= Fábrica de champiñones organicosENG= Organic mushrooms farm

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El horario de trabajo en la granja es de ocho a doce de la mañana y de dos a seis de la tarde, con una pausa de dos horas para comer y descansar. El trabajo está muy bien organizado. Hay unas cinco actividades distintas y todas tienen su momento y espacio (que explicáremos con más detalle en la sección de voluntariado). Los chicos trabajan muchísimo y nosotras nos hemos acoplado a las distintas actividades siguiendo sus instrucciones. Son muy meticulosos con el trabajo y les preocupa que todo esté bien hecho. No nos extraña que tengan muchos clientes.

En cuanto a las comidas, la señora Wang les abastece con distintos productos que ellos se encargan de cocinar. Las preparan en muy poco tiempo, son comidas sencillas y la verdad es que está todo riquísimo. Nos hemos acostumbrado a desayunar pan chino con repollo, lombarda o patata y a almorzar y cenar noodles (a veces arroz) con verduras y tofu a la plancha con salsa de soja. Ellos siempre toman sopa como postre, algo que a nosotras nos sorprende ya que hemos tenido días con más de cuarenta grados y el cuerpo nos pedía una sandía fresquita. Sin embargo, a ellos les sorprende que tomemos el agua y la cerveza frías porque según Gao Ling, las cosas frías te destemplan el cuerpo. Por las noches, a eso de las nueve, desafiamos a los mosquitos y nos juntamos en  la mesa del porche para comer pipas, uvas, sandía o lo que se tercie antes de irnos a dormir. Tienen pipas de muchas variedades y sabores, riquísimas. Cada día nos asombra descubrir la cantidad de cosas en común que tenemos con ellos, y también lo distintos que somos. Por cierto, los mosquitos siempre ganan.

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Pan para el desayuno

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Un remedio chino excepcional para las picaduras de mosquitos que nos regalaron nuestros amigos

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Nunca pensamos que estaríamos tan bien en este sitio. El trabajo es intenso pero interesante porque cada día aprendes algo nuevo y por las tardes podemos ir a bailar, a jugar baloncesto y al ping pong o a ver cine en la cancha, que es multiusos. Además, los chicos son muy simpáticos y amables, están pendientes de nosotras en todo momento y nos reímos mucho. La señora Wang es una mujer con un dinamismo y una capacidad asombrosa para llevar la granja. Después de pasar dos semanas con ellos les hemos tomado mucho cariño y nos va a dar mucha pena irnos de aquí. Dejaremos atrás a unos buenos amigos.

Templos, estupas y cordilleras

Nepal es un país con 26 millones de habitantes en el que conviven diferentes etnias, razas, culturas y religiones. Es un ejemplo de tolerancia y armonía. Hinduismo y budismo son las dos religiones principales, que se mezclan en muchos casos en la zona del valle de Katmandú, aunque también hay una pequeña población musulmana y algunos cristianos.

La religión impregna todas y cada una de las actividades diarias de la gente. En cada rincón se encuentran grandes y pequeños templitos improvisados, ofrendas de flores y velas. Los símbolos tienen una gran importancia. Paseando por las calles a cualquier hora uno se topa con hombres y mujeres realizando sus ritos en busca de bienestar, prosperidad y la salvación del alma.

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Templo que descubrimos por casualidad en una plaza de Katmandú

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Ofrendas y rituales

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En Nepal hay numerosos lugares sagrados y de peregrinación. Para los hinduistas el templo más famoso y venerado es el de Pashupatinath, a la orilla del río sagrado Bagmati, en Katmandú. Desafortunadamente, los turistas no pueden entrar al templo pero se pueden visitar las zonas aledañas. Como ya os comentamos en una entrada anterior, nos quedamos sin verlo porque el precio nos pareció excesivo.

El que sí visitamos fue Swayambhunath, también conocido como el templo de los monos. Está en una colina desde la que se ve toda la ciudad, cuando la capa de contaminación lo permite. Para llegar hay que atravesar el barrio tibetano, un barrio agradable lleno de colegios internacionales y caserones, y una vez alcanzado el recinto hay que subir los 365 escalones que llevan al templo. Sin duda, merece la pena el esfuerzo.

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Templo de los monos

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Como son sagrados tienen piscina

El valle de Katmandú es un tesoro que contiene monumentos, templos y monasterios de una gran riqueza artística y arquitectónica. Siete de ellos han sido clasificados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, entre ellos las tres plazas reales o “Durbar Square”: una en el mismo centro de Katmandú, otra en Patan (barrio de Lalitpur) y la tercera en Bhaktapur, a las afueras de la ciudad. Las tres son una maravilla, no solo por la belleza de sus monumentos sino porque allí los nepaleses van a pasear, celebran sus fiestas, se reúnen en los mercados, contemplan lo que sucede en la plaza y son pura ebullición y alegría.

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Gente pasando la tarde en la Durbar Square

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Gente sentada en un templo de la Durbar Square

La plaza de Katmandú es la más grande y bulliciosa. Nos gustaba entrar y sentarnos en lo alto de algún templito a contemplar lo que pasaba más abajo. Puedes pasarte horas sin darte cuenta. Pero la de Patan es sin duda la que más nos impactó. Está llena de templos bellamente decorados por artesanos Newari, los habitantes originarios del valle. Tuvimos la suerte de estar allí la noche de la celebración del nacimiento de Buda y había grupos de mujeres que iban vestidas con saris del mismo color y llevaban velas encendidas, preparadas para salir en procesión por la ciudad.

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El barrio de Patan tiene un encanto especial. Según algunos registros históricos, era la ciudad más antigua del valle y se anexionó a Katmandú a medida que esta última fue creciendo pero eso no ha impedido que preserve toda su autenticidad. Es un placer pasear por las calles típicas, con tienditas diminutas, banderas de colores y templos en cada esquina. Ya entrada la noche y de regreso al hotel pasamos por el Templo de Oro, otra de sus maravillas. A esas horas estaba cerrado pero en su interior se veían luces. Alguien nos vio mirando entre las rejas y vino a abrirnos la puerta y nos invitó a pasar. Al entrar nos quedamos estupefactas por la belleza del sitio. Toda la decoración era de madera y oro, estaban representados los dioses del hinduismo y había espejos, una barandilla de madera y un patio central donde estaban sentadas un grupo de personas rezando y celebrando el nacimiento de Buda. No nos atrevíamos ni a movernos para no molestar pero entonces se levantó otro hombre y empezó a explicarnos el significado de las figuritas y a preguntarnos quiénes éramos, con esa amabilidad que les caracteriza y que te hace sentir como en tu casa. Cuando terminaron de rezar repartieron unas galletas con un arroz amargo con leche, muy rico. No sabía si nos lo daban para ofrecérselo a Shiva o para comérnoslo pero cuando miré a Nurita era demasiado tarde, ya le había hincado el diente a la primera galleta con arroz. Después nos acompañaron a coger un taxi de vuelta y nos invitaron a volver al día siguiente. ¡Tan simpáticos!

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En uno de los miniportales de Patan

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Una calle del barrio de Patan

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Patan Durbar Square

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Uno de los templos de Patan Durbar Square visto desde el Museo

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Patan Durbar Square

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Niños tocando los tambores en un patio de Patan

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Ceremonia nocturna en el Templo de Oro, Patan

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Casa con decoración típica newari en Bhaktapur

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Arquitectura típica, Bhaktapur

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Patio típico, Bhaktapur

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Y para finalizar, como no pudimos ver las montañas en Langtang por el mal tiempo decidimos ir a probar suerte a Nagarkot, un pueblo a unos 30 kilómetros de Katmandú desde donde hay unas vistas increíbles de los Himalayas, cuando el tiempo acompaña. El recorrido hasta allí es bastante bonito y muy verde pero el pueblo parece construido para que los turistas ricos se dejen la pasta en hoteles de lujo que les permita ver las montañas al amanecer. Nos costó encontrar un lugar honesto donde alojarnos pero mereció la pena. Encontramos un restaurancito donde probamos una cena deliciosa (con chinches incluidas, que me dejaron el culo muy perjudicado) y aunque las nubes no nos dejaron ver más que una silueta tenue de las montañas nos encantó la vista y la excursión por los alrededores que hicimos al día siguiente. Y así, con las ganas de volver para visitar otros sitios maravillosos de este país, nos despedimos de Nepal.

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Vista de la cordillera del Himalaya desde Nagarkot