Haciendo amigos en Meghauli

Durante la estancia en Meghauli tuvimos  bastante tiempo libre que empleamos en visitar el pueblito y, de paso, comprar algo de fruta.

Una de las tardes llegamos a la entrada del pueblo cuando empezaron a caer chuzos de punta. Nos refugiamos bajo un árbol muy frondoso junto a un grupo de mujeres que pasaba la tarde charlando tranquilamente. Una de ellas sabía un poco de inglés, así que allí estuvimos chapurreando unas pocas palabrejas. Después de hacernos mil fotos con los teléfonos móviles, esta chica, llamada Chandani,  nos invitó a pasar a su casa y allí que nos plantamos.

La casa era sencilla y muy acogedora. Chandani nos dijo que pasáramos al fondo donde estaba el comedor. Se metió en la cocina y a los diez minutos apareció con dos platitos llenos de unas bolas huecas y fritas llamadas “pani puris”. En el medio del plato había una salsa roja con pinta de picar como un demonio. Nos dijo que rellenáramos las bolas con la salsa y que disfrutáramos. Pues estaban de muerte. Le dimos las gracias pero resulta que la merienda no había terminado: después de las bolas nos saco unos biscotes dulces con un té. Mientras disfrutábamos de su  hospitalidad, Chandani nos contó que estaba casada y que tenía una hija de tres años. Su marido no vivía allí ya que había emigrado en busca de un buen trabajo y estaba actualmente en Corea. Ella, natural de la India, se había mudado a Meghauli para cuidar de su familia política.  La visita terminó cuando la suegra de Chandani nos miró y nos dijo algo en nepalés que, traducido al español, resulto ser  un “ya os podéis ir”.

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Deliciosos pani puri

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Un día antes de marcharnos, Vishnu nos llevo de excursión por un río cercano y un pueblito llamado Bhangha de la etnia Tharu. Caminamos al lado del río y comprobamos como la especulación urbanística y el turismo empiezan a hacer mella en la zona: cruzamos varios hoteles de ladrillo y hormigón en construcción con vistas al río. Sin embargo, en Bhangha viven al margen de estos cambios. Es un pueblo autosuficiente. Vishnu nos explicó cómo vivían, producían sus propios alimentos para subsistir y se fabricaban sus propias casas. La visita nos dejo alucinadas, no sólo por la organización del pueblo sino por la amabilidad y la simpatía de la gente que nos respondió a todo lo que les preguntábamos curiosos.

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Ya en Meghauli, y para paliar un poco el calor de la tarde, nos paramos en una tiendita a bebernos una cerveza local. Ahí estábamos sentadas en el escalón de la tienda cuando una chica muy joven que estaba en la casa de en frente nos hizo señas para que nos acercáramos. Terminamos la cerveza y nos fuimos para allá. Nos sentamos con ella en su salón y nos contó que se llamaba Gina, que tenía 15 años, que estaba casada y que estudiaba algo relacionado con salud y bienestar. Hechas las presentaciones oficiales, Gina empezó a sacar bolsitas de maquillaje y nosotras terminamos con los labios rojos, las uñas rosas y un puntito de fieltro adhesivo en la frente al que llaman Tika. Con estas pintas estábamos cuando el padre de Gina nos dijo que pasáramos al patio. Nos sentamos allí y nos sacó dos platos de momos rellenos de carne de búfalo. Nos los engullimos mientras el resto de la familia nos grababa con los móviles y Gina seguía buscando maquillaje y algo de bisutería para ponernos más monas. Después de probarnos unas pulseras descubrimos que la cena no había terminado, ya que el padre apareció con sendos platos de tallarines con verduras. Pues nada, nos abandonamos a la gastronomía local y nos los comimos rodeadas de gente que nos miraba y se reía.  Después de un buen rato sacándonos fotos con todos los presentes tuvimos que insistir para que no nos dieran más cosas y nos marcharnos a casa de Vishnu con la panza  llena de comida deliciosa y contentas de haber pasado un día de excursión y una tarde estupendos, con gente tan acogedora.

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Excursión al Parque Nacional de Shivapuri Nagarjun

El parque Nacional de Shivapuri se encuentra al norte del valle de Katmandú, a unos 25 km de la ciudad. Después de recoger a Ashish y tras varios autobuses llegamos a Budhanilkantha, el pueblecito que se encuentra justo en la base de la colina que le da nombre al parque. Lo primero que hicimos fue visitar el templo de Budhanilkantha y lo que vimos nos dejó maravilladas: allí, en medio del agua, yace una impresionante estatua de piedra de 5 metros de longitud de Narayan, una de las reencarnaciones del dios Visnu. La imagen duerme sobre una serpiente y en esos momentos unos niños vestidos de monjes la estaban lavando con agua y poniéndola flores. Esta imagen durmiente es uno de los lugares de peregrinación más importantes en el valle para hinduistas y budistas.

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Imagen de Narayan, una de las reencarnaciones del dios Visnu

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Monjes lavando la imagen durmiente de Narayan

Mientras subíamos los dos kilómetros que nos separaban de la entrada del parque, Ashish estuvo recogiendo hojas y plantas del camino y explicándonos sus propiedades medicinales. Incluso probamos algunas de ellas. Fue muy divertido, nos sentíamos igual que sus vacas sagradas, solo esperábamos no tener diarrea sagrada al día siguiente. La entrada al parque cuesta 5 dólares y está custodiada por unos militares del ejército que anotan muy concienzudamente tus datos en una libreta. La excursión fue muy agradable. Ashish nos llevó a ver un templo budista y tras varias horas de caminata nos sentamos a tomar el almuerzo. No nos dejó tomar el picnic que habíamos preparado porque había llevado algo especial para nosotras. Eran unas bolas hechas de caña de azúcar y garbanzos rebozadas en harina de centeno, superenergéticas. Después tuvimos que tragar, literalmente, la harina sobrante directamente en la boca con agua. Nos pusimos de harina hasta las orejas. Para beber durante el camino trajo una botella de zumo de caña de azúcar que había preparado y que resultó muy refrescante.

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Ashish informándonos en la entrada

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Un árbol del parque

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Vista del parque

Por la tarde llegamos al nacimiento del río Bagmati. Este río sagrado cruza toda la ciudad y sirve de basurero para gran parte de la población. Aquí en Nepal no hay servicio de recogida de basuras, al menos no regularmente, así que la gente la tira donde puede. El río es una buena opción porque gracias a Shiva llega el monzón y se limpia todo rápido. Pero en el parque es diferente. El nacimiento del río Bagmati es un lugar de paz y armonía. El agua corre limpia, todo está verde y en todas partes pueden verse las típicas banderas de plegaria de colores que traen suerte y protegen el lugar.

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Lugar de nacimiento del río Bagmati

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La estatua de Shiva preside el lugar

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Nacimiento del río Bagmati

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Representaciones de Shiva y Parvati

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Banderas de plegaria de colores

Cuando subimos al punto más alto empezó a llover a cántaros y tuvimos que refugiarnos en la casa del baba que vive allí todo el año. Los babas o shadus son hombres santos que han decidido llevar una vida asceta y renuncian a todo lo material y terrenal. Este baba, a mi, no me pareció muy asceta, aunque supongo que habrá diferentes tipos de renuncia. El caso es que el hombre, muy amable, nos invitó a tomar un té mientras veíamos como corrían ríos de agua por el camino. Afortunadamente no tardó mucho en dejar de llover y pudimos bajar y ver los bonitos rododendros que aún no han terminado de caer con las lluvias. Esta flor roja es la flor nacional de Nepal y aparece en su bandera. Por cierto, como curiosidad, la bandera de Nepal es la única del mundo que no tiene forma rectangular.

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Vista desde la casa del baba

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El baba preparando té. Baba también significa padre o abuelo.

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Vista del parque

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Uno de los rododendros que se encuentran abundantemente en el parque

De Durbar Square al niño murciélago

Kathmandu tiene una gran facilidad para sorprenderte, sobre todo cuando  has leído poco de la ciudad y no tienes ninguna expectativa. Al menos es lo que me pasó a mi hace unos meses cuando la visité por primera vez.

Dentro de esos rincones mágicos que te deja con la boca abierta está la “Kathmandu Durbar Square”, una de las tres plazas del valle de Katmandú declaradas patrimonio mundial por la UNESCO. Contiene más de 60 monumentos importantes, la mayoría de los siglos dieciséis al dieciocho, y está muy cerca del barrio de Thamel. En el lugar se concentran un gran número de templos y de vida social.

Una de las cosas más interesantes de ver es el mercadillo que se monta en el suelo de la plaza, así como el tráfico de coches tratando de esquivar todo lo que se pone por delante.  Uno puede subirse a cualquiera de los templos y quedarse unas cuantas horas viendo pasar la vida. Es imposible aburrirse: unas señoras preparan té con leche a los lugareños que charlan al pie de los templos, algunos venden comida, los vendedores colocan los limones con mucho esmero en sus puestos de verduras, otros ofrecen colgantes a los turistas  y también se venden  flores naranjas en muchos puestos, bien sueltas o en forma de collar. Y todo esto “amenizado” con el sonido de un tráfico infernal que recorre la plaza de una esquina a otra.

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El trasiego de la plaza visto desde uno de los templos

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Mercadito en la base de uno de los templos

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Flores para ofrecer a los dioses

De regreso al hotel nos encontramos con una escuela de pintura y entramos a visitarla. Conocimos a la maestra Tsering Lama que nos estuvo explicando muchas cosas acerca de la técnica para pintar mandalas. Estos cuadritos tienen un significado muy profundo para los budistas ya que los usan para meditar. En ellos se representan los distintos niveles que hay que atravesar para llegar al nirvana, el estado de máxima felicidad y paz. Las obras tienen muchos detalles y los más finos se pintan con un pelo de yak. Tardan una media de un mes en acabarlos. Los artistas sólo pueden firmar sus obras después de 10 años de formación, que es cuando se convierten en maestros. Tsering Lama nos mostró dos tipos: el mandala tradicional y el mandala creado por el Dalai Lama o Kalachakra (rueda del tiempo o ciclo de la vida). Todos eran impresionantes. Nos quedamos con la boca abierta por los detalles, la perfección del acabado y la variedad de colores y modelos.

La maestra Tsering Lama nos muestra sus mandalas

La maestra Tsering Lama nos muestra sus mandalas

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Mandala tradicional

Para terminar, no podemos dejar de comentar que conocimos al niño murciélago. Este personajillo atiende en un puesto de fruta. Nos quiso tangar vendiéndonos manzanas a precio de oro mientras nos miraba con ojillos de murciélago ( hay que verlo, no se puede describir con palabras). Al final le devolvimos la fruta, pero cada vez que pasamos por su tienda nos asomamos  para ver si esta durmiendo colgado de alguna viga.

Bienvenidos a Kaosmandu

La verdad es que no sabía qué íbamos a encontrarnos en Kathmandu pero tampoco imaginé que aterrizábamos en la ciudad del caos. Por las calles sin aceras caminan los transeúntes, motos, coches, camiones, bicicletas, animales y turistas sin aparente orden y en plena lucha por ver quien pasa primero y sale vivo del intento. Lleva unos días acostumbrarse y cuando lo haces estás ya cansado de la contaminación y el ruido ensordecedor de las bocinas de los coches que no paran. A medida que avanzan los días empezamos a descubrir la belleza de esta enorme ciudad y de sus habitantes, los remansos de tranquilidad que esconde y los detalles minúsculos que la embellecen en cada rincón.

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Por la noche se venden cosas bastante extrañas, desde cabezas de cordero hasta pescado que no sabemos de donde sale.

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Thamel es el barrio turístico donde se encuentran la mayoría de los hoteles y restaurantes. Es fácil perderse por sus calles llenas de tiendas de artesanía y ropa de montaña. Aquí llegan muchos montañeros de camino a las expecidones del Everest y el Anapurna aunque en esta época del año no hemos encontrado demasiados turistas. Es la época del premonzón y de vez en cuando se pone a llover que parece que se va a romper el cielo. Cuando eso ocurre corremos a refugiarnos a nuestro restaurante favorito, el “Black Olives Cafe”, un remanso de paz atendido por unos chicos encantadores donde se come muy bien, ponen buena música y puedes conectarte a Internet. Hemos pasado bastantes ratos en este café preparando el viaje y escribiendo.

La comida nepalí es muy rica y variada, y es fácil encontrar restaurantes de comida india y china debido a la gran influencia e inmigración procedente de estos países. En las zonas turísticas también se encuentra comida europea, pizzas y hamburguesasa precios muy asequibles. El plato nacional nepalí es el Dal Bhat, que en su forma más básica se compone de un plato de arroz cocido acompañado de un curry de verduras con patatas ligeramente picante y una sopa de lentejas con especias. El snack más típico son una especie de empanadillas picantes rellenas de carne, verduras o queso llamadas Momo que pueden prepararse hervidas o fritas. Los sitios que más nos gustan aparte del Black Olives son las pequeñas cantinas locales, donde casi no hablan inglés y es difícil enterarse de lo que ofrecen en el menú. Así encontramos una cerca del hotel que nos encanta en la que descubrimos la paratha, pan de trigo relleno de verduras, queso o carne parecido a los naans indios, que preparan en un horno delante de ti. O las judías o verduras acompañadas de pan (roti), o los noodles (chowmein) fritos con verduras. Deliciosos.

La comida es muy barata, por unos 3 euros comen dos personas, aunque si quieres una cerveza bien fría tendrás que pagar casi lo mismo que cuesta una comida (en el barrio turístico). ¿Nuestra preferida? La nepalí Star Gold y claro está, la nuestra, San Miguel. ¡Olé!

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Dal Bhat

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Ensalada de berenjenas ahumadas, tomate, cebolla, aceitunas y yogur acompañada de mango o plátano

Momos hervidos de verduras con salsa picante

Momos hervidos de verduras con salsa picante

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¿Alguna idea de lo que es esto?

Abluciones y demás peripecias aéreas

El momento en el que pusimos pie en el aeropuerto de Kathmandu, después de casi 30 horas de vuelo, nos dimos cuenta de que empezaba nuestro viaje. Sentí un poco de vértigo al pensar que teníamos más de siete meses de aventuras por delante pero también satisfacción al ver que nuestro sueño se empezaba a materializar.

El viaje en avión fue una experiencia muy interesante. Como solo llevábamos billete de ida, para encontrar un vuelo económico viajamos con las líneas aéreas saudíes y tuvimos que hacer dos escalas: una en Jeddah, en Arabia Saudí y otra en Dubai. Jeddah, en la costa del Mar Rojo y a unos 90 km de la La Mecca, es la principal puerta de entrada a esta ciudad santa para los musulmanes, a la que tienen que peregrinar al menos una vez en la vida.

Todo empezó al aproximarnos a nuestro destino, después de anochecer. De pronto un hombre que estaba sentado delante de nosotros se levantó y se fue al aseo. Al salir vimos con sorpresa que se había quitado la ropa y los zapatos y se había puesto dos toallas de algodón blancas y unas chanclas. Después le siguieron otros hombres, algunos de ellos entraban en el aseo vestidos de ejecutivos y salían envueltos en dos toallas. De repente se formó una una fila de hombres en el pasillo del avión esperando para entrar en el aseo. Nosotras mirabamos atónitas sin saber que pasaba hasta que nos dimos cuenta de que cuando terminaban se inclinaban hacia delante en el asiento para rezar. Mientras, las mujeres se cubrían con una túnica negra llamada abaya, que les sirve para taparse la cabeza, el rostro y el cuerpo.

Conclusión: si te entran ganas de evacuar un poco antes de llegar a Jeddah, cuando el avión está cerca de La Meca, olvídalo, el baño está tomado, no hay forma de entrar. Eso sí, cuando todos acaban, encontrarás los aseos de avión más limpios que hayas visto jamás. Mojados pero recién limpios y con un agradable olor a colonia.

En ese avión conocimos también a una chica española que viajaba con sus hijos a Jeddah con un grupo de españoles. Tras siete meses de espera habían conseguido los visados para irse a vivir con su marido, un ingeniero del AVE que trabaja allí. Llevaba consigo una túnica negra que tuvo que ponerse al salir del avión. También supimos que las mujeres no pueden entrar o salir del país si no van acompañadas de un hombre, así que nosotras no podíamos salir del aeropuerto solas y pernoctamos en la sala de embarque.

Fue una noche muy larga. Alucinábamos con todo lo que veíamos. Al bajar del avión nos encontramos con diferentes grupos de personas que llegaban de otros vuelos, en todos ellos las mujeres llevaban la cabeza cubierta pero de diferentes colores según su procedencia. Fue una procesión de colores y miradas que nos tenía fascinadas intentando averiguar de qué países venían: Tailandia, Malasia, Irán….

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A la mañana siguiente en Dubai tuvimos una espera más dulce gracias a los bocatas que nos habían preparado nuestras mamis, que nos supieron a gloria. Además, nos llevamos una bonita sorpresa al abrir los de Nurita porque su mamá nos había dejado dos mensajes. Este es el primero, el segundo lo conoceréis más adelante.

¡Esto va por ti, Amelia!

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