Templos, estupas y cordilleras

Nepal es un país con 26 millones de habitantes en el que conviven diferentes etnias, razas, culturas y religiones. Es un ejemplo de tolerancia y armonía. Hinduismo y budismo son las dos religiones principales, que se mezclan en muchos casos en la zona del valle de Katmandú, aunque también hay una pequeña población musulmana y algunos cristianos.

La religión impregna todas y cada una de las actividades diarias de la gente. En cada rincón se encuentran grandes y pequeños templitos improvisados, ofrendas de flores y velas. Los símbolos tienen una gran importancia. Paseando por las calles a cualquier hora uno se topa con hombres y mujeres realizando sus ritos en busca de bienestar, prosperidad y la salvación del alma.

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Templo que descubrimos por casualidad en una plaza de Katmandú

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Ofrendas y rituales

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En Nepal hay numerosos lugares sagrados y de peregrinación. Para los hinduistas el templo más famoso y venerado es el de Pashupatinath, a la orilla del río sagrado Bagmati, en Katmandú. Desafortunadamente, los turistas no pueden entrar al templo pero se pueden visitar las zonas aledañas. Como ya os comentamos en una entrada anterior, nos quedamos sin verlo porque el precio nos pareció excesivo.

El que sí visitamos fue Swayambhunath, también conocido como el templo de los monos. Está en una colina desde la que se ve toda la ciudad, cuando la capa de contaminación lo permite. Para llegar hay que atravesar el barrio tibetano, un barrio agradable lleno de colegios internacionales y caserones, y una vez alcanzado el recinto hay que subir los 365 escalones que llevan al templo. Sin duda, merece la pena el esfuerzo.

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Templo de los monos

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Como son sagrados tienen piscina

El valle de Katmandú es un tesoro que contiene monumentos, templos y monasterios de una gran riqueza artística y arquitectónica. Siete de ellos han sido clasificados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, entre ellos las tres plazas reales o “Durbar Square”: una en el mismo centro de Katmandú, otra en Patan (barrio de Lalitpur) y la tercera en Bhaktapur, a las afueras de la ciudad. Las tres son una maravilla, no solo por la belleza de sus monumentos sino porque allí los nepaleses van a pasear, celebran sus fiestas, se reúnen en los mercados, contemplan lo que sucede en la plaza y son pura ebullición y alegría.

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Gente pasando la tarde en la Durbar Square

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Gente sentada en un templo de la Durbar Square

La plaza de Katmandú es la más grande y bulliciosa. Nos gustaba entrar y sentarnos en lo alto de algún templito a contemplar lo que pasaba más abajo. Puedes pasarte horas sin darte cuenta. Pero la de Patan es sin duda la que más nos impactó. Está llena de templos bellamente decorados por artesanos Newari, los habitantes originarios del valle. Tuvimos la suerte de estar allí la noche de la celebración del nacimiento de Buda y había grupos de mujeres que iban vestidas con saris del mismo color y llevaban velas encendidas, preparadas para salir en procesión por la ciudad.

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El barrio de Patan tiene un encanto especial. Según algunos registros históricos, era la ciudad más antigua del valle y se anexionó a Katmandú a medida que esta última fue creciendo pero eso no ha impedido que preserve toda su autenticidad. Es un placer pasear por las calles típicas, con tienditas diminutas, banderas de colores y templos en cada esquina. Ya entrada la noche y de regreso al hotel pasamos por el Templo de Oro, otra de sus maravillas. A esas horas estaba cerrado pero en su interior se veían luces. Alguien nos vio mirando entre las rejas y vino a abrirnos la puerta y nos invitó a pasar. Al entrar nos quedamos estupefactas por la belleza del sitio. Toda la decoración era de madera y oro, estaban representados los dioses del hinduismo y había espejos, una barandilla de madera y un patio central donde estaban sentadas un grupo de personas rezando y celebrando el nacimiento de Buda. No nos atrevíamos ni a movernos para no molestar pero entonces se levantó otro hombre y empezó a explicarnos el significado de las figuritas y a preguntarnos quiénes éramos, con esa amabilidad que les caracteriza y que te hace sentir como en tu casa. Cuando terminaron de rezar repartieron unas galletas con un arroz amargo con leche, muy rico. No sabía si nos lo daban para ofrecérselo a Shiva o para comérnoslo pero cuando miré a Nurita era demasiado tarde, ya le había hincado el diente a la primera galleta con arroz. Después nos acompañaron a coger un taxi de vuelta y nos invitaron a volver al día siguiente. ¡Tan simpáticos!

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En uno de los miniportales de Patan

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Una calle del barrio de Patan

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Patan Durbar Square

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Uno de los templos de Patan Durbar Square visto desde el Museo

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Patan Durbar Square

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Niños tocando los tambores en un patio de Patan

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Ceremonia nocturna en el Templo de Oro, Patan

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Casa con decoración típica newari en Bhaktapur

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Arquitectura típica, Bhaktapur

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Patio típico, Bhaktapur

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Y para finalizar, como no pudimos ver las montañas en Langtang por el mal tiempo decidimos ir a probar suerte a Nagarkot, un pueblo a unos 30 kilómetros de Katmandú desde donde hay unas vistas increíbles de los Himalayas, cuando el tiempo acompaña. El recorrido hasta allí es bastante bonito y muy verde pero el pueblo parece construido para que los turistas ricos se dejen la pasta en hoteles de lujo que les permita ver las montañas al amanecer. Nos costó encontrar un lugar honesto donde alojarnos pero mereció la pena. Encontramos un restaurancito donde probamos una cena deliciosa (con chinches incluidas, que me dejaron el culo muy perjudicado) y aunque las nubes no nos dejaron ver más que una silueta tenue de las montañas nos encantó la vista y la excursión por los alrededores que hicimos al día siguiente. Y así, con las ganas de volver para visitar otros sitios maravillosos de este país, nos despedimos de Nepal.

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Vista de la cordillera del Himalaya desde Nagarkot

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Trekking en el Parque Nacional de Langtang

Después de un viaje de casi 9 horas hacia Siafru besi en el bus local, hemos llegado al hotel ‘Peaceful’. Sólo hemos recorrido una distancia de 150 km, eso sí, parando cada 10 minutos para recoger a gente que viaja cargada de arroz y otros alimentos a distintos pueblos. Algunos tramos quitan el hipo por lo espectacular del paisaje, pero sobre todo por el precipicio que hay a un lado de la carretera. La parada para ir al baño consiste en bajar a toda prisa del bus, separar hombres a la izquierda y mujeres a la derecha y aliviarse donde buenamente se pueda en la cuneta de la carretera. Ah, y si el autobús va lleno no pasa nada: uno se sube al techo y hace el viaje en la baca ajeno al traqueteo y los frenazos del bus. La verdad es que ha sido toda una experiencia ver cómo viajan los locales.

Al día siguiente, ya descasadas del viaje, hemos empezado el trekking desde Siafru besi, que está a unos 1500 metros de altura. Es un pueblito al norte de Nepal en medio de un valle lleno de hostales que se deben llenar en la época alta  de turismo (de octubre a mayo). Pero este pueblo no es el original, sino uno que hay unos 500 metros más adelante y que parece sacado de un libro de García Márquez. Las mujeres se sientan en las puertas de las casas a despiojar a los niños, mientras los hombres pasan de un lado a otro cargando todo tipo de cosas relacionadas con la construcción. Y tienen un panadero encantador que hornea bollos frescos todos los días para véndelos en el colegio de la aldea.

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El camino dentro del parque natural es espectacular. Sigue el cauce del río y es muy selvático, con bosques muy tupidos donde la marihuana crece a sus anchas. Te vas cruzando con arrieros que suben con caballos cargados de comida a los pueblos más aislados, ya que es el único camino que llega hasta allí. Debido a ello la comida se encarece  a medida que vas subiendo y vas encontrando posadas donde comer y dormir. Por cierto, en el camino uno puede ver distintos tipos de monos, pájaros y muchas mariposas, algunas gigantescas.

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La subidita  tiene tela, sobre todo el último tramo de la primera etapa, desde el pueblo de Bamboo hasta Lama hotel, a 2500 m de altura. En vez de alojarnos en este último, nos quedamos un poco antes, en un lodge paradisíaco con vistas al valle y a las montañas. Se llama Ganesh guest house y tiene la mejor ducha de agua caliente de todo Nepal gracias a las placas solares instaladas justo afuera. Después de siete horas subiendo esta ducha nos ha devuelto la vida. El chico que atiende el lodge vive solo todo el año, incluso durante el Monzón. Es un encanto y además tiene la casa como los chorros de oro. Se pueden comer sopas hasta en el suelo. ¡Hasta cocina bien!  Nos ha preparado un arroz con verduras y huevo delicioso.

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El día siguiente ha amanecido nublado y con mucha humedad. Aún así hemos comenzado la subida a eso de las 8:00 h y hemos llegado hasta los 3.000 m en 3 horas. Después hemos comido y hemos decidido echar el resto del día en un lodge que lleva una señora muy loca. Es muy amiga de otra chica que lleva el lodge de más abajo.  Pasan mucho tiempo juntas y, cuando han visto a Susi con la cámara, se han puesto a posar, a reír a carcajadas y a cantar. Ambas viven allí casi todo el año, con visitas esporádicas a Katmandú para visitar a sus hijos que estudian allí (una tiene dos y la otra cuatro). Como son de origen muy humilde, sólo pueden pagar el colegio de uno o dos como mucho. Nos han  contado que los otros están escolarizados gracias a esponsors europeos o norteamericanos  que pagan la educación de niños que no tendrían acceso a la misma de ningún otro modo.

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A la mañana siguiente hemos amanecido con nubecillas altas que, durante unos minutos, nos  han dejado contemplar la cordillera tan espectacular que tenemos delante y que ni imaginábamos. Hemos decidido empezar a descender, y hemos llegado al pueblo de abajo justo cuando empezaban a caer chuzos de punta. Al parar en uno de los lodges hemos conocido a un chico español, Carlos, que ha dejado todo en España y ha emprendido un viaje sin fecha de vuelta para encontrarse a sí mismo a través de la meditación.

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A la mañana siguiente hemos regresado a Siafru besi y de ahí a Katmandú. El viaje de vuelta en el bus, esta vez express, ha sido igual de emocionante que el de ida. El conductor ha hecho unas maniobras en la carretera enfangada que nos han dejado  sin respiración a más de uno. Los turistas nos llevábamos las manos a la cabeza con incredulidad mientras los locales sonreían en sus asientos. Esto ha sido mucho más extremo que el trekking.

Haciendo amigos en Meghauli

Durante la estancia en Meghauli tuvimos  bastante tiempo libre que empleamos en visitar el pueblito y, de paso, comprar algo de fruta.

Una de las tardes llegamos a la entrada del pueblo cuando empezaron a caer chuzos de punta. Nos refugiamos bajo un árbol muy frondoso junto a un grupo de mujeres que pasaba la tarde charlando tranquilamente. Una de ellas sabía un poco de inglés, así que allí estuvimos chapurreando unas pocas palabrejas. Después de hacernos mil fotos con los teléfonos móviles, esta chica, llamada Chandani,  nos invitó a pasar a su casa y allí que nos plantamos.

La casa era sencilla y muy acogedora. Chandani nos dijo que pasáramos al fondo donde estaba el comedor. Se metió en la cocina y a los diez minutos apareció con dos platitos llenos de unas bolas huecas y fritas llamadas “pani puris”. En el medio del plato había una salsa roja con pinta de picar como un demonio. Nos dijo que rellenáramos las bolas con la salsa y que disfrutáramos. Pues estaban de muerte. Le dimos las gracias pero resulta que la merienda no había terminado: después de las bolas nos saco unos biscotes dulces con un té. Mientras disfrutábamos de su  hospitalidad, Chandani nos contó que estaba casada y que tenía una hija de tres años. Su marido no vivía allí ya que había emigrado en busca de un buen trabajo y estaba actualmente en Corea. Ella, natural de la India, se había mudado a Meghauli para cuidar de su familia política.  La visita terminó cuando la suegra de Chandani nos miró y nos dijo algo en nepalés que, traducido al español, resulto ser  un “ya os podéis ir”.

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Deliciosos pani puri

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Un día antes de marcharnos, Vishnu nos llevo de excursión por un río cercano y un pueblito llamado Bhangha de la etnia Tharu. Caminamos al lado del río y comprobamos como la especulación urbanística y el turismo empiezan a hacer mella en la zona: cruzamos varios hoteles de ladrillo y hormigón en construcción con vistas al río. Sin embargo, en Bhangha viven al margen de estos cambios. Es un pueblo autosuficiente. Vishnu nos explicó cómo vivían, producían sus propios alimentos para subsistir y se fabricaban sus propias casas. La visita nos dejo alucinadas, no sólo por la organización del pueblo sino por la amabilidad y la simpatía de la gente que nos respondió a todo lo que les preguntábamos curiosos.

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Ya en Meghauli, y para paliar un poco el calor de la tarde, nos paramos en una tiendita a bebernos una cerveza local. Ahí estábamos sentadas en el escalón de la tienda cuando una chica muy joven que estaba en la casa de en frente nos hizo señas para que nos acercáramos. Terminamos la cerveza y nos fuimos para allá. Nos sentamos con ella en su salón y nos contó que se llamaba Gina, que tenía 15 años, que estaba casada y que estudiaba algo relacionado con salud y bienestar. Hechas las presentaciones oficiales, Gina empezó a sacar bolsitas de maquillaje y nosotras terminamos con los labios rojos, las uñas rosas y un puntito de fieltro adhesivo en la frente al que llaman Tika. Con estas pintas estábamos cuando el padre de Gina nos dijo que pasáramos al patio. Nos sentamos allí y nos sacó dos platos de momos rellenos de carne de búfalo. Nos los engullimos mientras el resto de la familia nos grababa con los móviles y Gina seguía buscando maquillaje y algo de bisutería para ponernos más monas. Después de probarnos unas pulseras descubrimos que la cena no había terminado, ya que el padre apareció con sendos platos de tallarines con verduras. Pues nada, nos abandonamos a la gastronomía local y nos los comimos rodeadas de gente que nos miraba y se reía.  Después de un buen rato sacándonos fotos con todos los presentes tuvimos que insistir para que no nos dieran más cosas y nos marcharnos a casa de Vishnu con la panza  llena de comida deliciosa y contentas de haber pasado un día de excursión y una tarde estupendos, con gente tan acogedora.

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Voluntariado en Chitwan

Después de varios días en Kathmandu nos dirigimos al sur de Nepal, al Parque Nacional de Chitwan, en la región del Terai. Es un sitio muy turístico, declarado Patrimonio mundial por la Unesco, donde se suelen hacer safaris en elefante para ver  tigres, leopardos y otras especies protegidas en peligro de extinción como el rinoceronte.  En nuestro caso fuimos a trabajar de voluntarias en una granja ecológica que lleva un señor llamado Vishnu. La idea era ayudarle en el campo por las mañanas y dar clases a los niños de la aldea por las tardes.

Al contrario que Kathmandu (que está a 1.400 metros de altura), Chitwan está sólo a 150 metros sobre el nivel del mar, así que nada más bajar del autobús notamos un golpe de calor típico de los veranos más agobiantes en Madrid con toda la humedad del clima tropical. Siguiendo las instrucciones que nos dieron, nos bajamos en un pueblo llamado Narayangarh y allí buscamos un bus local hacia la aldea de Vishnu, Meghauli. El viaje en bus fue muy divertido: la música sonaba a todo volumen, la gente nos miraba mucho y las mujeres trataban de hablar con nosotras mientras se morían de la risa.

Vishnu vive en una parcela gigante en la que se encuentra la casa de sus padres, un huerto enorme, un establo con una vaca, un búfalo y una cabra y la zona de voluntariado con varias cabañitas y una zona común para comer y tomar el té.

Nosotras nos instalamos en un cuartito en la casa de los padres, un caserón con varias estancias en la primera planta y un almacén de arroz en la planta baja. Para ir al baño teníamos que atravesar el almacén, si la madre cerraba la puerta de entrada con llave, teníamos que entrar por el salón y saltar por un ventanuco tan estrecho que Susi se quedaba encajada (Nota de Susana: no os hemos contado todavía que los nepaleses son bastante bajitos en general, algunos muy pequeñitos y a veces te sientes como en Liliput. Yo misma, que tengo una estatura bastante normal voy de cabeza, literalmente, contra todas las puertas). Dormíamos en frente de la habitación de los padres y a las cinco y media de la mañana el padre de Vishnu ponía la radio a todo trapo. Las cucarachas gigantes visitaban el almacén de arroz por la noche y algunas nos acompañaban mientras nos duchábamos en el baño.

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Vishnu

Vishnu

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Por cierto, el padre de Vishnu es un bramán, alguien importante en la escala social. La madre de Vishnu era un derroche de simpatía y dulzura. La mujer trataba de hablar contigo y se preocupaba de que te sintieras bien. Incluso miraba con mucha atención todo lo que hacia Susi cuando trabajaba en el ordenador procesando fotos para el blog.

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Nuestro día se repartía de la siguiente forma: tomabamos té con galletas a las 7 de la mañana y después trabajábamos en la granja hasta las 10 de la mañana, hora del almuerzo. Nos reuníamos en la zona común y ahí degustábamos un exquisito dhal bat con Vishnu, Mina (la cocinera) y otros dos voluntarios franceses con los que coincidimos. Las verduras, el arroz y las patatas venían directamente de la huerta orgánica, así que más natural no podía ser. Como a partir de esa hora el calor empezaba a ser insoportable descansábamos hasta las 5 de la tarde, cuando venían los niños del colegio (con una segunda pausa para tomar otro té con galletas a las 3 de la tarde). A las 7 de la tarde se iban los niños y cenábamos otro delicioso dhal bat mientras anochecía. Aunque parezca mentira, echamos tanto de menos ese rico dhal bat... Podríamos seguir comiéndolo a todas horas.

En cuanto al trabajo, ayudamos a Vishnu a construir un invernadero colocando los primeros palos de bambú del  armazón. También estuvimos plantando árboles en la parcela, con  la idea de usar la madera en un futuro cuando ya estén creciditos.

Sin embargo, la mejor parte vino con las clases a los niños. Se acercaron todos al salir del colegio y formaron un corrillo en torno a nosotras mientras abrian sus cuadernos para empezar a tomar notas.  Había niños entre 4 y 14 años aproximadamente. Repasamos los nombres de los colores y las formas geométricas en inglés y les hicimos pintar varias cosas. Después de la clase las niñas nos pidieron que jugáramos con ellas (los chicos solo querían jugar al fútbol) y pasamos en resto de la tarde entretenidas con carreras de relevos, la patata caliente y aprendiendo un bailecito imposible mientras entonaban una canción. Nuestra pequeña contribución fue enseñarles a jugar al pañuelo. En otra clase les dimos algunas nociones de astronomía mostrándoles fotos de planetas y pidiéndoles que los pintaran. Allí cada uno pintó lo que quiso (Neptunos naranjas, soles tricolores, lunas arco iris …) y fue tan divertido como el primer día. Ya al caer la tarde los niños escribieron sus nombres en nuestras manos y se despidieron de nosotras.

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Aprovechando que disfrutamos de algunas noches despejadas, y que la vista desde la parte alta de la casa era maravillosa, tratamos de ver la cruz del sur desde Meghauli pero no lo conseguimos. Estaba demasiado baja.

Nos fuimos de Chitwan con la impresión de que el proyecto de Vishnu tiene mucho potencial, pero necesita de mucho trabajo y dedicación para que salga adelante. ¡Ojalá lo consiga porque merece la pena!

En breve encontraréis más información sobre el proyecto de Vishnu en la sección de Voluntariado.

Excursión al Parque Nacional de Shivapuri Nagarjun

El parque Nacional de Shivapuri se encuentra al norte del valle de Katmandú, a unos 25 km de la ciudad. Después de recoger a Ashish y tras varios autobuses llegamos a Budhanilkantha, el pueblecito que se encuentra justo en la base de la colina que le da nombre al parque. Lo primero que hicimos fue visitar el templo de Budhanilkantha y lo que vimos nos dejó maravilladas: allí, en medio del agua, yace una impresionante estatua de piedra de 5 metros de longitud de Narayan, una de las reencarnaciones del dios Visnu. La imagen duerme sobre una serpiente y en esos momentos unos niños vestidos de monjes la estaban lavando con agua y poniéndola flores. Esta imagen durmiente es uno de los lugares de peregrinación más importantes en el valle para hinduistas y budistas.

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Imagen de Narayan, una de las reencarnaciones del dios Visnu

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Monjes lavando la imagen durmiente de Narayan

Mientras subíamos los dos kilómetros que nos separaban de la entrada del parque, Ashish estuvo recogiendo hojas y plantas del camino y explicándonos sus propiedades medicinales. Incluso probamos algunas de ellas. Fue muy divertido, nos sentíamos igual que sus vacas sagradas, solo esperábamos no tener diarrea sagrada al día siguiente. La entrada al parque cuesta 5 dólares y está custodiada por unos militares del ejército que anotan muy concienzudamente tus datos en una libreta. La excursión fue muy agradable. Ashish nos llevó a ver un templo budista y tras varias horas de caminata nos sentamos a tomar el almuerzo. No nos dejó tomar el picnic que habíamos preparado porque había llevado algo especial para nosotras. Eran unas bolas hechas de caña de azúcar y garbanzos rebozadas en harina de centeno, superenergéticas. Después tuvimos que tragar, literalmente, la harina sobrante directamente en la boca con agua. Nos pusimos de harina hasta las orejas. Para beber durante el camino trajo una botella de zumo de caña de azúcar que había preparado y que resultó muy refrescante.

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Ashish informándonos en la entrada

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Un árbol del parque

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Vista del parque

Por la tarde llegamos al nacimiento del río Bagmati. Este río sagrado cruza toda la ciudad y sirve de basurero para gran parte de la población. Aquí en Nepal no hay servicio de recogida de basuras, al menos no regularmente, así que la gente la tira donde puede. El río es una buena opción porque gracias a Shiva llega el monzón y se limpia todo rápido. Pero en el parque es diferente. El nacimiento del río Bagmati es un lugar de paz y armonía. El agua corre limpia, todo está verde y en todas partes pueden verse las típicas banderas de plegaria de colores que traen suerte y protegen el lugar.

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Lugar de nacimiento del río Bagmati

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La estatua de Shiva preside el lugar

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Nacimiento del río Bagmati

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Representaciones de Shiva y Parvati

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Banderas de plegaria de colores

Cuando subimos al punto más alto empezó a llover a cántaros y tuvimos que refugiarnos en la casa del baba que vive allí todo el año. Los babas o shadus son hombres santos que han decidido llevar una vida asceta y renuncian a todo lo material y terrenal. Este baba, a mi, no me pareció muy asceta, aunque supongo que habrá diferentes tipos de renuncia. El caso es que el hombre, muy amable, nos invitó a tomar un té mientras veíamos como corrían ríos de agua por el camino. Afortunadamente no tardó mucho en dejar de llover y pudimos bajar y ver los bonitos rododendros que aún no han terminado de caer con las lluvias. Esta flor roja es la flor nacional de Nepal y aparece en su bandera. Por cierto, como curiosidad, la bandera de Nepal es la única del mundo que no tiene forma rectangular.

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Vista desde la casa del baba

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El baba preparando té. Baba también significa padre o abuelo.

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Vista del parque

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Uno de los rododendros que se encuentran abundantemente en el parque

De Durbar Square al niño murciélago

Kathmandu tiene una gran facilidad para sorprenderte, sobre todo cuando  has leído poco de la ciudad y no tienes ninguna expectativa. Al menos es lo que me pasó a mi hace unos meses cuando la visité por primera vez.

Dentro de esos rincones mágicos que te deja con la boca abierta está la “Kathmandu Durbar Square”, una de las tres plazas del valle de Katmandú declaradas patrimonio mundial por la UNESCO. Contiene más de 60 monumentos importantes, la mayoría de los siglos dieciséis al dieciocho, y está muy cerca del barrio de Thamel. En el lugar se concentran un gran número de templos y de vida social.

Una de las cosas más interesantes de ver es el mercadillo que se monta en el suelo de la plaza, así como el tráfico de coches tratando de esquivar todo lo que se pone por delante.  Uno puede subirse a cualquiera de los templos y quedarse unas cuantas horas viendo pasar la vida. Es imposible aburrirse: unas señoras preparan té con leche a los lugareños que charlan al pie de los templos, algunos venden comida, los vendedores colocan los limones con mucho esmero en sus puestos de verduras, otros ofrecen colgantes a los turistas  y también se venden  flores naranjas en muchos puestos, bien sueltas o en forma de collar. Y todo esto “amenizado” con el sonido de un tráfico infernal que recorre la plaza de una esquina a otra.

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El trasiego de la plaza visto desde uno de los templos

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Mercadito en la base de uno de los templos

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Flores para ofrecer a los dioses

De regreso al hotel nos encontramos con una escuela de pintura y entramos a visitarla. Conocimos a la maestra Tsering Lama que nos estuvo explicando muchas cosas acerca de la técnica para pintar mandalas. Estos cuadritos tienen un significado muy profundo para los budistas ya que los usan para meditar. En ellos se representan los distintos niveles que hay que atravesar para llegar al nirvana, el estado de máxima felicidad y paz. Las obras tienen muchos detalles y los más finos se pintan con un pelo de yak. Tardan una media de un mes en acabarlos. Los artistas sólo pueden firmar sus obras después de 10 años de formación, que es cuando se convierten en maestros. Tsering Lama nos mostró dos tipos: el mandala tradicional y el mandala creado por el Dalai Lama o Kalachakra (rueda del tiempo o ciclo de la vida). Todos eran impresionantes. Nos quedamos con la boca abierta por los detalles, la perfección del acabado y la variedad de colores y modelos.

La maestra Tsering Lama nos muestra sus mandalas

La maestra Tsering Lama nos muestra sus mandalas

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Mandala tradicional

Para terminar, no podemos dejar de comentar que conocimos al niño murciélago. Este personajillo atiende en un puesto de fruta. Nos quiso tangar vendiéndonos manzanas a precio de oro mientras nos miraba con ojillos de murciélago ( hay que verlo, no se puede describir con palabras). Al final le devolvimos la fruta, pero cada vez que pasamos por su tienda nos asomamos  para ver si esta durmiendo colgado de alguna viga.

Ashish, Shiva y el trípode en concierto

Hace unos días estuvimos caminando cerca de Pashupatinath, uno de los templos hindúes más importantes del mundo dedicado a Shiva. No llegamos a entrar porque nos pedían 10 euros que nos parecieron excesivos para nuestro presupuesto.  En vez de visitarlo por dentro nos fuimos a un parque  cercano y pudimos explorarlo todo desde lo alto de una loma. A la bajada nos metimos por un callejoncito cercano al río y nos encontramos con un lugar sagrado donde se venera a Shiva y Parvati ( su señora esposa). Un chico se nos acercó y nos empezó a explicar el origen del  templo y las celebraciones que tenían lugar en algunos días señalados.

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Parque cercano a Pashupatinath

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Haciendo amigos en el templo

El chico en cuestión se llama Asish y es todo un personaje. Estudio en un cole de pasta en Kathmandu, se licenció en diseño gráfico y , en vez de emigrar a Estados Unidos como muchos de sus compañeros, decidió dejarlo todo y dedicarse a cuidar a sus vacas. Tiene una educación exquisita, habla un perfecto inglés y sabe de todo. Un auténtico intelectual nepalés, vaya.

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Ashish

Hace unos días hubo luna llena y, según nos contó Ashish, ese día se celebra un concierto en honor a Shiva en el templo que visitamos, así que decidimos acercarnos. Llegamos a eso de las siete y media y ya de lejos pudimos escuchar el sonido inconfundible del sitar. Cuando entramos vimos un escenario muy colorido con el dios Shiva como protagonista del mural de fondo y en él interpretaban un tema dos músicos, uno a la percusión y el otro al sitar. La música te llevaba directamente a Oriente y parecía que iban a salir serpientes de nuestras mochilas.

Mientras Susana y Ashish colocaban cámara y trípode en un lugar estratégico, me quedé escuchando a un nuevo grupo que se colocaba en el escenario. Estaba compuesto por un cantante, un percusionista y un tipo al armonio. El cantante empezó a entonar canciones con un aire entre flamenco y árabe, algo bastante exótico aunque un poco raro para nuestro oído acostumbrado a otras escalas. Susana se perdió toda la actuación: el trípode se quedo cojo y tuvo que arreglarlo en la zona más sagrada del templo, rodeada de campanas, flores y el dios Shiva convertido en Piedra.

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Shiva convertido en piedra en la zona más sagrada del templo

Finalmente subió al escenario el último grupo de la noche. El líder era un percusionista que, según nos contaron, improvisaba encima de una secuencia musical que tocaba en el armonio. Junto a ellos una mujer tocaba un instrumento gigante parecido a un sitar pero con un sonido imperceptible a nuestros oídos (solo sabíamos que estaba tocando porque movía la mano). Si queréis saber como sonaba esta música, es mejor que escuchéis el vídeo que grabó Susana una vez arreglado el trípode con l a inestimable ayuda de Shiva, claro.

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En concierto