Jim, Anu y Bobby “malón”

Nuestro paso por Darwin fue fugaz. Después de tres días disfrutando del calorcito tropical y de la compañía de Celia cogimos un avión rumbo a Sydney. Cuando bajamos del avión y nos reencontramos con el invierno empezamos a preguntarnos por qué decidimos ir allí…..Ah, es verdad, huíamos del Monzón que sacude una gran parte del sureste asiático en esas fechas pero se nos fue la mano con la latitud.

Tras recuperarnos del shock térmico nos dirigimos a una pueblito al sur de Sydney que está a más de una hora en tren (sí, sí, entra en la categoría de “donde da la vuelta el aire”). Se llama Campbelltown y allí viven Jim y Anu. Él es un empresario de éxito que se dedica a múltiples tareas. Una de ellas es fabricar champú y exportarlo a Europa. Un día se dio cuenta de de que era un rollo rellenar mil botellas a mano, así que se fue a China para ver si le podían fabricar una máquina que lo hiciera automáticamente y costara dos duros. Obviamente la consiguió y, le pareció tan buena, que decidió pedir más y venderlas a distintas empresas. Damos fe de que el negocio le va muy bien. Su mujer, Anu, es médico de profesión. Tiene una clínica privada que lleva con otros dos socios. Trabaja mucho y tampoco le va nada mal. Ambos se conocieron cuando se acababan de divorciar de sus respectivas parejas. Iban juntos a clase de baile y después de unos meses se hicieron novios y terminaron casándose.

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Jim y Anu

Jim y Anu están muy ocupados con sus trabajos así que siempre necesitan a gente que se ocupe de su casa que, dicho sea de paso, entra en la categoría de lo que nosotros denominaríamos “casoplón”. O sea, si uno entra en la finca y no ve el otro lado de la parcela, eso es un buen casoplón, y así era la casa de estos dos australianos de adopción:  la familia de Jim es de origen inglés y la de Anu del este de Europa.

Jim y Anu conocieron el programa de voluntariado “workaway” en casa de uno de los hijos de Jim y les pareció una buena idea acoger a voluntarios para que se ocuparán de su casa a cambio de alojamiento y comida.

Como habréis adivinado,  nos fuimos de voluntarias al casoplón. Teníamos que trabajar cuatro horas diarias y, entre nuestras tareas, estaba la limpieza de la casa, quitar las malas hierbas del enorme jardín, cocinar y, en alguna ocasión, ir a rellenar botes de champú a la fábrica de Jim con su súper máquina. Muchas veces trabajamos más de cuatro horas para conseguir días libres y visitar Sydney, así que al final del día no sentíamos las manos. Como recompensa cenábamos unos platos exquisitos y contundentes que preparaba Anu.

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Jim en su empresa

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Rellenando botellas de champú en la fábrica de Jim (Foto @Jim)

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Con Will y los “barber poles” de Jim (Foto @Nuria Nuélamo)

Nosotras nos alojábamos en una casa pequeñita al otro lado del jardín junto a Will (el hijo de Jim) y los dos perros de casa, Mya y Honey. Will quiere ser D.J., así que tenía una mesa de mezclas y unas altavoces gigantes en el salón. Casi todas las tardes sus amigos iban a verle y a trastear con el equipo, pero se lo llevaban todo a un almacén contiguo para no molestarnos. Un día entró uno que dijo : “aryadaing, girls?” Y fue cuando comprendimos que el acento australiano cerrado es imposible. De diez palabras entendíamos una, así que la comunicación nunca llegó a fluir con sus amigos.

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Nuestra casita

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Mia

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Lo mejor del día llegaba después de cenar, cuando nos sentábamos en el sofá con Mia y Honey al lado de la chimenea

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En los alrededores de Campbelltown

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Nuestro vecindario

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Anu jugando con su nieta en frente de la casa

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La pequeña Lilly

Nuestros días libres los empleamos en visitar Sydney. En uno de los autobuses que cogimos para salir de Campbelltown conocimos a nuestro ángel de la guarda australiano, Gerry. Este hombre nos salvó la vida el día en que perdimos el último bus para llegar a la casa. Se puso a hacer llamadas y al final consiguió que el mismo autobús que habíamos perdió nos esperara en una rotonda y nos llevara a casa. Hasta nos dio su teléfono por si necesitábamos ayuda cualquier otro día. Otro momento maravilloso en Sydney fue el reencuentro con mi amigo Chris, un astrónomo con el que coincidí en Chile y al que hacía años que no veía.  Nos llevó a conocer Watson’s Bay y las Blue  Mountains, dos lugares que nos encantaron. También nos explicó muchas cosas de la vida en Australia, de la calidad de vida y de la muchísima pasta que necesitas para vivir allí.

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El área para parar en la estación de tren. Solo el tiempo que dura un beso, jeje

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Las olas

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Chris

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Atardecer en el puerto de Sydney

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Las Tres Hermanas, en las Blue Mountains

Un día empezamos a sentirnos mal durante las cenas. Veníamos arrastrando ciertas molestias estomacales desde Indonesia, pero en Sydney el malestar se hizo ya muy patente. Estábamos hinchadas, teníamos muchos gases y hambre a todas horas. Después de indagar en Internet y preguntar a Anu, descubrimos nuestro problema: ¡teníamos parasitos intestinales! Anu nos dio las medicinas oportunas y ese día en la cena empezamos a bromear acerca de los gusanos, del cariño que había cogido al mío, al que puse de nombre Bob, y de la pena que me daba deshacerme de él. Jim sonrió pero no dijo nada. Al día siguiente volvió a salir el tema y pregunté a Jim qué iba a hacer sin mi Bob. En ese momento empezó a reírse como un loco, vamos, que se le saltaban las lágrimas. No entendíamos nada hasta que me explicó que Bob es el nombre que ellos dan a los consoladores, o sea, el acrónimo de “boyfriend on batteries”. Así que cada vez que yo hablaba con cariño de mi gusanoide, él me imaginaba suspirando por el último modelo de vibrador…

Después de tres semanas dejamos el jardín que parecía el parque del Retiro. ¡Bonito es poco! Nos despedimos de todos y también del invierno porque nos esperaba Tailandia con su calorcito.

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En el trópico australiano

Antes de llegar a Australia no tuve la oportunidad de leer el fantástico libro de Brian Bryson, En las Antípodas, dedicado a este continente. Si algún día se os ocurre pasaros por allí, cosa que deberíamos hacer todos al menos una vez en la vida, es muy recomendable leerlo antes. Es irónico y divertido, y os dará muchas pistas que os servirán para entender el país y a los australianos. Y sabréis lo que os espera en Darwin, el primer sitio sobre el que pisamos suelo en Australia.

Nunca habríamos reparado en Darwin si no fuera porque desde Bali se encuentran chollos para volar hasta allí. Es un destino muy popular entre los australianos porque tiene un clima tropical todo el año y suelen ir allí de vacaciones locas. Decidimos que una vez dentro del continente podríamos buscar una granja cercana para trabajar de voluntarias y movernos  por allí, quizás acercarnos al centro, a Alice Springs y a la montaña sagrada de Uluru, pero no encontramos nada. Las granjas por el Territorio Norte no necesitaban a nadie y una vez allí nos dimos cuenta de nuestra ignorancia sobre la inmensidad del país. Las distancias son realmente enormes y lleva días viajar de unas ciudades a otras en tren o autobús. Así que decidimos buscar trabajo en Sydney y pasar tres días en Darwin con Celia, una amiga que estaba en un congreso en Melbourne y se venía a pasar con nosotros el fin de semana.

Llegamos muy tarde al albergue. Compartimos taxi desde el aeropuerto con un chico estadounidense, un alemán y un australiano que nunca había visto a un español. Cuando nos preguntó de dónde éramos se quedó perplejo mirándonos y no dejaba de repetir: “¡Guau! Es la primera vez que me cruzo con españoles. No he visto nunca ninguno por aquí. Y en otras partes de Australia también es raro ¡Guau! “.  Me sentí como si estuviéramos viendo por primera vez un animal exótico de la fauna australiana, solo que esta vez el animal exótico éramos nosotras.

En el albergue enseguida nos encontramos con Celia y nos preparamos para salir a cenar algo. Pronto nos dimos cuenta, con una gran decepción, que la calle principal (no parecía que hubiese muchas más calles en realidad) era una sucesión de discotecas, bares ruidosos y hoteles feos. Los bares y las calles estaban llenos de chicos en su mayoría muy tatuados y muy borrachos, y chicas muy arregladas y muy borrachas también. Esa no era la Australia que habíamos imaginado. Después de cenar volvíamos hacia el albergue cuando vimos un lugar donde parecía haber un ambiente tranquilo y agradable, con música en vivo, y decidimos entrar a tomar algo. La decisión no pudo ser más acertada. Tomamos una cerveza y al poco rato estábamos bailando al son de la música con un grupo de chicos muy simpáticos que resultaron ser militares de Nueva Zelanda. Al parecer estaban allí haciendo unas prácticas y a conocer a sus colegas Australianos. Uno de ellos, un chaval muy agradable que era igualito al actor Matt Damon, nos contó maravillas de su tierra y nos dejó con unas ganas terribles de visitar su país.

Al día siguiente, partimos en un coche alquilado rumbo al Parque de Litchfield, a unos 130 km al sudeste de Darwin. El parque estuvo habitado por aborígenes durante miles de años pero ya no queda ninguno por allí. Como en el resto de Australia, los aborígenes han quedado confinados en unas cuantas reservas. Los pocos que viven en las ciudades, como en Darwin, se pasean por las calles como momias deambulando sin rumbo y con la mirada perdida. Dicen que no se han adaptado a la sociedad. Lo que está claro es que tienen un gran problema con su integración y que a los australianos les incomoda mucho hablar sobre este tema. No se les ve en las tiendas, ni en correos ni trabajando en ningún otro lugar. Para los turistas ni existen si no fuera porque a veces los encuentras tirados en las calles. Bill Bryson cuenta cosas muy interesantes sobre ellos en su libro, que ha ido averiguando en sus viajes por el país.

Litchfield es un destino muy popular para los turistas que van a pasar el fin de semana a bañarse en las bonitas cascadas y pozas del parque, cuando no hay cocodrilos, porque hay épocas del año que te saltan a la yugular cuanto menos te lo esperas. Hacía un calor insoportable y los pocos árboles y hierbajos del parque por donde pasábamos parecían totalmente secos.  Pero al llegar a las cascadas la naturaleza cambiaba, se volvía verde y refrescante y lo pasamos en grande chapoteando bajo el agua. Por la noche dormimos en una cabaña en un albergue muy bonito cerca de la entrada del parque y al día siguiente visitamos otras cascadas y unas termiteras gigantes a lo largo del camino. Volvimos a la ciudad muy contentas pero con pena de que Celia tuviese que coger el avión de vuelta a Melbourne esa misma noche.

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Nuria y Celia en una de las minicascadas del parque

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Muchas familias se acercan a pasar el fin de semana

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Atardecer en el parque de Litchfield

El último día en Darwin lo pasamos visitando el centro histórico. Cuando conseguimos un mapa y vimos que aquella calle-ciudad tenía un centro histórico nos lanzamos a explorarlo. Fue una aventura interesante; primero descubrimos que la ciudad tenía más de una calle y que había vida más allá de los garitos nocturnos: tiendas, algún supermercado e incluso vimos un colegio. Parecía muy diferente a lo que habíamos visto la noche anterior. Y constatamos que gran parte del llamado casco histórico son cuatro muros que sobrevivieron los desastres del último siglo. Caminando hacia el mar llegamos a la zona del puerto donde encontramos restaurantes, tiendas, un parque con una laguna artificial lleno de gente tomando el sol y un muelle. Al parecer el mar es muy peligroso y está lleno de tiburones por lo que la gente va a bañarse a la laguna.

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Christ Church, inglesia anglicana reconstruida en 1976 después de que el ciclón Tracy destruyera la original

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Escultura de un Mokuy, un espíritu según la creencia del pueblo Yolngu. Obra del artista Nawurapu Wunungmurra

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Exposición de fotografía en las ruinas del ayuntamiento

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A caminar

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Vista del puerto y la laguna artificial

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¡Que vienen los cocos!

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Uno de los agradables restaurantes del puerto

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Pasarela del muelle

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El muelle

Darwin es una ciudad de la que nadie conoce casi nada pero que tiene una historia reciente interesante. Ha sido destruida en dos ocasiones en los últimos sesenta años. El 19 de febrero de 1942, casi dos semanas después de que los japoneses atacaran Pearl Harbour, fue bombardeada también por sorpresa por el mismo batallón. Según la información que leímos en el muelle, en el primero de los dos ataques cayeron más bombas que en el de Pearl Harbour y también se hundieron más barcos. Murieron más de 240 personas y la ciudad quedó destruida en su mayor parte.

Pocos años después, en 1974, el ciclón Tracy golpeó sus costas matando a 74 personas y destruyendo el 70% de los edificios de la ciudad. Hubo que evacuar a unas 30.000 personas. Este ha sido el peor desastre natural que se ha vivido en Australia. Es mucha destrucción en tan pocos años.

Después de empaparnos de tanta historia y sudando la gota gorda volvimos al albergue con un solo objetivo en mente: tirarnos a la piscina. Creo que nunca he disfrutado más un baño que en aquella charquita aquel día.

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Placa que recuerda el bombardeo de Darwin por los japoneses en 1942

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Vista del mar en el enorme puerto natural de la ciudad

Somos acuapónicas

Llegamos a Hong Kong bajo la amenaza de un tifón pero, quitando un vuelo bastante turbulento, la cosa no pasó a mayores. Aterrizamos por la noche y desde el avión sólo se veían islas llenas de luces. Parecía que se llegaba a una ciudad  futurista donde en vez de edificios había plataformas flotantes para repostar con las naves  nodrizas.

Hicimos noche en el aeropuerto y a la mañana siguiente nos dirigimos hacia nuestra nueva granja en el pueblo de Hok Tau que, pensaba yo, tiene nombre de estrella. Llegamos a nuestro destino y comprobamos que es el pueblo más pequeño que existe en el planeta: cuatro casas y ni una tienda ni un bar. Eso sí, el enclave es maravilloso: el pueblo está en medio de un parque natural rodeado de un bosque subtropical muy verde y muy frondoso.

Parada de autobús de Hok Tau

Parada de autobús de Hok Tau

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Parque Natural al lado de Hok Tau

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Nos alojamos en casa de Teressa, la dueña de la granja en la que íbamos a trabajar. Al llegar nos encontramos  a dos wwoofers que se iban, Ajun, del norte de China, y Roland del sur de Australia, ambos majísimos. Ajun es profesor de lengua en una  escuela de primaria y ya nos ha invitado a visitarle en nuestra próxima visita a China.

Y, ¿qué se hace en la eco-granja de Teressa? A ver si lo puedo explicar sin que suene a cuento chino: la granja se dedica a cultivar vegetales, sobre todo papayas. No se utilizan fertilizantes químicos, así que como alternativa se utiliza un fertilizante tan natural como la caca de pez. Y, ¿de dónde  sale la caca? Pues de los peces que tienen en las dos piscinas que hay dentro de la granja. A este conjunto de vegetales y peces cagones se le llama “cultivo acuapónico”.

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Sistema acuapónico

Teressa también está preocupada con la cantidad ingente de residuos orgánicos que se genera en el planeta. Una parte termina en la compostera pero otra no se puede reciclar. Para eliminar esos residuos orgánicos sobrantes, Teresa y sus colaboradores están haciendo experimentos  con un gusano que es capaz de comerse mucha basura en muy poco tiempo. Cuando se hace mayor, ese gusano tragón se convierte en una mosca que llaman ‘black soldier fly’, nombre que impone mucho pero que se queda en nada cuando te enteras de que la pobre mosca no tiene boca y vive sólo siete días. Al no tener boca no trasmite enfermedades ni plagas, así que es perfecta para una granja. Además en esos siete  días de vida tiene tiempo más que suficiente para poner muchos huevos de donde saldrán los nuevos gusanos cagones. Ah, y si hay excedente de gusanos no pasa nada porque ya están los peces para comérselos. Y es así como se cierra el círculo mágico en la granja de Teressa.

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Teressa

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Vista de parte de la granja

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Papayas

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Señora que trabaja en la granja

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Mr. Wu

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Y os preguntareis qué pintábamos nosotras en esta granja tan modernita. Pues hemos hecho de todo: quitar malas hierbas, pelar hojas para la comida, generar plantones de hierbas aromáticas, preparar tierra para plantar, limpiar y ordenar los armarios de la granja, etc. Pero de todas las tareas, la que nos ha dejado una huella imborrable , sobre todo a Susi, ha sido la de recoger gusanos entre las papayas. Ella odia los gusanos y, sobre todo, el olor a compost donde crecían estos animalitos  dentro de la granja. Cuando Teresa nos mandó al huerto a recogerlos, casi le da algo. Al final superó el trauma gusanero y ahora dice, no sé yo si muy convencida, que los gusanos son nuestros amigos. Cosas de volverse acuapónica, oiga usted.

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En proceso de adaptación (mejor no os cuento lo que estaba pensando). Lo superé

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Nuestros amigos

En cuanto a las comidas, hemos consumido sólo productos frescos de la huerta junto con alitas de pollo y carne de cerdo. Una de las cosas que más nos ha gustado ha sido la papaya hervida: cuando está todavía un poco verde se parte y se cuece. El caldito se bebe y está riquísimo, mientras que la papaya se queda blandita y lista para comer con el arroz. El sabor es dulce y suave y, diría yo, es mucho más sabrosa que la calabaza.

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Libélula roja. Las había de muchos colores

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Nuria limpiando malas hierbas entre las papayas

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Verdura típica de la zona

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Quitando las malas hierbas en una plantación de papayas

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A la rica (o no tan rica) comida

Avatares de la vida

Tras la estancia en Xian decidimos que nos merecíamos unas vacaciones así que después de mirar muchos lugares chulísimos en Internet, nos decantamos por el parque natural de Zhangjiajie, famoso por inspirar el mundo del planeta Pandora en la película “Avatar”.

El viaje hacia Zhangjiajie lo hicimos en tren y en dos tramos distintos. El primero en tren nocturno. Compramos billetes en el vagón cama y dormimos en un compartimento muy cómodo. El segundo tramo fue todo lo contrario: como no quedaban camas libres compramos un billete barato que  llaman “hard seat” (traducido al español es “asiento duro”) y el nombre lo dice todo. Aunque reservamos asientos, cuando llegamos estaban ocupados por una mujer y varios de sus hijos, un señor mayor y otro chaval, o sea, ¡overbooking total! Tuvimos que reclamar bastante para que los que no tenían asientos se fueran  y nos dejaran sentarnos. Las mochilas las tuvimos que tirar literalmente al suelo porque en los portaequipajes no cabía un alfiler. En este tren fue donde vimos por primera vez a alguien comerse un  aperitivo que después hemos comprobado que es muy popular en  China: las patas de gallina. Suelen venderlas envasadas al vacío y están recubiertas por una especie de gelatina roja. En fin, flipamos cuando vimos a los niños de en frente devorarlas y escupir los huesos donde les salía de ahí…

Después de un viaje muuuuy largo de más de 8 horas llegamos a Zhangjiajie. El dueño del hotel que habíamos reservado por Internet vino a buscarnos a la estación de tren. En la pagina Web decían que tenían servicio de recogida en la estación y, sí, es verdad, el hombre nos recogió, pero con su bici, y nos acompañó al hotel mientras nos daba conversación. La verdad es que el tipo resulto ser muy simpático. Había sido guía del parque de Zhangjiajie durante 20 años, así que nos dio todo tipo de información relacionada con el parque y los alrededores. También nos dio un mapa, pero en chino, así que la orientación dentro del parque fue de lo más intuitiva.

El primer día que fuimos no entramos en el parque, sino que fuimos a la montaña de Tianmen. Para subir hay que coger el funicular más largo del planeta (eso dicen…), y se ve un paisaje bastante espectacular durante la media hora que dura la subida.La verdad es que esta todo tan bien preparado para los visitantes que sólo hace falta que te pongan una alfombra  roja cuando bajas del teleférico. Desde el punto de vista del esfuerzo, la caminata no es nada exigente, pero se ven lugares y paisajes singulares. De hecho, visitamos un monasterio budista bastante impresionante.

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El funicular recorre 7.200 m hasta la cima de la montaña de Tianmen

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Vista desde el funicular

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Llegando a la cima de la montaña

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Balcón con el suelo de cristal

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Monasterio budista en la cima de la montaña

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Monasterio budista

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“Amor entre árboles y rocas”, pero qué románticos son estos chinos…

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Vista desde la parte alta del parque

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La cueva de Tianmen, también llamada Puerta del cielo, a la que se llega después de subir muchos escalones

El resto del tiempo lo pasamos en el propio parque de Zhangjiajie. Cuando uno llega ve una avalancha de turistas chinos invadiendo la entrada. Sin embargo todos desaparecen cuando uno se adentra por las escaleras de piedra que llevan a las partes altas del parque. Los paisajes son de cuento, con miles de peldaños cubiertos de musgo y puentes de piedra con inscripciones en chino. Apenas te cruzas con senderistas en el camino y tan sólo vuelves a ver a gente cuando llegas a tu destino final,  ya que los turistas chinos han llegado con un funicular o un ascensor ultra rápido, previo pago de bastantes yuanes.  Vamos, que lo de caminar no les va mucho.

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¿Alguien ha visto un fraguel?

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“El camino al cielo”

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Puente de piedra en el camino

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Río que recorre uno de los valles del parque

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Uno de los muchos animales que encontramos en el camino

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Este señor tan simpático vendía bebidas y tenía setas y cosas muy raras conservadas en botes de cristal

Nuestra gran aportación al turismo chino fue demostrarles que las  zanahorias se pueden comer crudas. Las llevábamos como aperitivo y las caras que se les quedaban cuando nos veían hincarles el diente eran un poema. Primero se sorprendían, después se reían, y al final nos decían que no se podían comer así, que había que cocinarlas. Y es que allí no se estila lo de comerlas tal cual. Bueno, nosotras sonreíamos y seguíamos con nuestro aperitivo mientras les decíamos que sí era posible. Ya veis, aportando ideas nuevas en el Oriente…quién nos los iba a decir después de haber experimentado lo del bocata de lombarda.

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Haciendo amigos

Durante las caminatas no podíamos evitar  pensar en la suerte que tuvo el equipo al que enviaron a fotografiar los posibles paisajes de la peli de “Avatar”. Y tampoco nos extraña que James  Cameron colocara finalmente a sus  personajillos azules en un enclave similar: es un  lugar único con rincones muy mágicos.

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Montañas del parque que sirvieron a Cameron de inspiración para su película

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Más montañas de Pandora

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En el ascensor de Bailong, con 330 metros de altura y construido en el lateral de una de las montañas del parque, es el ascensor exterior más alto del mundo

Para los que sientan curiosidad por visitarlo les podemos decir que el parque es grande y uno puede invertir casi una semana en recorrerlo si lo que quiere es caminar tranquilamente por los caminitos de piedra, poco transitados y muy solitarios. Si lo visitas a lo chino, te lo terminas en tres días.

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Aquí también duermen la siesta

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De paseo por la montaña

La estancia  en el pueblo de Zhangjiajie, al que volvíamos cada día después de las caminatas, resultó de lo más grata. En el hotel nos mimaron mucho, ofreciéndonos sandía fresquita y rebajas en los precios de la habitación varias veces. Las comidas que nos cocinaban los chicos del bar más cercano estaban buenísimas. Dejamos el lugar encantadas y partimos rumbo a Shanghai preparadas para la aventura del autobús cama.

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Celebrando el final de un bonito día con una cenita típica en el pueblo de Zhangjiajie

Trekking en el Parque Nacional de Langtang

Después de un viaje de casi 9 horas hacia Siafru besi en el bus local, hemos llegado al hotel ‘Peaceful’. Sólo hemos recorrido una distancia de 150 km, eso sí, parando cada 10 minutos para recoger a gente que viaja cargada de arroz y otros alimentos a distintos pueblos. Algunos tramos quitan el hipo por lo espectacular del paisaje, pero sobre todo por el precipicio que hay a un lado de la carretera. La parada para ir al baño consiste en bajar a toda prisa del bus, separar hombres a la izquierda y mujeres a la derecha y aliviarse donde buenamente se pueda en la cuneta de la carretera. Ah, y si el autobús va lleno no pasa nada: uno se sube al techo y hace el viaje en la baca ajeno al traqueteo y los frenazos del bus. La verdad es que ha sido toda una experiencia ver cómo viajan los locales.

Al día siguiente, ya descasadas del viaje, hemos empezado el trekking desde Siafru besi, que está a unos 1500 metros de altura. Es un pueblito al norte de Nepal en medio de un valle lleno de hostales que se deben llenar en la época alta  de turismo (de octubre a mayo). Pero este pueblo no es el original, sino uno que hay unos 500 metros más adelante y que parece sacado de un libro de García Márquez. Las mujeres se sientan en las puertas de las casas a despiojar a los niños, mientras los hombres pasan de un lado a otro cargando todo tipo de cosas relacionadas con la construcción. Y tienen un panadero encantador que hornea bollos frescos todos los días para véndelos en el colegio de la aldea.

ESP= Parque Nacional de Langtang  ENG=Langtang National Park

ESP= Parque Nacional de Langtang ENG=Langtang National Park

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El camino dentro del parque natural es espectacular. Sigue el cauce del río y es muy selvático, con bosques muy tupidos donde la marihuana crece a sus anchas. Te vas cruzando con arrieros que suben con caballos cargados de comida a los pueblos más aislados, ya que es el único camino que llega hasta allí. Debido a ello la comida se encarece  a medida que vas subiendo y vas encontrando posadas donde comer y dormir. Por cierto, en el camino uno puede ver distintos tipos de monos, pájaros y muchas mariposas, algunas gigantescas.

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La subidita  tiene tela, sobre todo el último tramo de la primera etapa, desde el pueblo de Bamboo hasta Lama hotel, a 2500 m de altura. En vez de alojarnos en este último, nos quedamos un poco antes, en un lodge paradisíaco con vistas al valle y a las montañas. Se llama Ganesh guest house y tiene la mejor ducha de agua caliente de todo Nepal gracias a las placas solares instaladas justo afuera. Después de siete horas subiendo esta ducha nos ha devuelto la vida. El chico que atiende el lodge vive solo todo el año, incluso durante el Monzón. Es un encanto y además tiene la casa como los chorros de oro. Se pueden comer sopas hasta en el suelo. ¡Hasta cocina bien!  Nos ha preparado un arroz con verduras y huevo delicioso.

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El día siguiente ha amanecido nublado y con mucha humedad. Aún así hemos comenzado la subida a eso de las 8:00 h y hemos llegado hasta los 3.000 m en 3 horas. Después hemos comido y hemos decidido echar el resto del día en un lodge que lleva una señora muy loca. Es muy amiga de otra chica que lleva el lodge de más abajo.  Pasan mucho tiempo juntas y, cuando han visto a Susi con la cámara, se han puesto a posar, a reír a carcajadas y a cantar. Ambas viven allí casi todo el año, con visitas esporádicas a Katmandú para visitar a sus hijos que estudian allí (una tiene dos y la otra cuatro). Como son de origen muy humilde, sólo pueden pagar el colegio de uno o dos como mucho. Nos han  contado que los otros están escolarizados gracias a esponsors europeos o norteamericanos  que pagan la educación de niños que no tendrían acceso a la misma de ningún otro modo.

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A la mañana siguiente hemos amanecido con nubecillas altas que, durante unos minutos, nos  han dejado contemplar la cordillera tan espectacular que tenemos delante y que ni imaginábamos. Hemos decidido empezar a descender, y hemos llegado al pueblo de abajo justo cuando empezaban a caer chuzos de punta. Al parar en uno de los lodges hemos conocido a un chico español, Carlos, que ha dejado todo en España y ha emprendido un viaje sin fecha de vuelta para encontrarse a sí mismo a través de la meditación.

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A la mañana siguiente hemos regresado a Siafru besi y de ahí a Katmandú. El viaje de vuelta en el bus, esta vez express, ha sido igual de emocionante que el de ida. El conductor ha hecho unas maniobras en la carretera enfangada que nos han dejado  sin respiración a más de uno. Los turistas nos llevábamos las manos a la cabeza con incredulidad mientras los locales sonreían en sus asientos. Esto ha sido mucho más extremo que el trekking.

Haciendo amigos en Meghauli

Durante la estancia en Meghauli tuvimos  bastante tiempo libre que empleamos en visitar el pueblito y, de paso, comprar algo de fruta.

Una de las tardes llegamos a la entrada del pueblo cuando empezaron a caer chuzos de punta. Nos refugiamos bajo un árbol muy frondoso junto a un grupo de mujeres que pasaba la tarde charlando tranquilamente. Una de ellas sabía un poco de inglés, así que allí estuvimos chapurreando unas pocas palabrejas. Después de hacernos mil fotos con los teléfonos móviles, esta chica, llamada Chandani,  nos invitó a pasar a su casa y allí que nos plantamos.

La casa era sencilla y muy acogedora. Chandani nos dijo que pasáramos al fondo donde estaba el comedor. Se metió en la cocina y a los diez minutos apareció con dos platitos llenos de unas bolas huecas y fritas llamadas “pani puris”. En el medio del plato había una salsa roja con pinta de picar como un demonio. Nos dijo que rellenáramos las bolas con la salsa y que disfrutáramos. Pues estaban de muerte. Le dimos las gracias pero resulta que la merienda no había terminado: después de las bolas nos saco unos biscotes dulces con un té. Mientras disfrutábamos de su  hospitalidad, Chandani nos contó que estaba casada y que tenía una hija de tres años. Su marido no vivía allí ya que había emigrado en busca de un buen trabajo y estaba actualmente en Corea. Ella, natural de la India, se había mudado a Meghauli para cuidar de su familia política.  La visita terminó cuando la suegra de Chandani nos miró y nos dijo algo en nepalés que, traducido al español, resulto ser  un “ya os podéis ir”.

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Deliciosos pani puri

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Un día antes de marcharnos, Vishnu nos llevo de excursión por un río cercano y un pueblito llamado Bhangha de la etnia Tharu. Caminamos al lado del río y comprobamos como la especulación urbanística y el turismo empiezan a hacer mella en la zona: cruzamos varios hoteles de ladrillo y hormigón en construcción con vistas al río. Sin embargo, en Bhangha viven al margen de estos cambios. Es un pueblo autosuficiente. Vishnu nos explicó cómo vivían, producían sus propios alimentos para subsistir y se fabricaban sus propias casas. La visita nos dejo alucinadas, no sólo por la organización del pueblo sino por la amabilidad y la simpatía de la gente que nos respondió a todo lo que les preguntábamos curiosos.

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Ya en Meghauli, y para paliar un poco el calor de la tarde, nos paramos en una tiendita a bebernos una cerveza local. Ahí estábamos sentadas en el escalón de la tienda cuando una chica muy joven que estaba en la casa de en frente nos hizo señas para que nos acercáramos. Terminamos la cerveza y nos fuimos para allá. Nos sentamos con ella en su salón y nos contó que se llamaba Gina, que tenía 15 años, que estaba casada y que estudiaba algo relacionado con salud y bienestar. Hechas las presentaciones oficiales, Gina empezó a sacar bolsitas de maquillaje y nosotras terminamos con los labios rojos, las uñas rosas y un puntito de fieltro adhesivo en la frente al que llaman Tika. Con estas pintas estábamos cuando el padre de Gina nos dijo que pasáramos al patio. Nos sentamos allí y nos sacó dos platos de momos rellenos de carne de búfalo. Nos los engullimos mientras el resto de la familia nos grababa con los móviles y Gina seguía buscando maquillaje y algo de bisutería para ponernos más monas. Después de probarnos unas pulseras descubrimos que la cena no había terminado, ya que el padre apareció con sendos platos de tallarines con verduras. Pues nada, nos abandonamos a la gastronomía local y nos los comimos rodeadas de gente que nos miraba y se reía.  Después de un buen rato sacándonos fotos con todos los presentes tuvimos que insistir para que no nos dieran más cosas y nos marcharnos a casa de Vishnu con la panza  llena de comida deliciosa y contentas de haber pasado un día de excursión y una tarde estupendos, con gente tan acogedora.

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Voluntariado en Chitwan

Después de varios días en Kathmandu nos dirigimos al sur de Nepal, al Parque Nacional de Chitwan, en la región del Terai. Es un sitio muy turístico, declarado Patrimonio mundial por la Unesco, donde se suelen hacer safaris en elefante para ver  tigres, leopardos y otras especies protegidas en peligro de extinción como el rinoceronte.  En nuestro caso fuimos a trabajar de voluntarias en una granja ecológica que lleva un señor llamado Vishnu. La idea era ayudarle en el campo por las mañanas y dar clases a los niños de la aldea por las tardes.

Al contrario que Kathmandu (que está a 1.400 metros de altura), Chitwan está sólo a 150 metros sobre el nivel del mar, así que nada más bajar del autobús notamos un golpe de calor típico de los veranos más agobiantes en Madrid con toda la humedad del clima tropical. Siguiendo las instrucciones que nos dieron, nos bajamos en un pueblo llamado Narayangarh y allí buscamos un bus local hacia la aldea de Vishnu, Meghauli. El viaje en bus fue muy divertido: la música sonaba a todo volumen, la gente nos miraba mucho y las mujeres trataban de hablar con nosotras mientras se morían de la risa.

Vishnu vive en una parcela gigante en la que se encuentra la casa de sus padres, un huerto enorme, un establo con una vaca, un búfalo y una cabra y la zona de voluntariado con varias cabañitas y una zona común para comer y tomar el té.

Nosotras nos instalamos en un cuartito en la casa de los padres, un caserón con varias estancias en la primera planta y un almacén de arroz en la planta baja. Para ir al baño teníamos que atravesar el almacén, si la madre cerraba la puerta de entrada con llave, teníamos que entrar por el salón y saltar por un ventanuco tan estrecho que Susi se quedaba encajada (Nota de Susana: no os hemos contado todavía que los nepaleses son bastante bajitos en general, algunos muy pequeñitos y a veces te sientes como en Liliput. Yo misma, que tengo una estatura bastante normal voy de cabeza, literalmente, contra todas las puertas). Dormíamos en frente de la habitación de los padres y a las cinco y media de la mañana el padre de Vishnu ponía la radio a todo trapo. Las cucarachas gigantes visitaban el almacén de arroz por la noche y algunas nos acompañaban mientras nos duchábamos en el baño.

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Por cierto, el padre de Vishnu es un bramán, alguien importante en la escala social. La madre de Vishnu era un derroche de simpatía y dulzura. La mujer trataba de hablar contigo y se preocupaba de que te sintieras bien. Incluso miraba con mucha atención todo lo que hacia Susi cuando trabajaba en el ordenador procesando fotos para el blog.

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Nuestro día se repartía de la siguiente forma: tomabamos té con galletas a las 7 de la mañana y después trabajábamos en la granja hasta las 10 de la mañana, hora del almuerzo. Nos reuníamos en la zona común y ahí degustábamos un exquisito dhal bat con Vishnu, Mina (la cocinera) y otros dos voluntarios franceses con los que coincidimos. Las verduras, el arroz y las patatas venían directamente de la huerta orgánica, así que más natural no podía ser. Como a partir de esa hora el calor empezaba a ser insoportable descansábamos hasta las 5 de la tarde, cuando venían los niños del colegio (con una segunda pausa para tomar otro té con galletas a las 3 de la tarde). A las 7 de la tarde se iban los niños y cenábamos otro delicioso dhal bat mientras anochecía. Aunque parezca mentira, echamos tanto de menos ese rico dhal bat... Podríamos seguir comiéndolo a todas horas.

En cuanto al trabajo, ayudamos a Vishnu a construir un invernadero colocando los primeros palos de bambú del  armazón. También estuvimos plantando árboles en la parcela, con  la idea de usar la madera en un futuro cuando ya estén creciditos.

Sin embargo, la mejor parte vino con las clases a los niños. Se acercaron todos al salir del colegio y formaron un corrillo en torno a nosotras mientras abrian sus cuadernos para empezar a tomar notas.  Había niños entre 4 y 14 años aproximadamente. Repasamos los nombres de los colores y las formas geométricas en inglés y les hicimos pintar varias cosas. Después de la clase las niñas nos pidieron que jugáramos con ellas (los chicos solo querían jugar al fútbol) y pasamos en resto de la tarde entretenidas con carreras de relevos, la patata caliente y aprendiendo un bailecito imposible mientras entonaban una canción. Nuestra pequeña contribución fue enseñarles a jugar al pañuelo. En otra clase les dimos algunas nociones de astronomía mostrándoles fotos de planetas y pidiéndoles que los pintaran. Allí cada uno pintó lo que quiso (Neptunos naranjas, soles tricolores, lunas arco iris …) y fue tan divertido como el primer día. Ya al caer la tarde los niños escribieron sus nombres en nuestras manos y se despidieron de nosotras.

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Aprovechando que disfrutamos de algunas noches despejadas, y que la vista desde la parte alta de la casa era maravillosa, tratamos de ver la cruz del sur desde Meghauli pero no lo conseguimos. Estaba demasiado baja.

Nos fuimos de Chitwan con la impresión de que el proyecto de Vishnu tiene mucho potencial, pero necesita de mucho trabajo y dedicación para que salga adelante. ¡Ojalá lo consiga porque merece la pena!

En breve encontraréis más información sobre el proyecto de Vishnu en la sección de Voluntariado.