En el trópico australiano

Antes de llegar a Australia no tuve la oportunidad de leer el fantástico libro de Brian Bryson, En las Antípodas, dedicado a este continente. Si algún día se os ocurre pasaros por allí, cosa que deberíamos hacer todos al menos una vez en la vida, es muy recomendable leerlo antes. Es irónico y divertido, y os dará muchas pistas que os servirán para entender el país y a los australianos. Y sabréis lo que os espera en Darwin, el primer sitio sobre el que pisamos suelo en Australia.

Nunca habríamos reparado en Darwin si no fuera porque desde Bali se encuentran chollos para volar hasta allí. Es un destino muy popular entre los australianos porque tiene un clima tropical todo el año y suelen ir allí de vacaciones locas. Decidimos que una vez dentro del continente podríamos buscar una granja cercana para trabajar de voluntarias y movernos  por allí, quizás acercarnos al centro, a Alice Springs y a la montaña sagrada de Uluru, pero no encontramos nada. Las granjas por el Territorio Norte no necesitaban a nadie y una vez allí nos dimos cuenta de nuestra ignorancia sobre la inmensidad del país. Las distancias son realmente enormes y lleva días viajar de unas ciudades a otras en tren o autobús. Así que decidimos buscar trabajo en Sydney y pasar tres días en Darwin con Celia, una amiga que estaba en un congreso en Melbourne y se venía a pasar con nosotros el fin de semana.

Llegamos muy tarde al albergue. Compartimos taxi desde el aeropuerto con un chico estadounidense, un alemán y un australiano que nunca había visto a un español. Cuando nos preguntó de dónde éramos se quedó perplejo mirándonos y no dejaba de repetir: “¡Guau! Es la primera vez que me cruzo con españoles. No he visto nunca ninguno por aquí. Y en otras partes de Australia también es raro ¡Guau! “.  Me sentí como si estuviéramos viendo por primera vez un animal exótico de la fauna australiana, solo que esta vez el animal exótico éramos nosotras.

En el albergue enseguida nos encontramos con Celia y nos preparamos para salir a cenar algo. Pronto nos dimos cuenta, con una gran decepción, que la calle principal (no parecía que hubiese muchas más calles en realidad) era una sucesión de discotecas, bares ruidosos y hoteles feos. Los bares y las calles estaban llenos de chicos en su mayoría muy tatuados y muy borrachos, y chicas muy arregladas y muy borrachas también. Esa no era la Australia que habíamos imaginado. Después de cenar volvíamos hacia el albergue cuando vimos un lugar donde parecía haber un ambiente tranquilo y agradable, con música en vivo, y decidimos entrar a tomar algo. La decisión no pudo ser más acertada. Tomamos una cerveza y al poco rato estábamos bailando al son de la música con un grupo de chicos muy simpáticos que resultaron ser militares de Nueva Zelanda. Al parecer estaban allí haciendo unas prácticas y a conocer a sus colegas Australianos. Uno de ellos, un chaval muy agradable que era igualito al actor Matt Damon, nos contó maravillas de su tierra y nos dejó con unas ganas terribles de visitar su país.

Al día siguiente, partimos en un coche alquilado rumbo al Parque de Litchfield, a unos 130 km al sudeste de Darwin. El parque estuvo habitado por aborígenes durante miles de años pero ya no queda ninguno por allí. Como en el resto de Australia, los aborígenes han quedado confinados en unas cuantas reservas. Los pocos que viven en las ciudades, como en Darwin, se pasean por las calles como momias deambulando sin rumbo y con la mirada perdida. Dicen que no se han adaptado a la sociedad. Lo que está claro es que tienen un gran problema con su integración y que a los australianos les incomoda mucho hablar sobre este tema. No se les ve en las tiendas, ni en correos ni trabajando en ningún otro lugar. Para los turistas ni existen si no fuera porque a veces los encuentras tirados en las calles. Bill Bryson cuenta cosas muy interesantes sobre ellos en su libro, que ha ido averiguando en sus viajes por el país.

Litchfield es un destino muy popular para los turistas que van a pasar el fin de semana a bañarse en las bonitas cascadas y pozas del parque, cuando no hay cocodrilos, porque hay épocas del año que te saltan a la yugular cuanto menos te lo esperas. Hacía un calor insoportable y los pocos árboles y hierbajos del parque por donde pasábamos parecían totalmente secos.  Pero al llegar a las cascadas la naturaleza cambiaba, se volvía verde y refrescante y lo pasamos en grande chapoteando bajo el agua. Por la noche dormimos en una cabaña en un albergue muy bonito cerca de la entrada del parque y al día siguiente visitamos otras cascadas y unas termiteras gigantes a lo largo del camino. Volvimos a la ciudad muy contentas pero con pena de que Celia tuviese que coger el avión de vuelta a Melbourne esa misma noche.

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Nuria y Celia en una de las minicascadas del parque

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Muchas familias se acercan a pasar el fin de semana

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Atardecer en el parque de Litchfield

El último día en Darwin lo pasamos visitando el centro histórico. Cuando conseguimos un mapa y vimos que aquella calle-ciudad tenía un centro histórico nos lanzamos a explorarlo. Fue una aventura interesante; primero descubrimos que la ciudad tenía más de una calle y que había vida más allá de los garitos nocturnos: tiendas, algún supermercado e incluso vimos un colegio. Parecía muy diferente a lo que habíamos visto la noche anterior. Y constatamos que gran parte del llamado casco histórico son cuatro muros que sobrevivieron los desastres del último siglo. Caminando hacia el mar llegamos a la zona del puerto donde encontramos restaurantes, tiendas, un parque con una laguna artificial lleno de gente tomando el sol y un muelle. Al parecer el mar es muy peligroso y está lleno de tiburones por lo que la gente va a bañarse a la laguna.

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Christ Church, inglesia anglicana reconstruida en 1976 después de que el ciclón Tracy destruyera la original

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Escultura de un Mokuy, un espíritu según la creencia del pueblo Yolngu. Obra del artista Nawurapu Wunungmurra

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Exposición de fotografía en las ruinas del ayuntamiento

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A caminar

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Vista del puerto y la laguna artificial

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¡Que vienen los cocos!

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Uno de los agradables restaurantes del puerto

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Pasarela del muelle

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El muelle

Darwin es una ciudad de la que nadie conoce casi nada pero que tiene una historia reciente interesante. Ha sido destruida en dos ocasiones en los últimos sesenta años. El 19 de febrero de 1942, casi dos semanas después de que los japoneses atacaran Pearl Harbour, fue bombardeada también por sorpresa por el mismo batallón. Según la información que leímos en el muelle, en el primero de los dos ataques cayeron más bombas que en el de Pearl Harbour y también se hundieron más barcos. Murieron más de 240 personas y la ciudad quedó destruida en su mayor parte.

Pocos años después, en 1974, el ciclón Tracy golpeó sus costas matando a 74 personas y destruyendo el 70% de los edificios de la ciudad. Hubo que evacuar a unas 30.000 personas. Este ha sido el peor desastre natural que se ha vivido en Australia. Es mucha destrucción en tan pocos años.

Después de empaparnos de tanta historia y sudando la gota gorda volvimos al albergue con un solo objetivo en mente: tirarnos a la piscina. Creo que nunca he disfrutado más un baño que en aquella charquita aquel día.

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Placa que recuerda el bombardeo de Darwin por los japoneses en 1942

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Vista del mar en el enorme puerto natural de la ciudad

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Y llegamos a Bali

Al inicio de este viaje nunca pensé que llegaríamos  a un sitio tan popular como Bali, isla que uno sólo menciona en sueños que no suelen hacerse realidad. Pues allí estábamos, después de una travesía de 3 horas en el ferry local.

Llegamos a Padang Bay, un pueblo chiquito situado en una bahía al este de la isla. Es popular porque desde aquí se cogen los barcos que llegan a las famosas y turísticas islas Gilli. Comparado con Lombok, Bali es el paraíso del guiri: sólo nos cruzábamos con extranjeros que estaban allí para bucear o de camino a cualquier otra parte de Indonesia.

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Templo en la playa de Padang Bay

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Una de las calles del pueblo

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Niños jugando en la calle

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Playa de Padang Bay

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La constelación de la Cruz del Sur: ya estamos en el Hemisferio Sur

La búsqueda de posada fue un poco penosa. Pasamos por dos sitios distintos antes de dar con nuestro pequeño paraíso: la pensión Celangi, un hostal que lleva una familia encantadora y que sirve unos desayunos copiosos en una terraza con vistas al mar.

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Habitación del primer hotel.

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Vista desde la terraza del Hostal Celangi

Al contrario que Lombok, que es una isla de mayoría musulmana, Bali es una isla  donde la religión principal es el hinduismo. Es un hinduismo un poco especial porque mezcla las creencias hinduistas y animistas con el culto budista. Por eso es muy común encontrarte con pequeños templos dentro de las casas, en medio de la calle o al lado del mar, donde se venera a distintas deidades. Cada mañana las mujeres preparan pequeñas ofrendas con hojas de plátano que contienen flores y arroz. Además, encienden incienso y perfuman las casa con distintos aromas así que, pases por donde pases, te encuentras estancias y calles decoradas con mil colores y olores muy intensos.

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Ofrendas en las calles

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Mujeres poniendo ofrendas en el templo

En Padang Bay hay una cala que se llama “Blue Lagoon”. Tiene aguas transparentes color turquesa y se pueden ver todo tipo de peces, mantas rayas y corales. Y eso sólo con las gafas de buceo. Tras pasar la mañana en la playa solíamos ir a un restaurante  cercano donde daban de comer muy bien. El curry de pescado y un plato local llamado “Gado Gado” eran nuestros platos preferidos. Este último consiste en una mezcla de verduras aliñadas con una salsa de cacahuetes medio dulzona.

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Blue Lagoon

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Nuestro restaurante favorito

Al lado de la Blue Lagoon hay un templo hinduista con vistas al mar. Vimos a mucha gente muy arregladita dirigirse hacia allá y nos fuimos detrás. Llegamos a la zona de oración donde había un altar adornado con flores y arroz  y varias estatuas de santos. El encargado del templo ofrecía agua y arroz a los dioses y después oficiaba una pequeña ceremonia para los fieles allí congregados. Nos dejo entrar a verla sin ningún problema y al final nos regaló una flor a cada una.

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Adornos del templo

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Templo en Bali

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Detalle del altar

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Detalle del balcón del templo

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Templo sobre el mar

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Ceremonia religiosa

El último día en Bali lo empleamos en visitar uno de los bonitos palacios sobre el agua que hay en la costa y el pueblito de Tenganan. El primero es una construcción de mediados del siglo veinte que ha albergado a distintos príncipes balineses y a toda su prole (la poligamia es lo que tiene) y que ahora es una atracción turística. Tiene unos jardines espectaculares y es el lugar perfecto para relajarse. Por otro lado, el pueblito de Tenganan  es famoso por sus artesanos, que dibujan motivos balineses en tablillas de madera y confeccionan pashminas tejiendo en telares antiguos.

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En el tuk-tuk recorriendo la isla

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Paisaje de la isla

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Cerca de Padang Bay

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Palacio del agua de Ujung

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Antes de entrar al pueblo decidimos almorzar algo rápido. No encontrábamos ningún restaurante ni puesto callejero, así que preguntamos a una mujer que estaba vendiendo en la calle si sabía donde se podía comer un arroz. Ella, toda resuelta, dijo: ¡pues en mi casa! Y sin darnos cuenta, mientras se reía a carcajadas, nos subió en su moto y nos llevó a su humilde morada en medio de la selva. Allí empezó a sacar todo tipo de preparados caseros que guardaba en bolsitas de plástico. Mientras comíamos nos enseñó fotos de su familia. La comida estaba buenísima y, la verdad, fue uno de los mejores momentos del día. Después nos volvió a subir en la moto y nos dejo a la entrada del pueblo de artesanos.

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De vuelta al pueblito después de comer en la selva

El pueblo de Tenganan es muy pintoresco. Hay gallos con las plumas teñidas de colores muy intensos (rosas, azules, amarillos) y gente que está dibujando y tejiendo por todas partes. Conocimos a un carpintero que diseñaba muebles espectaculares. Se nos pasó el tiempo tan rápido que perdimos el último tuk-tuk que salía hacia Padang Bay, así que no nos quedó otra que hacer autostop para que nos acercaran. Tuvimos suerte y un par de señores que iban a un templo cercano nos acercaron por el precio del tuk-tuk. Así, tan contentas en la parte de atrás de una furgoneta regresamos al hotel.

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Casas típicas de Tenganan

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Gallos pintados de colores por diversión

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Interior de la casa de un artesano de la madera

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Tenganan

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A la salida del pueblo

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De vuelta a Padang Bay en la parte trasera de la furgoneta

Pasando el ratus en Lombok

Llegamos a Indonesia haciendo noche en el aeropuerto de Changi en Singapur. La verdad es que podríamos escribir una entrada completa acerca de este aeropuerto ya que es una pequeña ciudad en sí mismo: tiene piscina, un jardín y todo tipo de tiendas. En plena madrugada, mientras dormía en un sillón del aeropuerto, escuché una voz en sueños que me decía: “Nuri, el pasaporte”. Abrí los ojos y vi a Susi rodeada de tíos con metralletas y uniformes. Estaban buscando a alguien y, afortunadamente, no era a ninguna de nosotras.

La idea original era trabajar en un colegio de Yakarta pero llegamos justo al inicio del Ramadán y estaba cerrado, así que no tuvimos más remedio que irnos de vacaciones. Aconsejadas por un indonesio que conocimos en Nepal nos fuimos a la isla de Lombok, un pequeño paraíso cercano a Bali. Nos alojamos en un hostal muy modesto y con mucho encanto llamado “La casa homestay”. Los dueños son Michelle, un francés que lleva 30 años viviendo en Indonesia, y Nia, una mujer natural de Lombok, siempre sonriente y muy simpática. Ambos tienen una nena de dos años llamada Celine, un amor de cría con la que hicimos muy buenas migas.

La casa homestay parecía realmente nuestra casa. Nia y Michelle nos cuidaban mucho y se preocupaban de que estuviéramos bien. En la habitación de al lado se alojaba un señor de Australia al que acompañaba Christina, una mujer de Indonesia con la que también confraternizamos. Ah, y también conocimos a Wayan, un indonesio muy macizo que trabajaba en el hostal y que nos deleitó con más de un momento “coca- cola light” mientras trabajaba en el jardín.

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Patio central de la Casa Homestay

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La pequeña Celine (Foto @Nuria Huélamo)

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Michel, Nia, Nuria y Wayan

 Pasamos unos diez días muy relajados en Lombok, yendo a la playa y degustando platos típicos de la zona. Tan sólo fuimos un día a Senggigi, la ciudad más turística de la isla que estaba a 15 minutos en transporte público. Paseando por esta ciudad nos llamó la atención un cartel en un centro de belleza en el que ofrecían un servicio llamado ”ratus vagina”. A la vuelta preguntamos a Christina qué era y ella, muy sería, nos miró y dijo: ¿sabéis lo que es una vagina? Después de recuperarnos del ataque de risa, Christina nos explicó que en Indonesia es común preparar una infusión con distintas hierbas y colocarlas en una silla con un agujero en el centro. Las mujeres se sientan en la silla mientras los vapores aromáticos suben hasta su vagina y la limpian y perfuman. Y, claro, yo concluyo que debes pasar un buen “ratus” ahí sentada y por eso el nombre de este servicio tan peculiar.

El último día en Lombok nos fuimos a pasear por un camino cercano al hostal desde donde se veía el mar y la puesta de sol. El paseo nos permitió visitar tanto zonas residenciales con casas de lujo como pobladitos muy auténticos donde la gente vive en pequeñas chozas muy modestas.

Al día siguiente recogimos nuestras cosas bajo la atenta mirada de Celine y nos marchamos a Bali en barco.

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El primer revés hongkonero

Hong Kong es un paraíso natural. La imagen que teníamos de esta excolonia del Reino Unido es la de una ciudad de rascacielos y avenidas de centros comerciales. Y ciertamente tiene mucho de esto pero para nuestra sorpresa, también está llena de parajes naturales bellísimos, parques, playas e islas donde hacer caminatas, excursiones de varios días o ir de acampada. El bosque tropical es exuberante, de un verde puro e intenso. Nos gustó tanto que decidimos quedarnos más tiempo para explorar la naturaleza.

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La llegada a Hong Kong fue más complicada de lo que preveíamos. El tren que nos llevaba al aeropuerto en Shanghai tardó hora y media más de lo previsto y perdimos nuestro vuelo ¡por cuatro minutos! Acababan de cerrar la facturación y por más que suplicamos no conseguimos doblegar el corazoncito de aquel chino. Así que empezó el periplo en el aeropuerto para encontrar otro vuelo que cumpliese las tres condiciones mágicas: que fuese para ese mismo día porque nos caducaba la visa y teníamos que salir de China (cuando viajas a Hong Kong sales del país), que fuese económico y que no llegase demasiado tarde para que pudiésemos ir a la granja de Teressa en Hok Tau (recordad, el pueblo más pequeño del universo). Como la magia no siempre funciona, solo se cumplió una condición y al llegar tuvimos que dormir en el aeropuerto.

Pero Hong Kong tenía preparada otra sorpresa para nosotras, en concreto, para mí. A la mañana siguiente cogimos dos autobuses hasta la granja. Una vez allí y hechas las presentaciones me di cuenta de que no tenía mi teléfono. Lo había perdido en el primer autobús y por mucho que lo buscamos no hubo manera de encontrarlo. Debo reconocer que tardé unos días en recuperarme del sofocón de los últimos acontecimientos. Aunque por otro lado, este último suceso también nos brindó la oportunidad de vivir un momento surrealista en la comisaría del pueblo. A la señorita que nos atendió no le importaba lo más mínimo el motivo de nuestra denuncia, ni cómo había desaparecido mi teléfono. Todo su afán era saber nuestra dirección y entender cómo era posible que dos españolas conocieran Hok Tau, y peor aún, que vivieran allí en una granja. La pobre tuvo un cortocircuito. Nosotras nos mirábamos a punto de estallar de risa. Necesitaba desesperadamente saber nuestra dirección, así que buscamos la página de la granja en Internet en su móvil y llamó varias veces hasta que consiguió la dirección que nosotras no pudimos facilitarle. Solo entonces, y sin preguntarme lo que había pasado (es cierto, todos sabíamos que el teléfono no iba a aparecer), escribió lo que le vino en gana y se quedó tan pancha. Cuando empecé a contarle lo que sucedió ya tenía el parte firmado y sellado.

Lo que nos llamó la atención desde el primer momento que llegamos a Hong Kong es que es una ciudad para sus ciudadanos. Los transportes y servicios públicos, los parques, todo está perfectamente organizado y adaptado para personas con discapacidad. Es una ciudad pensada para facilitar la vida a la gente y eso se siente.

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Y si no, que se lo pregunten a esta señora

Hong Kong es una Región Administrativa Especial de China desde el 1 de julio de 1997, cuando China y Gran Bretaña acordaron que se respetaría el sistema legal existente antes del traspaso de soberanía durante cincuenta años, hasta el año 2047. Esto significa que mantiene un sistema económico capitalista dentro de un país comunista, su propio sistema administrativo y judicial y el de aduanas y fronteras externas. De hecho, los ciudadanos tienen total libertad para entrar y salir de la región y viajar al extranjero, conducen por la izquierda, hablan cantonés y no mandarín (el idioma oficial en China) y no se necesita visado para entrar, simplemente un permiso que te sellan en la frontera. Vamos, es otro mundo.

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La Avenida de las Estrellas

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¿Quién se atreve a superarlos?

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El puerto Victoria y el otro lado de la bahía

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La bahía de Kowloon

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El pescadero del barrio… mie-di-to

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La piscina pública en medio de la ciudad, para todos

Hong Kong está formado por más de 200 islas, la más conocida de las cuales es la que da nombre a todo el territorio y en la que se encuentra la península de Kowloon y su famoso distrito financiero y comercial. La más grande es Lantau, donde está el aeropuerto, que es una isla muy verde con algunos pueblos de pescadores. Allí fuimos a visitar una de sus principales atracciones turísticas, el buda sentado, y nos encontramos con una exhibición de monjes shaolines en la calle que fue muy entretenida.

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El Gran Buda, una estatua de 34 metros de altura en el pico más alto de la isla

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Una de las diosas acompañantes del Buda

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El ritual de quemar incienso en todos los lugares budistas

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Lamma es más pequeña pero tiene mucho encanto. Muchos expatriados viven aquí y van a trabajar todos los días a Kowloon, que está a menos de media hora en ferry. Por sus calles no circulan coches, solo bicicletas y desde la calle del puerto te encuentras numerosos restaurantes especializados en marisco, algunos pequeños hoteles y muchas tienditas que venden conservas de pescado. El bullicio de la mañana y la alegría que tiene el sitio nos enamoró. Desde allí sale un camino que recorre la isla de punta a punta y que se puede hacer a pie o en bicicleta. En las tres o cuatro horas que dura el trayecto se pasan playas, miradores, acantilados. Las vistas del mar y las otras islas es impresionante. En una de estas playas nos dimos el primer baño del verano (con un poco de miedo de que fuera el último por esode los tiburoncillos que rondan por allí) y celebramos el cumpleaños de Nuria con una cenita muy agradable.

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Bicicletas en el embarcadero de la isla de Lamma

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Pueblo de pescadores cera del embarcadero en Lamma

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Interior del pueblo de pescadores, lo que no se ve desde fuera

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Una de las playas de la isla

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Red para tiburones (es la única de la isla)

Shangai, una ciudad de contrastes

Después de 22 horas en el autobús cama, soportar a un niño pelmazo y tras superar un experimento de criogenia llegamos a Shangai. Íbamos cómodamente tumbadas en nuestras camas litera hasta que empezó a anochecer y a bajar la temperatura del aire acondicionado. Cuando ya no sentíamos nuestro cuerpo vimos que el termómetro marcaba 17 ºC. De vez en cuando subía hasta 21 ºC pero solo el tiempo suficiente para que pudiésemos recuperar el aliento. Además, decidieron parar solo tres veces para ir al baño con lo que las viejecitas, y las presentes, lo pasamos muy mal. El resto, no lo sabemos pero nadie se quejó. Sugerencia para los viajes en bus cama en China: llévate un orinal y un buen abrigo. Después de sobrevivir a este experimento supimos que podríamos con cualquier cosa.

El hotel estaba cerca del metro y bastante bien situado pero nuestra habitación no tenía ventana. En la pared había una cortina corrida que simulaba esconder una ventana detrás. Me recordó a esa película que vi una vez en la que los habitantes de una casa al descorrer las cortinas y al abrir la puerta se daban cuenta de que estaban tapiadas con ladrillos y de que no tenían forma de salir. Menos mal que el agobio se pasó rápido.

Shangai es una ciudad de grandes contrastes. Tradición y modernidad se mezclan por donde vayas. Al recorrer las calles entre edificios futuristas te topas con un barrio tradicional, un templo o un mercadillo. Es como si la ciudad moderna hubiese engullido todo lo que había y así, permitido que se preserve.

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Templo del dios de la ciudad (Old City God Temple) en los jardines Yu, en el corazón de la ciudad antigua

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Tienda de sombrillas tradicionales

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Vista de Pudong, el centro financiero de Shangai, desde el río Suzhou

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Vista del puente Waibaidu y del Consulado Ruso

Distrito financiero de Pudong visto desde el Bund, uno de los símbolos de Shangai.

Distrito financiero de Pudong visto desde el Bund, uno de los símbolos de Shangai.

El Bund, símbolo de Shangai frente al río Huangpu

El Bund, símbolo de Shangai, frente al río Huangpu

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Distrito financiero de Pudong

Cruceros por el río Huangpu

Cruceros por el río Huangpu

Un día fuimos a visitar Zhujiajiao, uno de los pueblos del agua o “water towns” más tradicionales de Shangai que tiene 1.700 años de historia. Las casas se distribuyen a lo largo de los canales y la gente vive ajena al turismo que llega hasta allí. Es muy agradable pasear por las callecitas, cruzar los puentes y tomar una taza de té o de café en los agradables cafés del gran canal. Un sitio encantador que está a algo menos de una hora de la ciudad y al que se puede acceder en un servicio especial de autobús desde la Plaza del Pueblo (People’s Square).

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Templo en los preciosos jardines Kezhi, en Zhujiajiao

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Paseando por uno de los canales

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Casa y zona de almuerzo bajo el puente en los jardines Kezhi, Zhujiajiao

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Restaurantes a orillas del canal principal en Zhujiajiao

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Es carne pero no llegamos a probarlo

Uno de los muchos puentes de Zhujiajiao

Pero lo que más nos gustó de Shangai es el pequeño restaurante que teníamos al lado del hotel y que llevaba una familia de chinos musulmanes. Solíamos ir todos los días y elegíamos las sopas por lo que pedían en las otras mesas y les freíamos a preguntas sobre las imágenes que tenían colgadas de los diferentes platos. Cuando entrábamos sonreían, no sé si por miedo a ver qué les preguntaríamos ese día o porque nos lo pasábamos muy bien. Solíamos quedarnos después de la cena “charlando” con ellos y así aprendimos muchas cosas útiles. Nos enseñaron los símbolos para contar con las manos en chino y muchas palabras nuevas que nunca fuimos capaces de pronunciar bien.

Avatares de la vida

Tras la estancia en Xian decidimos que nos merecíamos unas vacaciones así que después de mirar muchos lugares chulísimos en Internet, nos decantamos por el parque natural de Zhangjiajie, famoso por inspirar el mundo del planeta Pandora en la película “Avatar”.

El viaje hacia Zhangjiajie lo hicimos en tren y en dos tramos distintos. El primero en tren nocturno. Compramos billetes en el vagón cama y dormimos en un compartimento muy cómodo. El segundo tramo fue todo lo contrario: como no quedaban camas libres compramos un billete barato que  llaman “hard seat” (traducido al español es “asiento duro”) y el nombre lo dice todo. Aunque reservamos asientos, cuando llegamos estaban ocupados por una mujer y varios de sus hijos, un señor mayor y otro chaval, o sea, ¡overbooking total! Tuvimos que reclamar bastante para que los que no tenían asientos se fueran  y nos dejaran sentarnos. Las mochilas las tuvimos que tirar literalmente al suelo porque en los portaequipajes no cabía un alfiler. En este tren fue donde vimos por primera vez a alguien comerse un  aperitivo que después hemos comprobado que es muy popular en  China: las patas de gallina. Suelen venderlas envasadas al vacío y están recubiertas por una especie de gelatina roja. En fin, flipamos cuando vimos a los niños de en frente devorarlas y escupir los huesos donde les salía de ahí…

Después de un viaje muuuuy largo de más de 8 horas llegamos a Zhangjiajie. El dueño del hotel que habíamos reservado por Internet vino a buscarnos a la estación de tren. En la pagina Web decían que tenían servicio de recogida en la estación y, sí, es verdad, el hombre nos recogió, pero con su bici, y nos acompañó al hotel mientras nos daba conversación. La verdad es que el tipo resulto ser muy simpático. Había sido guía del parque de Zhangjiajie durante 20 años, así que nos dio todo tipo de información relacionada con el parque y los alrededores. También nos dio un mapa, pero en chino, así que la orientación dentro del parque fue de lo más intuitiva.

El primer día que fuimos no entramos en el parque, sino que fuimos a la montaña de Tianmen. Para subir hay que coger el funicular más largo del planeta (eso dicen…), y se ve un paisaje bastante espectacular durante la media hora que dura la subida.La verdad es que esta todo tan bien preparado para los visitantes que sólo hace falta que te pongan una alfombra  roja cuando bajas del teleférico. Desde el punto de vista del esfuerzo, la caminata no es nada exigente, pero se ven lugares y paisajes singulares. De hecho, visitamos un monasterio budista bastante impresionante.

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El funicular recorre 7.200 m hasta la cima de la montaña de Tianmen

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Vista desde el funicular

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Llegando a la cima de la montaña

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Balcón con el suelo de cristal

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Monasterio budista en la cima de la montaña

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Monasterio budista

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“Amor entre árboles y rocas”, pero qué románticos son estos chinos…

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Vista desde la parte alta del parque

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La cueva de Tianmen, también llamada Puerta del cielo, a la que se llega después de subir muchos escalones

El resto del tiempo lo pasamos en el propio parque de Zhangjiajie. Cuando uno llega ve una avalancha de turistas chinos invadiendo la entrada. Sin embargo todos desaparecen cuando uno se adentra por las escaleras de piedra que llevan a las partes altas del parque. Los paisajes son de cuento, con miles de peldaños cubiertos de musgo y puentes de piedra con inscripciones en chino. Apenas te cruzas con senderistas en el camino y tan sólo vuelves a ver a gente cuando llegas a tu destino final,  ya que los turistas chinos han llegado con un funicular o un ascensor ultra rápido, previo pago de bastantes yuanes.  Vamos, que lo de caminar no les va mucho.

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¿Alguien ha visto un fraguel?

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“El camino al cielo”

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Puente de piedra en el camino

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Río que recorre uno de los valles del parque

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Uno de los muchos animales que encontramos en el camino

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Este señor tan simpático vendía bebidas y tenía setas y cosas muy raras conservadas en botes de cristal

Nuestra gran aportación al turismo chino fue demostrarles que las  zanahorias se pueden comer crudas. Las llevábamos como aperitivo y las caras que se les quedaban cuando nos veían hincarles el diente eran un poema. Primero se sorprendían, después se reían, y al final nos decían que no se podían comer así, que había que cocinarlas. Y es que allí no se estila lo de comerlas tal cual. Bueno, nosotras sonreíamos y seguíamos con nuestro aperitivo mientras les decíamos que sí era posible. Ya veis, aportando ideas nuevas en el Oriente…quién nos los iba a decir después de haber experimentado lo del bocata de lombarda.

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Haciendo amigos

Durante las caminatas no podíamos evitar  pensar en la suerte que tuvo el equipo al que enviaron a fotografiar los posibles paisajes de la peli de “Avatar”. Y tampoco nos extraña que James  Cameron colocara finalmente a sus  personajillos azules en un enclave similar: es un  lugar único con rincones muy mágicos.

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Montañas del parque que sirvieron a Cameron de inspiración para su película

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Más montañas de Pandora

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En el ascensor de Bailong, con 330 metros de altura y construido en el lateral de una de las montañas del parque, es el ascensor exterior más alto del mundo

Para los que sientan curiosidad por visitarlo les podemos decir que el parque es grande y uno puede invertir casi una semana en recorrerlo si lo que quiere es caminar tranquilamente por los caminitos de piedra, poco transitados y muy solitarios. Si lo visitas a lo chino, te lo terminas en tres días.

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Aquí también duermen la siesta

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De paseo por la montaña

La estancia  en el pueblo de Zhangjiajie, al que volvíamos cada día después de las caminatas, resultó de lo más grata. En el hotel nos mimaron mucho, ofreciéndonos sandía fresquita y rebajas en los precios de la habitación varias veces. Las comidas que nos cocinaban los chicos del bar más cercano estaban buenísimas. Dejamos el lugar encantadas y partimos rumbo a Shanghai preparadas para la aventura del autobús cama.

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Celebrando el final de un bonito día con una cenita típica en el pueblo de Zhangjiajie

De Durbar Square al niño murciélago

Kathmandu tiene una gran facilidad para sorprenderte, sobre todo cuando  has leído poco de la ciudad y no tienes ninguna expectativa. Al menos es lo que me pasó a mi hace unos meses cuando la visité por primera vez.

Dentro de esos rincones mágicos que te deja con la boca abierta está la “Kathmandu Durbar Square”, una de las tres plazas del valle de Katmandú declaradas patrimonio mundial por la UNESCO. Contiene más de 60 monumentos importantes, la mayoría de los siglos dieciséis al dieciocho, y está muy cerca del barrio de Thamel. En el lugar se concentran un gran número de templos y de vida social.

Una de las cosas más interesantes de ver es el mercadillo que se monta en el suelo de la plaza, así como el tráfico de coches tratando de esquivar todo lo que se pone por delante.  Uno puede subirse a cualquiera de los templos y quedarse unas cuantas horas viendo pasar la vida. Es imposible aburrirse: unas señoras preparan té con leche a los lugareños que charlan al pie de los templos, algunos venden comida, los vendedores colocan los limones con mucho esmero en sus puestos de verduras, otros ofrecen colgantes a los turistas  y también se venden  flores naranjas en muchos puestos, bien sueltas o en forma de collar. Y todo esto “amenizado” con el sonido de un tráfico infernal que recorre la plaza de una esquina a otra.

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El trasiego de la plaza visto desde uno de los templos

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Mercadito en la base de uno de los templos

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Flores para ofrecer a los dioses

De regreso al hotel nos encontramos con una escuela de pintura y entramos a visitarla. Conocimos a la maestra Tsering Lama que nos estuvo explicando muchas cosas acerca de la técnica para pintar mandalas. Estos cuadritos tienen un significado muy profundo para los budistas ya que los usan para meditar. En ellos se representan los distintos niveles que hay que atravesar para llegar al nirvana, el estado de máxima felicidad y paz. Las obras tienen muchos detalles y los más finos se pintan con un pelo de yak. Tardan una media de un mes en acabarlos. Los artistas sólo pueden firmar sus obras después de 10 años de formación, que es cuando se convierten en maestros. Tsering Lama nos mostró dos tipos: el mandala tradicional y el mandala creado por el Dalai Lama o Kalachakra (rueda del tiempo o ciclo de la vida). Todos eran impresionantes. Nos quedamos con la boca abierta por los detalles, la perfección del acabado y la variedad de colores y modelos.

La maestra Tsering Lama nos muestra sus mandalas

La maestra Tsering Lama nos muestra sus mandalas

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Mandala tradicional

Para terminar, no podemos dejar de comentar que conocimos al niño murciélago. Este personajillo atiende en un puesto de fruta. Nos quiso tangar vendiéndonos manzanas a precio de oro mientras nos miraba con ojillos de murciélago ( hay que verlo, no se puede describir con palabras). Al final le devolvimos la fruta, pero cada vez que pasamos por su tienda nos asomamos  para ver si esta durmiendo colgado de alguna viga.