Avatares de la vida

Tras la estancia en Xian decidimos que nos merecíamos unas vacaciones así que después de mirar muchos lugares chulísimos en Internet, nos decantamos por el parque natural de Zhangjiajie, famoso por inspirar el mundo del planeta Pandora en la película “Avatar”.

El viaje hacia Zhangjiajie lo hicimos en tren y en dos tramos distintos. El primero en tren nocturno. Compramos billetes en el vagón cama y dormimos en un compartimento muy cómodo. El segundo tramo fue todo lo contrario: como no quedaban camas libres compramos un billete barato que  llaman “hard seat” (traducido al español es “asiento duro”) y el nombre lo dice todo. Aunque reservamos asientos, cuando llegamos estaban ocupados por una mujer y varios de sus hijos, un señor mayor y otro chaval, o sea, ¡overbooking total! Tuvimos que reclamar bastante para que los que no tenían asientos se fueran  y nos dejaran sentarnos. Las mochilas las tuvimos que tirar literalmente al suelo porque en los portaequipajes no cabía un alfiler. En este tren fue donde vimos por primera vez a alguien comerse un  aperitivo que después hemos comprobado que es muy popular en  China: las patas de gallina. Suelen venderlas envasadas al vacío y están recubiertas por una especie de gelatina roja. En fin, flipamos cuando vimos a los niños de en frente devorarlas y escupir los huesos donde les salía de ahí…

Después de un viaje muuuuy largo de más de 8 horas llegamos a Zhangjiajie. El dueño del hotel que habíamos reservado por Internet vino a buscarnos a la estación de tren. En la pagina Web decían que tenían servicio de recogida en la estación y, sí, es verdad, el hombre nos recogió, pero con su bici, y nos acompañó al hotel mientras nos daba conversación. La verdad es que el tipo resulto ser muy simpático. Había sido guía del parque de Zhangjiajie durante 20 años, así que nos dio todo tipo de información relacionada con el parque y los alrededores. También nos dio un mapa, pero en chino, así que la orientación dentro del parque fue de lo más intuitiva.

El primer día que fuimos no entramos en el parque, sino que fuimos a la montaña de Tianmen. Para subir hay que coger el funicular más largo del planeta (eso dicen…), y se ve un paisaje bastante espectacular durante la media hora que dura la subida.La verdad es que esta todo tan bien preparado para los visitantes que sólo hace falta que te pongan una alfombra  roja cuando bajas del teleférico. Desde el punto de vista del esfuerzo, la caminata no es nada exigente, pero se ven lugares y paisajes singulares. De hecho, visitamos un monasterio budista bastante impresionante.

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El funicular recorre 7.200 m hasta la cima de la montaña de Tianmen

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Vista desde el funicular

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Llegando a la cima de la montaña

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Balcón con el suelo de cristal

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Monasterio budista en la cima de la montaña

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Monasterio budista

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“Amor entre árboles y rocas”, pero qué románticos son estos chinos…

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Vista desde la parte alta del parque

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La cueva de Tianmen, también llamada Puerta del cielo, a la que se llega después de subir muchos escalones

El resto del tiempo lo pasamos en el propio parque de Zhangjiajie. Cuando uno llega ve una avalancha de turistas chinos invadiendo la entrada. Sin embargo todos desaparecen cuando uno se adentra por las escaleras de piedra que llevan a las partes altas del parque. Los paisajes son de cuento, con miles de peldaños cubiertos de musgo y puentes de piedra con inscripciones en chino. Apenas te cruzas con senderistas en el camino y tan sólo vuelves a ver a gente cuando llegas a tu destino final,  ya que los turistas chinos han llegado con un funicular o un ascensor ultra rápido, previo pago de bastantes yuanes.  Vamos, que lo de caminar no les va mucho.

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¿Alguien ha visto un fraguel?

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“El camino al cielo”

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Puente de piedra en el camino

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Río que recorre uno de los valles del parque

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Uno de los muchos animales que encontramos en el camino

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Este señor tan simpático vendía bebidas y tenía setas y cosas muy raras conservadas en botes de cristal

Nuestra gran aportación al turismo chino fue demostrarles que las  zanahorias se pueden comer crudas. Las llevábamos como aperitivo y las caras que se les quedaban cuando nos veían hincarles el diente eran un poema. Primero se sorprendían, después se reían, y al final nos decían que no se podían comer así, que había que cocinarlas. Y es que allí no se estila lo de comerlas tal cual. Bueno, nosotras sonreíamos y seguíamos con nuestro aperitivo mientras les decíamos que sí era posible. Ya veis, aportando ideas nuevas en el Oriente…quién nos los iba a decir después de haber experimentado lo del bocata de lombarda.

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Haciendo amigos

Durante las caminatas no podíamos evitar  pensar en la suerte que tuvo el equipo al que enviaron a fotografiar los posibles paisajes de la peli de “Avatar”. Y tampoco nos extraña que James  Cameron colocara finalmente a sus  personajillos azules en un enclave similar: es un  lugar único con rincones muy mágicos.

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Montañas del parque que sirvieron a Cameron de inspiración para su película

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Más montañas de Pandora

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En el ascensor de Bailong, con 330 metros de altura y construido en el lateral de una de las montañas del parque, es el ascensor exterior más alto del mundo

Para los que sientan curiosidad por visitarlo les podemos decir que el parque es grande y uno puede invertir casi una semana en recorrerlo si lo que quiere es caminar tranquilamente por los caminitos de piedra, poco transitados y muy solitarios. Si lo visitas a lo chino, te lo terminas en tres días.

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Aquí también duermen la siesta

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De paseo por la montaña

La estancia  en el pueblo de Zhangjiajie, al que volvíamos cada día después de las caminatas, resultó de lo más grata. En el hotel nos mimaron mucho, ofreciéndonos sandía fresquita y rebajas en los precios de la habitación varias veces. Las comidas que nos cocinaban los chicos del bar más cercano estaban buenísimas. Dejamos el lugar encantadas y partimos rumbo a Shanghai preparadas para la aventura del autobús cama.

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Celebrando el final de un bonito día con una cenita típica en el pueblo de Zhangjiajie

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Las huestes del emperador Qin

Estábamos deseando ir a ver  con nuestros ojillos a los guerreros de terracota. Como la señora Wang lo sabía, uno de nuestros días libres organizó una excursión para llevarnos hasta allí. El museo está en un enclave privilegiado a unos 30 km al noreste de Xian. Hay autobuses que salen desde la estación de tren pero nosotras fuimos en el cochazo de nuestra anfitriona, junto con su amigo el abogado (del que nunca supimos su nombre) y el nieto de éste.

La entrada cuesta la friolera de 20 euros. Según nos informaron sube cada año aunque esto no merma la llegada de turistas. El lugar es enorme, tiene tres edificios muy próximos entre sí que albergan las fosas de las excavaciones. Fuera no hay ni una sombra en la que resguardarse de la solana pero, afortunadamente llevábamos los paraguas que compramos en Nepal para protegernos del sol. Ashish nos había aconsejado llevar siempre un paraguas con nosotras para protegernos de la lluvia en el bosque y en la montaña, de los insectos de los árboles y del sol . A partir de ese momento se convirtió en un elemento imprescindible en nuestras mochilas.

ESP= Guerreros de terracota ENG= Terracota warriors

Aunque hayamos visto las excavaciones cientos de veces en la tele o en exposiciones, la visita no defrauda. Dicen que es la octava maravilla del mundo y no es para menos.

Recomiendan visitar primero las fosas 2 y 3 y dejar la 1 para el final porque es la más impresionante, pero nosotros empezamos por la 1 y nos gustó igual. La primera sensación es que entras en una especie de circo lleno de turistas, la mayoría chinos, deseosos por ver y fotografiar a las figuras. Es difícil encontrar un hueco en la barandilla para asomar la cabeza sin que te empujen pero cuando lo consigues se te olvida todo lo que hay alrededor y el esfuerzo se compensa con la impresión que provoca ver a miles de guerreros en filas delante de ti. El lugar es sobrecogedor.

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Fosa 1

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ESP= Guerreros de terracota ENG= Terracota warriors

Se cuenta que un pastor descubrió las primeras figuras cuando excavaba un pozo de agua en este lugar.

Las figuras de terracota representan al ejército de Qin Shi Huang, el primer emperador de la China unificada (221 a.C.), quien mandó construirlas para que le protegieran en su tumba. Por ahora han aparecido unas 8000 figuras de soldados, caballos, carros, además de arcos, lanzas, ballestas y espadas. Los soldados están todos uniformados dependiendo de su rango, llevaban pintura de colores y son todos diferentes. Utilizaron diferentes moldes para las caras y el cuerpo que combinaron hasta la saciedad.

Pero lo que más llama la atención es la cantidad de figuras que siguen enterradas y las que están en proceso de restauración. Es un trabajo “de chinos”, nunca mejor dicho. Las figuras están muy deterioradas porque la estructura de madera que las protegía se quemó y quedaron sepultadas durante siglos por lo que los trabajos de restauración son una auténtica artesanía que durará años.

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Fosa 2

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Caballo a medio extraer en la fosa 2

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Proceso de restauración de las figuras

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Restauración de piezas en el museo

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Dos muestras de pelo de las figuras

ESP= Guerreros de terracota ENG= Terracota warriors

Cuando acabamos la visita nos invitaron a comer en un restaurante cerca de su casa donde volvimos a probar esa rica ensalada fría de cacahuetes, tiras de tofu, pepino, judías verdes y vinagre acompañada de agua caliente. Después entramos en una tienda donde vendían mesas y otros muebles hechos a partir de troncos de árboles con formas muy originales. Nos sentamos durante un buen rato con la dueña que nos invitó a tomar un té rojo delicioso que preparaba una y otra vez siguiendo el mismo ritual: sacaba el té de la tetera y lo pasaba a un recipiente con un filtro para después verterlo en una jarrita que servía en nuestras tazas. Creo que de tanto mirarla nos hipnotizó y cuando pienso en aquella escena recuerdo a esta mujer como la diosa del té.

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Xi’an, nuestra puerta a Oriente

El primer fin de semana que tuvimos libre en la granja aprovechamos para ir a conocer la ciudad. Antes de salir, les pedimos a los chicos que nos indicasen cómo llegar al centro y nos dibujaron un mapita con el itinerario, las paradas de los autobuses y el texto en chino para que pudiésemos llevarlo allí donde fuéramos. Al despedirnos nos desearon suerte con unas grandes carcajadas.

Nuestro primer contacto con el mundo exterior fue como entrar por una puerta a otro planeta: nos sentíamos auténticas extraterrestres.

Como aquello era un pueblito y al fin y al cabo todo el mundo se conoce, la gente se paraba a saludarnos y a preguntarnos cosas que, por supuesto, no entendíamos, así que todos acabábamos riéndonos. Desde que pusimos el pie en la calle nos embargó esa sensación de simpatía y curiosidad de la gente que experimentaríamos durante todo el viaje en China.

En frente de la parada del autobús encontramos por primera vez al vendedor de sandías, y a su hijo clónico, que se pasaba el día allí sentado en su sofacito vendiendo las sandías más sabrosas que recordamos y que nos entretenía mientras esperábamos.

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Nuestro amigo el vendedor de sandías

En vez de un autobús llegó una furgoneta que se paró delante de nosotras y por la ventanilla el conductor nos preguntó algo. Le enseñamos nuestro cuadernito con las instrucciones, a él y a los demás pasajeros, y nos dijeron que entráramos. Al final del camino teníamos que bajarnos y coger otro autobús pero para nuestra sorpresa en vez de dejarnos en la parada final el amable conductor nos llevó a la entrada del metro. No entendimos por qué hasta que dedujimos después que era mucho mejor para ir al centro de la ciudad.

El metro en Xian y otras ciudades chinas es una maravilla: moderno, bien señalizado, limpio y rápido (aunque las señales en inglés son ininteligibles). Además, los chinos son increíblemente eficientes. En una ocasión, se nos quedó atascado el dinero en una máquina donde se compran los billetes. Por señas pedimos ayuda a una de las chicas que estaban en la entrada. Inmediatamente pulsó un botón rojo que tenía a su derecha y desde el lado opuesto de la estación salió como de la nada un hombrecito con un mono gris y una llave que abrió la máquina, nos dio el dinero y nos dijo donde cambiar moneda. En apenas tres minutos y sin darnos cuenta resolvieron el problema. Nos pareció que era una broma y que nos estaban grabando con una cámara oculta y después lo publicitarían en la tele. En varias ocasiones pudimos comprobar su eficacia y buena organización, es realmente sorprendente.

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Xian es una ciudad con mucho encanto, a pesar de los cerca de 40 ºC que tuvimos que soportar. Por cierto, el clima nos recordó mucho al de Madrid, muy seco, con inviernos fríos y veranos que achicharran. En el centro de la ciudad antigua visitamos dos de los monumentos más emblemáticos: la torre de la campana y la del tambor. Como en muchas otras ciudades chinas, estas torres se utilizaban en la antigüedad para señalar las horas y el comienzo y el final del día. Excepto la base, que es de piedra, las torres son unas bonitas estructuras de madera pintada de vivos colores construidas en el siglo XIV. Dentro hay sendos museos con instrumentos musicales y cada cierto tiempo se hacen representaciones de música y danza tradicional para los turistas.

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Torre de la campana vista desde la torre del tambor

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Ratoncillo milenario en el museo de la torre

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Torre del tambor

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Artesonado del techo en el interior de la torre de la campana

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Espectáculo musical en el interior de la torre

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Detrás de la torre del tambor hay una zona de callecitas con tiendas, almacenes, restaurantes locales y puestos de comida y frutos secos. El sitio es pura alegría. Está lleno de gente y es un placer callejear e intentar adivinar lo que ves: dulces, guisos, noodles, pinchos de carne y miles de cosas más. ¡Dan ganas de probarlo todo! A la hora de la comida elegimos un restaurante que tenía unas mesitas donde había muchos chinos. El menú y todos los carteles estaban en chino así que elegimos a dedo lo que veíamos en los platos de otros comensales y en el mostrador de la calle. Tuvimos mucha suerte porque entre otras cosas y sin saberlo probamos uno de los platos más típicos de Xian, el Yang Rou Pao Mo, una sopa de cordero a la que se le añaden trocitos de pan. Además, tomamos tallarines de patata riquísimos con verduras y pinchos de cerdo a la brasa. Todo por cinco euros las dos. Una cosa que nos ha sorprendido gratamente desde Nepal hasta ahora es que en todas partes se puede comer por muy poco en los restaurantes locales, entre 2 y 5 euros por comida para las dos.

Como ya sabéis no llevamos guía y no queremos saber mucho de los sitios a donde vamos hasta que llegamos, así que todo lo que vamos conociendo es a través de la gente que encontramos. Es una delicia entrar y descubrir la gastronomía a través de los lugareños. Nos encanta y, además, nos reímos mucho.

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Todo muy clarito

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Muy cerca de esta zona está la Gran Mezquita de Xian y el barrio musulmán. Sí, hay musulmanes chinos, los Han, un grupo numeroso que llegó en el siglo VII a través de la Ruta de la Seda. Por su situación estratégica, Chang’an, la antigua ciudad de Xi’an, se convirtió en el punto de inicio y final de esta mítica ruta. Aquí llegaban las caravanas de camellos con las mercancías con destino a Occidente.

No pudimos visitar esta mezquita pero sí una más pequeña cercana que también es una verdadera belleza. El estilo arquitectónico mezcla elementos chinos e islámicos y es impresionante.

Después de visitar la mezquita disfrutamos de lo lindo perdiéndonos en las callejuelas aledañas del barrio musulmán, repletas de puestos de comida y gente por todas partes. Da la impresión de que allí se detuvo el tiempo porque sigue conservando esa riqueza de productos y gentes que debe haber existido cuando era parada obligatoria en la Ruta de la Seda.

Xian nos dejó muy buen sabor de boca y muchas ganas de volver.

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Mezquita

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Interior de la mezquita

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Interior de la mezquita

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Familia musulmana en la puerta de su local

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Leyenda comunista en una de las calles. Sería muy interesante saber lo que dice ¿alguien lo sabe?

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De “pas” y “chus”

En los últimos días de estancia en la granja Susi informó a la señora Wang de que en algún momento queríamos celebrar una fiesta para despedirnos de los chicos. La señora Wang sonrió, preguntó que dónde y dijimos que en la granja. Ahí quedo la cosa. A las cuatro de la tarde, Niu Miao nos informó de que la señora Wang había ido a comprar viandas y bebida para celebrar la fiesta esa misma noche. A eso se le llama “tenel muchas ganas de malcha”.

A las siete de la tarde teníamos la mesa del porche llena de comida muy sabrosa y de cerveza, muy fría para nosotras, y del tiempo para los chicos. En un momento dado se propuso jugar a un juego que consistía en llenar un cuenco con cerveza, tirar unos dados y, dependiendo de lo que saliera, beberse la cerveza o no beber nada y pasar el cuenco al de al lado para que tirara los dados. Nos explicaron que lo peor era que te saliera un ocho o un nueve (que se dicen “pa” y “chu” en chino) ya que uno tenía que  beberse la mitad o todo el cuenco, respectivamente. Si salía un siete, uno rellenaba  el cuenco para volver a tirar y arriesgarse a bebérselo entero o dejárselo lleno al siguiente jugador. Nos pusimos a jugar en la mesa.  Yo debo decir que  al principio jugaba sin entender muy bien la filosofía del juego: que perder consistiera en beberse  la cerveza no acababa de comprenderlo. En fin, será mi espíritu cervecero de San  Blas city…En mi defensa diré que Susi es de Vallecas y tampoco lo pillaba…

Después de muchas rondas y muchos gritos, el juego quedó así: la perdedora indiscutible fue Gao Ling, que sacó pas y chus por un tubo (sin exagerar, el 98 por ciento de las veces) y se pilló una “glan tajada”. Muy de cerca quedó la que suscribe, que al final no veía el cuenco de tantos chus. Y la clara vencedora de la noche fue Susi, y la más sedienta: ¡no sacó ni un ocho ni un nueve en toda la noche! Eso sí, tuve que rellenarle el vaso de tapadillo varias veces para que no se quedara sin probar la cervecita.

Andábamos todos bastante achispados cuando la señora Wang dijo: “¡sacad  la guitarra!”. Y en cinco minutos estábamos improvisando un karaoke en el salón. Me dieron un libro de partituras con canciones en chino. Yo tocaba los acordes de canciones que nunca había oído y ellos cantaban por encima. El momento cumbre fue cuando Mrs Wang pidió su canción favorita: Edelweiss. Sí, sí, la misma que el Barón Von Trapp cantaba  a sus churumbeles en “The sound of music” mientras Sor María le miraba con cara de pánfila. Pues marchando una de Edelweiss pero en chino, claro. La señora Wang lo dio todo y, si Sor María la hubiese escuchado, la peli habría terminado de otra manera. Luego se atrevieron con el “Himno de la alegría” y alguna que otra balada romántica, y es que hemos descubierto que a los chinos les encanta la canción melódica. Y así, entre canciones y risas, fuimos cayendo de uno en uno hasta que no quedo nadie despierto.

Vídeo de Gao Ling y la señora Wang dándolo todo

Gao Ling y la señora Wang dándolo todo

A la mañana siguiente nos levantamos a las siete como todos los días. Gao Ling apenas dijo dos palabras mientras inoculábamos bolsitas con semillas de setas y, a la hora del descanso, me la encontré frita en el sofá del salón.

Y así fue como la señora Wang nos organizó  una de las mejores fiestas de despedida que recuerdo.

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La despedida

Three, two, Wang!

¡Ya estamos en China!  En concreto, en la ciudad de Xian, provincia de Shaanxi. Ha sido un shock dejar Katmandú con su suciedad y contaminación para llegar a nuestra primera escala: Chengdu. Al bajar del avión nos encontramos un aeropuerto reluciente con osos panda de peluche en posturas comprometidas decorando distintas estancias. No conocíamos esta ciudad pero según supimos después es uno de los centros logísticos y financieros más importantes del país. Y se nota porque en el aeropuerto hay glamour. Nos ha sorprendido ver a todo el mundo como si fueran a salir de fiesta, las chicas con minifaldas muy cortitas y taconazos se pasean por la terminal como si fueran estrellas de cine preparadas para grabar su próxima escena. Y nosotras con nuestras pintillas, escondidas en un rincón para que no se nos vea demasiado, comiendo un bocata de sardinas en lata.

Después del choque de esta nueva realidad y tras recoger el equipaje nos dirigimos a la salida entusiasmadas con ese momento que habíamos esperado desde hacía meses, cuando contactamos por primera vez con la que sería nuestra anfitriona en Xian. Y allí estaba ella, una mujer chiquitita y glamurosa con un cartel que decía: “Welcome  wwoffers, Nuria and Susana from Spain”: ¡la señora Wang!

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Conocimos a Mrs Wang hace tres meses a través de la página de WWOFF en China. Dirige una granja a las afueras de Xian donde se producen setas para cultivo y consumo. Mientras nos subíamos en el coche con el que fue a recogernos, junto a su amigo y abogado, nos contó que a su granja llega bastante gente para iniciarse en el mundillo de las setas. Después de un trayecto de media hora llegamos a nuestro destino, en un barrio a las afueras de Xian, donde nos recibieron unos chicos bastante jóvenes que trabajan para ella. Allí nos dejaron y la señora Wang se despidió de nosotros hasta la mañana siguiente. Era ya muy tarde y en la oscuridad, Niu  Miao, el único que habla un inglés fluido, nos mostró nuestra habitación, la ducha y los baños y nos explicó que de hecho, estábamos en la granja, donde viviríamos y trabajaríamos junto a ellos. Estábamos tan agotadas después de un largo día de viaje que no preguntamos más y nos fuimos directas a dormir.

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Nuestra habitación

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Nuestro amigo

A la mañana siguiente nos despertamos con un novedoso desayuno: un bocata de lombarda (sí, sí, de lombarda) y los nueve chicos que trabajan allí (5 chicos y 4 chicas). Fue un encuentro muy divertido, era la primera vez que nos veíamos las caras y tras las presentaciones no conseguíamos pronunciar sus nombres, así que tuvimos que perdirles que los escribieran en la pizarra que habían colgado estratégicamente entre nuestras habitaciones y la cocina. Así que, señoras y señores (redoble de tambores), les presentamos a la gran familia setera:  Niu Miao, nuestra conexión con el exterior gracias a su inglés y a su paciencia. Men Ke, nuestra cocinera mas habitual y la mas listilla de la banda. Gao Ling y Wang Hui, las chicas más soñadoras y coquetas de la granja. Yaolei, el más inquieto y dueño de la guitarra que nos ha brindado grandes momentos.  Ding Xin Long, el más tímido y detallista, y Su Yu kun, el más desinhibido y pelín cotilla. Y, finalmente, Feng Wen Chi (alias Gua Pi To), el  más novato, y Wei Wang, la jefa de la banda.

ESP= Fábrica de champiñones organicosENG= Organic mushrooms farm

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El horario de trabajo en la granja es de ocho a doce de la mañana y de dos a seis de la tarde, con una pausa de dos horas para comer y descansar. El trabajo está muy bien organizado. Hay unas cinco actividades distintas y todas tienen su momento y espacio (que explicáremos con más detalle en la sección de voluntariado). Los chicos trabajan muchísimo y nosotras nos hemos acoplado a las distintas actividades siguiendo sus instrucciones. Son muy meticulosos con el trabajo y les preocupa que todo esté bien hecho. No nos extraña que tengan muchos clientes.

En cuanto a las comidas, la señora Wang les abastece con distintos productos que ellos se encargan de cocinar. Las preparan en muy poco tiempo, son comidas sencillas y la verdad es que está todo riquísimo. Nos hemos acostumbrado a desayunar pan chino con repollo, lombarda o patata y a almorzar y cenar noodles (a veces arroz) con verduras y tofu a la plancha con salsa de soja. Ellos siempre toman sopa como postre, algo que a nosotras nos sorprende ya que hemos tenido días con más de cuarenta grados y el cuerpo nos pedía una sandía fresquita. Sin embargo, a ellos les sorprende que tomemos el agua y la cerveza frías porque según Gao Ling, las cosas frías te destemplan el cuerpo. Por las noches, a eso de las nueve, desafiamos a los mosquitos y nos juntamos en  la mesa del porche para comer pipas, uvas, sandía o lo que se tercie antes de irnos a dormir. Tienen pipas de muchas variedades y sabores, riquísimas. Cada día nos asombra descubrir la cantidad de cosas en común que tenemos con ellos, y también lo distintos que somos. Por cierto, los mosquitos siempre ganan.

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Pan para el desayuno

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Un remedio chino excepcional para las picaduras de mosquitos que nos regalaron nuestros amigos

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Nunca pensamos que estaríamos tan bien en este sitio. El trabajo es intenso pero interesante porque cada día aprendes algo nuevo y por las tardes podemos ir a bailar, a jugar baloncesto y al ping pong o a ver cine en la cancha, que es multiusos. Además, los chicos son muy simpáticos y amables, están pendientes de nosotras en todo momento y nos reímos mucho. La señora Wang es una mujer con un dinamismo y una capacidad asombrosa para llevar la granja. Después de pasar dos semanas con ellos les hemos tomado mucho cariño y nos va a dar mucha pena irnos de aquí. Dejaremos atrás a unos buenos amigos.

Templos, estupas y cordilleras

Nepal es un país con 26 millones de habitantes en el que conviven diferentes etnias, razas, culturas y religiones. Es un ejemplo de tolerancia y armonía. Hinduismo y budismo son las dos religiones principales, que se mezclan en muchos casos en la zona del valle de Katmandú, aunque también hay una pequeña población musulmana y algunos cristianos.

La religión impregna todas y cada una de las actividades diarias de la gente. En cada rincón se encuentran grandes y pequeños templitos improvisados, ofrendas de flores y velas. Los símbolos tienen una gran importancia. Paseando por las calles a cualquier hora uno se topa con hombres y mujeres realizando sus ritos en busca de bienestar, prosperidad y la salvación del alma.

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Templo que descubrimos por casualidad en una plaza de Katmandú

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Ofrendas y rituales

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En Nepal hay numerosos lugares sagrados y de peregrinación. Para los hinduistas el templo más famoso y venerado es el de Pashupatinath, a la orilla del río sagrado Bagmati, en Katmandú. Desafortunadamente, los turistas no pueden entrar al templo pero se pueden visitar las zonas aledañas. Como ya os comentamos en una entrada anterior, nos quedamos sin verlo porque el precio nos pareció excesivo.

El que sí visitamos fue Swayambhunath, también conocido como el templo de los monos. Está en una colina desde la que se ve toda la ciudad, cuando la capa de contaminación lo permite. Para llegar hay que atravesar el barrio tibetano, un barrio agradable lleno de colegios internacionales y caserones, y una vez alcanzado el recinto hay que subir los 365 escalones que llevan al templo. Sin duda, merece la pena el esfuerzo.

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Templo de los monos

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Como son sagrados tienen piscina

El valle de Katmandú es un tesoro que contiene monumentos, templos y monasterios de una gran riqueza artística y arquitectónica. Siete de ellos han sido clasificados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, entre ellos las tres plazas reales o “Durbar Square”: una en el mismo centro de Katmandú, otra en Patan (barrio de Lalitpur) y la tercera en Bhaktapur, a las afueras de la ciudad. Las tres son una maravilla, no solo por la belleza de sus monumentos sino porque allí los nepaleses van a pasear, celebran sus fiestas, se reúnen en los mercados, contemplan lo que sucede en la plaza y son pura ebullición y alegría.

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Gente pasando la tarde en la Durbar Square

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Gente sentada en un templo de la Durbar Square

La plaza de Katmandú es la más grande y bulliciosa. Nos gustaba entrar y sentarnos en lo alto de algún templito a contemplar lo que pasaba más abajo. Puedes pasarte horas sin darte cuenta. Pero la de Patan es sin duda la que más nos impactó. Está llena de templos bellamente decorados por artesanos Newari, los habitantes originarios del valle. Tuvimos la suerte de estar allí la noche de la celebración del nacimiento de Buda y había grupos de mujeres que iban vestidas con saris del mismo color y llevaban velas encendidas, preparadas para salir en procesión por la ciudad.

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El barrio de Patan tiene un encanto especial. Según algunos registros históricos, era la ciudad más antigua del valle y se anexionó a Katmandú a medida que esta última fue creciendo pero eso no ha impedido que preserve toda su autenticidad. Es un placer pasear por las calles típicas, con tienditas diminutas, banderas de colores y templos en cada esquina. Ya entrada la noche y de regreso al hotel pasamos por el Templo de Oro, otra de sus maravillas. A esas horas estaba cerrado pero en su interior se veían luces. Alguien nos vio mirando entre las rejas y vino a abrirnos la puerta y nos invitó a pasar. Al entrar nos quedamos estupefactas por la belleza del sitio. Toda la decoración era de madera y oro, estaban representados los dioses del hinduismo y había espejos, una barandilla de madera y un patio central donde estaban sentadas un grupo de personas rezando y celebrando el nacimiento de Buda. No nos atrevíamos ni a movernos para no molestar pero entonces se levantó otro hombre y empezó a explicarnos el significado de las figuritas y a preguntarnos quiénes éramos, con esa amabilidad que les caracteriza y que te hace sentir como en tu casa. Cuando terminaron de rezar repartieron unas galletas con un arroz amargo con leche, muy rico. No sabía si nos lo daban para ofrecérselo a Shiva o para comérnoslo pero cuando miré a Nurita era demasiado tarde, ya le había hincado el diente a la primera galleta con arroz. Después nos acompañaron a coger un taxi de vuelta y nos invitaron a volver al día siguiente. ¡Tan simpáticos!

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En uno de los miniportales de Patan

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Una calle del barrio de Patan

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Patan Durbar Square

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Uno de los templos de Patan Durbar Square visto desde el Museo

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Patan Durbar Square

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Niños tocando los tambores en un patio de Patan

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Ceremonia nocturna en el Templo de Oro, Patan

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Casa con decoración típica newari en Bhaktapur

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Arquitectura típica, Bhaktapur

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Patio típico, Bhaktapur

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Y para finalizar, como no pudimos ver las montañas en Langtang por el mal tiempo decidimos ir a probar suerte a Nagarkot, un pueblo a unos 30 kilómetros de Katmandú desde donde hay unas vistas increíbles de los Himalayas, cuando el tiempo acompaña. El recorrido hasta allí es bastante bonito y muy verde pero el pueblo parece construido para que los turistas ricos se dejen la pasta en hoteles de lujo que les permita ver las montañas al amanecer. Nos costó encontrar un lugar honesto donde alojarnos pero mereció la pena. Encontramos un restaurancito donde probamos una cena deliciosa (con chinches incluidas, que me dejaron el culo muy perjudicado) y aunque las nubes no nos dejaron ver más que una silueta tenue de las montañas nos encantó la vista y la excursión por los alrededores que hicimos al día siguiente. Y así, con las ganas de volver para visitar otros sitios maravillosos de este país, nos despedimos de Nepal.

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Vista de la cordillera del Himalaya desde Nagarkot

Trekking en el Parque Nacional de Langtang

Después de un viaje de casi 9 horas hacia Siafru besi en el bus local, hemos llegado al hotel ‘Peaceful’. Sólo hemos recorrido una distancia de 150 km, eso sí, parando cada 10 minutos para recoger a gente que viaja cargada de arroz y otros alimentos a distintos pueblos. Algunos tramos quitan el hipo por lo espectacular del paisaje, pero sobre todo por el precipicio que hay a un lado de la carretera. La parada para ir al baño consiste en bajar a toda prisa del bus, separar hombres a la izquierda y mujeres a la derecha y aliviarse donde buenamente se pueda en la cuneta de la carretera. Ah, y si el autobús va lleno no pasa nada: uno se sube al techo y hace el viaje en la baca ajeno al traqueteo y los frenazos del bus. La verdad es que ha sido toda una experiencia ver cómo viajan los locales.

Al día siguiente, ya descasadas del viaje, hemos empezado el trekking desde Siafru besi, que está a unos 1500 metros de altura. Es un pueblito al norte de Nepal en medio de un valle lleno de hostales que se deben llenar en la época alta  de turismo (de octubre a mayo). Pero este pueblo no es el original, sino uno que hay unos 500 metros más adelante y que parece sacado de un libro de García Márquez. Las mujeres se sientan en las puertas de las casas a despiojar a los niños, mientras los hombres pasan de un lado a otro cargando todo tipo de cosas relacionadas con la construcción. Y tienen un panadero encantador que hornea bollos frescos todos los días para véndelos en el colegio de la aldea.

ESP= Parque Nacional de Langtang  ENG=Langtang National Park

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El camino dentro del parque natural es espectacular. Sigue el cauce del río y es muy selvático, con bosques muy tupidos donde la marihuana crece a sus anchas. Te vas cruzando con arrieros que suben con caballos cargados de comida a los pueblos más aislados, ya que es el único camino que llega hasta allí. Debido a ello la comida se encarece  a medida que vas subiendo y vas encontrando posadas donde comer y dormir. Por cierto, en el camino uno puede ver distintos tipos de monos, pájaros y muchas mariposas, algunas gigantescas.

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La subidita  tiene tela, sobre todo el último tramo de la primera etapa, desde el pueblo de Bamboo hasta Lama hotel, a 2500 m de altura. En vez de alojarnos en este último, nos quedamos un poco antes, en un lodge paradisíaco con vistas al valle y a las montañas. Se llama Ganesh guest house y tiene la mejor ducha de agua caliente de todo Nepal gracias a las placas solares instaladas justo afuera. Después de siete horas subiendo esta ducha nos ha devuelto la vida. El chico que atiende el lodge vive solo todo el año, incluso durante el Monzón. Es un encanto y además tiene la casa como los chorros de oro. Se pueden comer sopas hasta en el suelo. ¡Hasta cocina bien!  Nos ha preparado un arroz con verduras y huevo delicioso.

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El día siguiente ha amanecido nublado y con mucha humedad. Aún así hemos comenzado la subida a eso de las 8:00 h y hemos llegado hasta los 3.000 m en 3 horas. Después hemos comido y hemos decidido echar el resto del día en un lodge que lleva una señora muy loca. Es muy amiga de otra chica que lleva el lodge de más abajo.  Pasan mucho tiempo juntas y, cuando han visto a Susi con la cámara, se han puesto a posar, a reír a carcajadas y a cantar. Ambas viven allí casi todo el año, con visitas esporádicas a Katmandú para visitar a sus hijos que estudian allí (una tiene dos y la otra cuatro). Como son de origen muy humilde, sólo pueden pagar el colegio de uno o dos como mucho. Nos han  contado que los otros están escolarizados gracias a esponsors europeos o norteamericanos  que pagan la educación de niños que no tendrían acceso a la misma de ningún otro modo.

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A la mañana siguiente hemos amanecido con nubecillas altas que, durante unos minutos, nos  han dejado contemplar la cordillera tan espectacular que tenemos delante y que ni imaginábamos. Hemos decidido empezar a descender, y hemos llegado al pueblo de abajo justo cuando empezaban a caer chuzos de punta. Al parar en uno de los lodges hemos conocido a un chico español, Carlos, que ha dejado todo en España y ha emprendido un viaje sin fecha de vuelta para encontrarse a sí mismo a través de la meditación.

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A la mañana siguiente hemos regresado a Siafru besi y de ahí a Katmandú. El viaje de vuelta en el bus, esta vez express, ha sido igual de emocionante que el de ida. El conductor ha hecho unas maniobras en la carretera enfangada que nos han dejado  sin respiración a más de uno. Los turistas nos llevábamos las manos a la cabeza con incredulidad mientras los locales sonreían en sus asientos. Esto ha sido mucho más extremo que el trekking.