Somos acuapónicas

Llegamos a Hong Kong bajo la amenaza de un tifón pero, quitando un vuelo bastante turbulento, la cosa no pasó a mayores. Aterrizamos por la noche y desde el avión sólo se veían islas llenas de luces. Parecía que se llegaba a una ciudad  futurista donde en vez de edificios había plataformas flotantes para repostar con las naves  nodrizas.

Hicimos noche en el aeropuerto y a la mañana siguiente nos dirigimos hacia nuestra nueva granja en el pueblo de Hok Tau que, pensaba yo, tiene nombre de estrella. Llegamos a nuestro destino y comprobamos que es el pueblo más pequeño que existe en el planeta: cuatro casas y ni una tienda ni un bar. Eso sí, el enclave es maravilloso: el pueblo está en medio de un parque natural rodeado de un bosque subtropical muy verde y muy frondoso.

Parada de autobús de Hok Tau

Parada de autobús de Hok Tau

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Parque Natural al lado de Hok Tau

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Nos alojamos en casa de Teressa, la dueña de la granja en la que íbamos a trabajar. Al llegar nos encontramos  a dos wwoofers que se iban, Ajun, del norte de China, y Roland del sur de Australia, ambos majísimos. Ajun es profesor de lengua en una  escuela de primaria y ya nos ha invitado a visitarle en nuestra próxima visita a China.

Y, ¿qué se hace en la eco-granja de Teressa? A ver si lo puedo explicar sin que suene a cuento chino: la granja se dedica a cultivar vegetales, sobre todo papayas. No se utilizan fertilizantes químicos, así que como alternativa se utiliza un fertilizante tan natural como la caca de pez. Y, ¿de dónde  sale la caca? Pues de los peces que tienen en las dos piscinas que hay dentro de la granja. A este conjunto de vegetales y peces cagones se le llama “cultivo acuapónico”.

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Sistema acuapónico

Teressa también está preocupada con la cantidad ingente de residuos orgánicos que se genera en el planeta. Una parte termina en la compostera pero otra no se puede reciclar. Para eliminar esos residuos orgánicos sobrantes, Teresa y sus colaboradores están haciendo experimentos  con un gusano que es capaz de comerse mucha basura en muy poco tiempo. Cuando se hace mayor, ese gusano tragón se convierte en una mosca que llaman ‘black soldier fly’, nombre que impone mucho pero que se queda en nada cuando te enteras de que la pobre mosca no tiene boca y vive sólo siete días. Al no tener boca no trasmite enfermedades ni plagas, así que es perfecta para una granja. Además en esos siete  días de vida tiene tiempo más que suficiente para poner muchos huevos de donde saldrán los nuevos gusanos cagones. Ah, y si hay excedente de gusanos no pasa nada porque ya están los peces para comérselos. Y es así como se cierra el círculo mágico en la granja de Teressa.

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Teressa

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Vista de parte de la granja

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Papayas

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Señora que trabaja en la granja

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Mr. Wu

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Y os preguntareis qué pintábamos nosotras en esta granja tan modernita. Pues hemos hecho de todo: quitar malas hierbas, pelar hojas para la comida, generar plantones de hierbas aromáticas, preparar tierra para plantar, limpiar y ordenar los armarios de la granja, etc. Pero de todas las tareas, la que nos ha dejado una huella imborrable , sobre todo a Susi, ha sido la de recoger gusanos entre las papayas. Ella odia los gusanos y, sobre todo, el olor a compost donde crecían estos animalitos  dentro de la granja. Cuando Teresa nos mandó al huerto a recogerlos, casi le da algo. Al final superó el trauma gusanero y ahora dice, no sé yo si muy convencida, que los gusanos son nuestros amigos. Cosas de volverse acuapónica, oiga usted.

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En proceso de adaptación (mejor no os cuento lo que estaba pensando). Lo superé

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Nuestros amigos

En cuanto a las comidas, hemos consumido sólo productos frescos de la huerta junto con alitas de pollo y carne de cerdo. Una de las cosas que más nos ha gustado ha sido la papaya hervida: cuando está todavía un poco verde se parte y se cuece. El caldito se bebe y está riquísimo, mientras que la papaya se queda blandita y lista para comer con el arroz. El sabor es dulce y suave y, diría yo, es mucho más sabrosa que la calabaza.

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Libélula roja. Las había de muchos colores

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Nuria limpiando malas hierbas entre las papayas

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Verdura típica de la zona

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Quitando las malas hierbas en una plantación de papayas

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A la rica (o no tan rica) comida

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Xi’an, nuestra puerta a Oriente

El primer fin de semana que tuvimos libre en la granja aprovechamos para ir a conocer la ciudad. Antes de salir, les pedimos a los chicos que nos indicasen cómo llegar al centro y nos dibujaron un mapita con el itinerario, las paradas de los autobuses y el texto en chino para que pudiésemos llevarlo allí donde fuéramos. Al despedirnos nos desearon suerte con unas grandes carcajadas.

Nuestro primer contacto con el mundo exterior fue como entrar por una puerta a otro planeta: nos sentíamos auténticas extraterrestres.

Como aquello era un pueblito y al fin y al cabo todo el mundo se conoce, la gente se paraba a saludarnos y a preguntarnos cosas que, por supuesto, no entendíamos, así que todos acabábamos riéndonos. Desde que pusimos el pie en la calle nos embargó esa sensación de simpatía y curiosidad de la gente que experimentaríamos durante todo el viaje en China.

En frente de la parada del autobús encontramos por primera vez al vendedor de sandías, y a su hijo clónico, que se pasaba el día allí sentado en su sofacito vendiendo las sandías más sabrosas que recordamos y que nos entretenía mientras esperábamos.

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Nuestro amigo el vendedor de sandías

En vez de un autobús llegó una furgoneta que se paró delante de nosotras y por la ventanilla el conductor nos preguntó algo. Le enseñamos nuestro cuadernito con las instrucciones, a él y a los demás pasajeros, y nos dijeron que entráramos. Al final del camino teníamos que bajarnos y coger otro autobús pero para nuestra sorpresa en vez de dejarnos en la parada final el amable conductor nos llevó a la entrada del metro. No entendimos por qué hasta que dedujimos después que era mucho mejor para ir al centro de la ciudad.

El metro en Xian y otras ciudades chinas es una maravilla: moderno, bien señalizado, limpio y rápido (aunque las señales en inglés son ininteligibles). Además, los chinos son increíblemente eficientes. En una ocasión, se nos quedó atascado el dinero en una máquina donde se compran los billetes. Por señas pedimos ayuda a una de las chicas que estaban en la entrada. Inmediatamente pulsó un botón rojo que tenía a su derecha y desde el lado opuesto de la estación salió como de la nada un hombrecito con un mono gris y una llave que abrió la máquina, nos dio el dinero y nos dijo donde cambiar moneda. En apenas tres minutos y sin darnos cuenta resolvieron el problema. Nos pareció que era una broma y que nos estaban grabando con una cámara oculta y después lo publicitarían en la tele. En varias ocasiones pudimos comprobar su eficacia y buena organización, es realmente sorprendente.

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Xian es una ciudad con mucho encanto, a pesar de los cerca de 40 ºC que tuvimos que soportar. Por cierto, el clima nos recordó mucho al de Madrid, muy seco, con inviernos fríos y veranos que achicharran. En el centro de la ciudad antigua visitamos dos de los monumentos más emblemáticos: la torre de la campana y la del tambor. Como en muchas otras ciudades chinas, estas torres se utilizaban en la antigüedad para señalar las horas y el comienzo y el final del día. Excepto la base, que es de piedra, las torres son unas bonitas estructuras de madera pintada de vivos colores construidas en el siglo XIV. Dentro hay sendos museos con instrumentos musicales y cada cierto tiempo se hacen representaciones de música y danza tradicional para los turistas.

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Torre de la campana vista desde la torre del tambor

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Ratoncillo milenario en el museo de la torre

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Torre del tambor

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Artesonado del techo en el interior de la torre de la campana

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Espectáculo musical en el interior de la torre

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Detrás de la torre del tambor hay una zona de callecitas con tiendas, almacenes, restaurantes locales y puestos de comida y frutos secos. El sitio es pura alegría. Está lleno de gente y es un placer callejear e intentar adivinar lo que ves: dulces, guisos, noodles, pinchos de carne y miles de cosas más. ¡Dan ganas de probarlo todo! A la hora de la comida elegimos un restaurante que tenía unas mesitas donde había muchos chinos. El menú y todos los carteles estaban en chino así que elegimos a dedo lo que veíamos en los platos de otros comensales y en el mostrador de la calle. Tuvimos mucha suerte porque entre otras cosas y sin saberlo probamos uno de los platos más típicos de Xian, el Yang Rou Pao Mo, una sopa de cordero a la que se le añaden trocitos de pan. Además, tomamos tallarines de patata riquísimos con verduras y pinchos de cerdo a la brasa. Todo por cinco euros las dos. Una cosa que nos ha sorprendido gratamente desde Nepal hasta ahora es que en todas partes se puede comer por muy poco en los restaurantes locales, entre 2 y 5 euros por comida para las dos.

Como ya sabéis no llevamos guía y no queremos saber mucho de los sitios a donde vamos hasta que llegamos, así que todo lo que vamos conociendo es a través de la gente que encontramos. Es una delicia entrar y descubrir la gastronomía a través de los lugareños. Nos encanta y, además, nos reímos mucho.

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Todo muy clarito

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Muy cerca de esta zona está la Gran Mezquita de Xian y el barrio musulmán. Sí, hay musulmanes chinos, los Han, un grupo numeroso que llegó en el siglo VII a través de la Ruta de la Seda. Por su situación estratégica, Chang’an, la antigua ciudad de Xi’an, se convirtió en el punto de inicio y final de esta mítica ruta. Aquí llegaban las caravanas de camellos con las mercancías con destino a Occidente.

No pudimos visitar esta mezquita pero sí una más pequeña cercana que también es una verdadera belleza. El estilo arquitectónico mezcla elementos chinos e islámicos y es impresionante.

Después de visitar la mezquita disfrutamos de lo lindo perdiéndonos en las callejuelas aledañas del barrio musulmán, repletas de puestos de comida y gente por todas partes. Da la impresión de que allí se detuvo el tiempo porque sigue conservando esa riqueza de productos y gentes que debe haber existido cuando era parada obligatoria en la Ruta de la Seda.

Xian nos dejó muy buen sabor de boca y muchas ganas de volver.

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Mezquita

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Interior de la mezquita

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Interior de la mezquita

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Familia musulmana en la puerta de su local

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Leyenda comunista en una de las calles. Sería muy interesante saber lo que dice ¿alguien lo sabe?

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Three, two, Wang!

¡Ya estamos en China!  En concreto, en la ciudad de Xian, provincia de Shaanxi. Ha sido un shock dejar Katmandú con su suciedad y contaminación para llegar a nuestra primera escala: Chengdu. Al bajar del avión nos encontramos un aeropuerto reluciente con osos panda de peluche en posturas comprometidas decorando distintas estancias. No conocíamos esta ciudad pero según supimos después es uno de los centros logísticos y financieros más importantes del país. Y se nota porque en el aeropuerto hay glamour. Nos ha sorprendido ver a todo el mundo como si fueran a salir de fiesta, las chicas con minifaldas muy cortitas y taconazos se pasean por la terminal como si fueran estrellas de cine preparadas para grabar su próxima escena. Y nosotras con nuestras pintillas, escondidas en un rincón para que no se nos vea demasiado, comiendo un bocata de sardinas en lata.

Después del choque de esta nueva realidad y tras recoger el equipaje nos dirigimos a la salida entusiasmadas con ese momento que habíamos esperado desde hacía meses, cuando contactamos por primera vez con la que sería nuestra anfitriona en Xian. Y allí estaba ella, una mujer chiquitita y glamurosa con un cartel que decía: “Welcome  wwoffers, Nuria and Susana from Spain”: ¡la señora Wang!

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Conocimos a Mrs Wang hace tres meses a través de la página de WWOFF en China. Dirige una granja a las afueras de Xian donde se producen setas para cultivo y consumo. Mientras nos subíamos en el coche con el que fue a recogernos, junto a su amigo y abogado, nos contó que a su granja llega bastante gente para iniciarse en el mundillo de las setas. Después de un trayecto de media hora llegamos a nuestro destino, en un barrio a las afueras de Xian, donde nos recibieron unos chicos bastante jóvenes que trabajan para ella. Allí nos dejaron y la señora Wang se despidió de nosotros hasta la mañana siguiente. Era ya muy tarde y en la oscuridad, Niu  Miao, el único que habla un inglés fluido, nos mostró nuestra habitación, la ducha y los baños y nos explicó que de hecho, estábamos en la granja, donde viviríamos y trabajaríamos junto a ellos. Estábamos tan agotadas después de un largo día de viaje que no preguntamos más y nos fuimos directas a dormir.

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Nuestra habitación

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Nuestro amigo

A la mañana siguiente nos despertamos con un novedoso desayuno: un bocata de lombarda (sí, sí, de lombarda) y los nueve chicos que trabajan allí (5 chicos y 4 chicas). Fue un encuentro muy divertido, era la primera vez que nos veíamos las caras y tras las presentaciones no conseguíamos pronunciar sus nombres, así que tuvimos que perdirles que los escribieran en la pizarra que habían colgado estratégicamente entre nuestras habitaciones y la cocina. Así que, señoras y señores (redoble de tambores), les presentamos a la gran familia setera:  Niu Miao, nuestra conexión con el exterior gracias a su inglés y a su paciencia. Men Ke, nuestra cocinera mas habitual y la mas listilla de la banda. Gao Ling y Wang Hui, las chicas más soñadoras y coquetas de la granja. Yaolei, el más inquieto y dueño de la guitarra que nos ha brindado grandes momentos.  Ding Xin Long, el más tímido y detallista, y Su Yu kun, el más desinhibido y pelín cotilla. Y, finalmente, Feng Wen Chi (alias Gua Pi To), el  más novato, y Wei Wang, la jefa de la banda.

ESP= Fábrica de champiñones organicosENG= Organic mushrooms farm

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El horario de trabajo en la granja es de ocho a doce de la mañana y de dos a seis de la tarde, con una pausa de dos horas para comer y descansar. El trabajo está muy bien organizado. Hay unas cinco actividades distintas y todas tienen su momento y espacio (que explicáremos con más detalle en la sección de voluntariado). Los chicos trabajan muchísimo y nosotras nos hemos acoplado a las distintas actividades siguiendo sus instrucciones. Son muy meticulosos con el trabajo y les preocupa que todo esté bien hecho. No nos extraña que tengan muchos clientes.

En cuanto a las comidas, la señora Wang les abastece con distintos productos que ellos se encargan de cocinar. Las preparan en muy poco tiempo, son comidas sencillas y la verdad es que está todo riquísimo. Nos hemos acostumbrado a desayunar pan chino con repollo, lombarda o patata y a almorzar y cenar noodles (a veces arroz) con verduras y tofu a la plancha con salsa de soja. Ellos siempre toman sopa como postre, algo que a nosotras nos sorprende ya que hemos tenido días con más de cuarenta grados y el cuerpo nos pedía una sandía fresquita. Sin embargo, a ellos les sorprende que tomemos el agua y la cerveza frías porque según Gao Ling, las cosas frías te destemplan el cuerpo. Por las noches, a eso de las nueve, desafiamos a los mosquitos y nos juntamos en  la mesa del porche para comer pipas, uvas, sandía o lo que se tercie antes de irnos a dormir. Tienen pipas de muchas variedades y sabores, riquísimas. Cada día nos asombra descubrir la cantidad de cosas en común que tenemos con ellos, y también lo distintos que somos. Por cierto, los mosquitos siempre ganan.

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Pan para el desayuno

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Un remedio chino excepcional para las picaduras de mosquitos que nos regalaron nuestros amigos

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Nunca pensamos que estaríamos tan bien en este sitio. El trabajo es intenso pero interesante porque cada día aprendes algo nuevo y por las tardes podemos ir a bailar, a jugar baloncesto y al ping pong o a ver cine en la cancha, que es multiusos. Además, los chicos son muy simpáticos y amables, están pendientes de nosotras en todo momento y nos reímos mucho. La señora Wang es una mujer con un dinamismo y una capacidad asombrosa para llevar la granja. Después de pasar dos semanas con ellos les hemos tomado mucho cariño y nos va a dar mucha pena irnos de aquí. Dejaremos atrás a unos buenos amigos.