Avatares de la vida

Tras la estancia en Xian decidimos que nos merecíamos unas vacaciones así que después de mirar muchos lugares chulísimos en Internet, nos decantamos por el parque natural de Zhangjiajie, famoso por inspirar el mundo del planeta Pandora en la película “Avatar”.

El viaje hacia Zhangjiajie lo hicimos en tren y en dos tramos distintos. El primero en tren nocturno. Compramos billetes en el vagón cama y dormimos en un compartimento muy cómodo. El segundo tramo fue todo lo contrario: como no quedaban camas libres compramos un billete barato que  llaman “hard seat” (traducido al español es “asiento duro”) y el nombre lo dice todo. Aunque reservamos asientos, cuando llegamos estaban ocupados por una mujer y varios de sus hijos, un señor mayor y otro chaval, o sea, ¡overbooking total! Tuvimos que reclamar bastante para que los que no tenían asientos se fueran  y nos dejaran sentarnos. Las mochilas las tuvimos que tirar literalmente al suelo porque en los portaequipajes no cabía un alfiler. En este tren fue donde vimos por primera vez a alguien comerse un  aperitivo que después hemos comprobado que es muy popular en  China: las patas de gallina. Suelen venderlas envasadas al vacío y están recubiertas por una especie de gelatina roja. En fin, flipamos cuando vimos a los niños de en frente devorarlas y escupir los huesos donde les salía de ahí…

Después de un viaje muuuuy largo de más de 8 horas llegamos a Zhangjiajie. El dueño del hotel que habíamos reservado por Internet vino a buscarnos a la estación de tren. En la pagina Web decían que tenían servicio de recogida en la estación y, sí, es verdad, el hombre nos recogió, pero con su bici, y nos acompañó al hotel mientras nos daba conversación. La verdad es que el tipo resulto ser muy simpático. Había sido guía del parque de Zhangjiajie durante 20 años, así que nos dio todo tipo de información relacionada con el parque y los alrededores. También nos dio un mapa, pero en chino, así que la orientación dentro del parque fue de lo más intuitiva.

El primer día que fuimos no entramos en el parque, sino que fuimos a la montaña de Tianmen. Para subir hay que coger el funicular más largo del planeta (eso dicen…), y se ve un paisaje bastante espectacular durante la media hora que dura la subida.La verdad es que esta todo tan bien preparado para los visitantes que sólo hace falta que te pongan una alfombra  roja cuando bajas del teleférico. Desde el punto de vista del esfuerzo, la caminata no es nada exigente, pero se ven lugares y paisajes singulares. De hecho, visitamos un monasterio budista bastante impresionante.

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El funicular recorre 7.200 m hasta la cima de la montaña de Tianmen

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Vista desde el funicular

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Llegando a la cima de la montaña

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Balcón con el suelo de cristal

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Monasterio budista en la cima de la montaña

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Monasterio budista

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“Amor entre árboles y rocas”, pero qué románticos son estos chinos…

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Vista desde la parte alta del parque

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La cueva de Tianmen, también llamada Puerta del cielo, a la que se llega después de subir muchos escalones

El resto del tiempo lo pasamos en el propio parque de Zhangjiajie. Cuando uno llega ve una avalancha de turistas chinos invadiendo la entrada. Sin embargo todos desaparecen cuando uno se adentra por las escaleras de piedra que llevan a las partes altas del parque. Los paisajes son de cuento, con miles de peldaños cubiertos de musgo y puentes de piedra con inscripciones en chino. Apenas te cruzas con senderistas en el camino y tan sólo vuelves a ver a gente cuando llegas a tu destino final,  ya que los turistas chinos han llegado con un funicular o un ascensor ultra rápido, previo pago de bastantes yuanes.  Vamos, que lo de caminar no les va mucho.

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¿Alguien ha visto un fraguel?

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“El camino al cielo”

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Puente de piedra en el camino

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Río que recorre uno de los valles del parque

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Uno de los muchos animales que encontramos en el camino

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Este señor tan simpático vendía bebidas y tenía setas y cosas muy raras conservadas en botes de cristal

Nuestra gran aportación al turismo chino fue demostrarles que las  zanahorias se pueden comer crudas. Las llevábamos como aperitivo y las caras que se les quedaban cuando nos veían hincarles el diente eran un poema. Primero se sorprendían, después se reían, y al final nos decían que no se podían comer así, que había que cocinarlas. Y es que allí no se estila lo de comerlas tal cual. Bueno, nosotras sonreíamos y seguíamos con nuestro aperitivo mientras les decíamos que sí era posible. Ya veis, aportando ideas nuevas en el Oriente…quién nos los iba a decir después de haber experimentado lo del bocata de lombarda.

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Haciendo amigos

Durante las caminatas no podíamos evitar  pensar en la suerte que tuvo el equipo al que enviaron a fotografiar los posibles paisajes de la peli de “Avatar”. Y tampoco nos extraña que James  Cameron colocara finalmente a sus  personajillos azules en un enclave similar: es un  lugar único con rincones muy mágicos.

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Montañas del parque que sirvieron a Cameron de inspiración para su película

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Más montañas de Pandora

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En el ascensor de Bailong, con 330 metros de altura y construido en el lateral de una de las montañas del parque, es el ascensor exterior más alto del mundo

Para los que sientan curiosidad por visitarlo les podemos decir que el parque es grande y uno puede invertir casi una semana en recorrerlo si lo que quiere es caminar tranquilamente por los caminitos de piedra, poco transitados y muy solitarios. Si lo visitas a lo chino, te lo terminas en tres días.

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Aquí también duermen la siesta

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De paseo por la montaña

La estancia  en el pueblo de Zhangjiajie, al que volvíamos cada día después de las caminatas, resultó de lo más grata. En el hotel nos mimaron mucho, ofreciéndonos sandía fresquita y rebajas en los precios de la habitación varias veces. Las comidas que nos cocinaban los chicos del bar más cercano estaban buenísimas. Dejamos el lugar encantadas y partimos rumbo a Shanghai preparadas para la aventura del autobús cama.

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Celebrando el final de un bonito día con una cenita típica en el pueblo de Zhangjiajie

Templos, estupas y cordilleras

Nepal es un país con 26 millones de habitantes en el que conviven diferentes etnias, razas, culturas y religiones. Es un ejemplo de tolerancia y armonía. Hinduismo y budismo son las dos religiones principales, que se mezclan en muchos casos en la zona del valle de Katmandú, aunque también hay una pequeña población musulmana y algunos cristianos.

La religión impregna todas y cada una de las actividades diarias de la gente. En cada rincón se encuentran grandes y pequeños templitos improvisados, ofrendas de flores y velas. Los símbolos tienen una gran importancia. Paseando por las calles a cualquier hora uno se topa con hombres y mujeres realizando sus ritos en busca de bienestar, prosperidad y la salvación del alma.

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Templo que descubrimos por casualidad en una plaza de Katmandú

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Ofrendas y rituales

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En Nepal hay numerosos lugares sagrados y de peregrinación. Para los hinduistas el templo más famoso y venerado es el de Pashupatinath, a la orilla del río sagrado Bagmati, en Katmandú. Desafortunadamente, los turistas no pueden entrar al templo pero se pueden visitar las zonas aledañas. Como ya os comentamos en una entrada anterior, nos quedamos sin verlo porque el precio nos pareció excesivo.

El que sí visitamos fue Swayambhunath, también conocido como el templo de los monos. Está en una colina desde la que se ve toda la ciudad, cuando la capa de contaminación lo permite. Para llegar hay que atravesar el barrio tibetano, un barrio agradable lleno de colegios internacionales y caserones, y una vez alcanzado el recinto hay que subir los 365 escalones que llevan al templo. Sin duda, merece la pena el esfuerzo.

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Templo de los monos

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Como son sagrados tienen piscina

El valle de Katmandú es un tesoro que contiene monumentos, templos y monasterios de una gran riqueza artística y arquitectónica. Siete de ellos han sido clasificados como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, entre ellos las tres plazas reales o “Durbar Square”: una en el mismo centro de Katmandú, otra en Patan (barrio de Lalitpur) y la tercera en Bhaktapur, a las afueras de la ciudad. Las tres son una maravilla, no solo por la belleza de sus monumentos sino porque allí los nepaleses van a pasear, celebran sus fiestas, se reúnen en los mercados, contemplan lo que sucede en la plaza y son pura ebullición y alegría.

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Gente pasando la tarde en la Durbar Square

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Gente sentada en un templo de la Durbar Square

La plaza de Katmandú es la más grande y bulliciosa. Nos gustaba entrar y sentarnos en lo alto de algún templito a contemplar lo que pasaba más abajo. Puedes pasarte horas sin darte cuenta. Pero la de Patan es sin duda la que más nos impactó. Está llena de templos bellamente decorados por artesanos Newari, los habitantes originarios del valle. Tuvimos la suerte de estar allí la noche de la celebración del nacimiento de Buda y había grupos de mujeres que iban vestidas con saris del mismo color y llevaban velas encendidas, preparadas para salir en procesión por la ciudad.

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El barrio de Patan tiene un encanto especial. Según algunos registros históricos, era la ciudad más antigua del valle y se anexionó a Katmandú a medida que esta última fue creciendo pero eso no ha impedido que preserve toda su autenticidad. Es un placer pasear por las calles típicas, con tienditas diminutas, banderas de colores y templos en cada esquina. Ya entrada la noche y de regreso al hotel pasamos por el Templo de Oro, otra de sus maravillas. A esas horas estaba cerrado pero en su interior se veían luces. Alguien nos vio mirando entre las rejas y vino a abrirnos la puerta y nos invitó a pasar. Al entrar nos quedamos estupefactas por la belleza del sitio. Toda la decoración era de madera y oro, estaban representados los dioses del hinduismo y había espejos, una barandilla de madera y un patio central donde estaban sentadas un grupo de personas rezando y celebrando el nacimiento de Buda. No nos atrevíamos ni a movernos para no molestar pero entonces se levantó otro hombre y empezó a explicarnos el significado de las figuritas y a preguntarnos quiénes éramos, con esa amabilidad que les caracteriza y que te hace sentir como en tu casa. Cuando terminaron de rezar repartieron unas galletas con un arroz amargo con leche, muy rico. No sabía si nos lo daban para ofrecérselo a Shiva o para comérnoslo pero cuando miré a Nurita era demasiado tarde, ya le había hincado el diente a la primera galleta con arroz. Después nos acompañaron a coger un taxi de vuelta y nos invitaron a volver al día siguiente. ¡Tan simpáticos!

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En uno de los miniportales de Patan

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Una calle del barrio de Patan

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Patan Durbar Square

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Uno de los templos de Patan Durbar Square visto desde el Museo

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Patan Durbar Square

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Niños tocando los tambores en un patio de Patan

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Ceremonia nocturna en el Templo de Oro, Patan

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Casa con decoración típica newari en Bhaktapur

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Arquitectura típica, Bhaktapur

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Patio típico, Bhaktapur

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Y para finalizar, como no pudimos ver las montañas en Langtang por el mal tiempo decidimos ir a probar suerte a Nagarkot, un pueblo a unos 30 kilómetros de Katmandú desde donde hay unas vistas increíbles de los Himalayas, cuando el tiempo acompaña. El recorrido hasta allí es bastante bonito y muy verde pero el pueblo parece construido para que los turistas ricos se dejen la pasta en hoteles de lujo que les permita ver las montañas al amanecer. Nos costó encontrar un lugar honesto donde alojarnos pero mereció la pena. Encontramos un restaurancito donde probamos una cena deliciosa (con chinches incluidas, que me dejaron el culo muy perjudicado) y aunque las nubes no nos dejaron ver más que una silueta tenue de las montañas nos encantó la vista y la excursión por los alrededores que hicimos al día siguiente. Y así, con las ganas de volver para visitar otros sitios maravillosos de este país, nos despedimos de Nepal.

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Vista de la cordillera del Himalaya desde Nagarkot