Jim, Anu y Bobby “malón”

Nuestro paso por Darwin fue fugaz. Después de tres días disfrutando del calorcito tropical y de la compañía de Celia cogimos un avión rumbo a Sydney. Cuando bajamos del avión y nos reencontramos con el invierno empezamos a preguntarnos por qué decidimos ir allí…..Ah, es verdad, huíamos del Monzón que sacude una gran parte del sureste asiático en esas fechas pero se nos fue la mano con la latitud.

Tras recuperarnos del shock térmico nos dirigimos a una pueblito al sur de Sydney que está a más de una hora en tren (sí, sí, entra en la categoría de “donde da la vuelta el aire”). Se llama Campbelltown y allí viven Jim y Anu. Él es un empresario de éxito que se dedica a múltiples tareas. Una de ellas es fabricar champú y exportarlo a Europa. Un día se dio cuenta de de que era un rollo rellenar mil botellas a mano, así que se fue a China para ver si le podían fabricar una máquina que lo hiciera automáticamente y costara dos duros. Obviamente la consiguió y, le pareció tan buena, que decidió pedir más y venderlas a distintas empresas. Damos fe de que el negocio le va muy bien. Su mujer, Anu, es médico de profesión. Tiene una clínica privada que lleva con otros dos socios. Trabaja mucho y tampoco le va nada mal. Ambos se conocieron cuando se acababan de divorciar de sus respectivas parejas. Iban juntos a clase de baile y después de unos meses se hicieron novios y terminaron casándose.

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Jim y Anu

Jim y Anu están muy ocupados con sus trabajos así que siempre necesitan a gente que se ocupe de su casa que, dicho sea de paso, entra en la categoría de lo que nosotros denominaríamos “casoplón”. O sea, si uno entra en la finca y no ve el otro lado de la parcela, eso es un buen casoplón, y así era la casa de estos dos australianos de adopción:  la familia de Jim es de origen inglés y la de Anu del este de Europa.

Jim y Anu conocieron el programa de voluntariado “workaway” en casa de uno de los hijos de Jim y les pareció una buena idea acoger a voluntarios para que se ocuparán de su casa a cambio de alojamiento y comida.

Como habréis adivinado,  nos fuimos de voluntarias al casoplón. Teníamos que trabajar cuatro horas diarias y, entre nuestras tareas, estaba la limpieza de la casa, quitar las malas hierbas del enorme jardín, cocinar y, en alguna ocasión, ir a rellenar botes de champú a la fábrica de Jim con su súper máquina. Muchas veces trabajamos más de cuatro horas para conseguir días libres y visitar Sydney, así que al final del día no sentíamos las manos. Como recompensa cenábamos unos platos exquisitos y contundentes que preparaba Anu.

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Jim en su empresa

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Rellenando botellas de champú en la fábrica de Jim (Foto @Jim)

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Con Will y los “barber poles” de Jim (Foto @Nuria Nuélamo)

Nosotras nos alojábamos en una casa pequeñita al otro lado del jardín junto a Will (el hijo de Jim) y los dos perros de casa, Mya y Honey. Will quiere ser D.J., así que tenía una mesa de mezclas y unas altavoces gigantes en el salón. Casi todas las tardes sus amigos iban a verle y a trastear con el equipo, pero se lo llevaban todo a un almacén contiguo para no molestarnos. Un día entró uno que dijo : “aryadaing, girls?” Y fue cuando comprendimos que el acento australiano cerrado es imposible. De diez palabras entendíamos una, así que la comunicación nunca llegó a fluir con sus amigos.

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Nuestra casita

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Mia

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Lo mejor del día llegaba después de cenar, cuando nos sentábamos en el sofá con Mia y Honey al lado de la chimenea

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En los alrededores de Campbelltown

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Nuestro vecindario

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Anu jugando con su nieta en frente de la casa

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La pequeña Lilly

Nuestros días libres los empleamos en visitar Sydney. En uno de los autobuses que cogimos para salir de Campbelltown conocimos a nuestro ángel de la guarda australiano, Gerry. Este hombre nos salvó la vida el día en que perdimos el último bus para llegar a la casa. Se puso a hacer llamadas y al final consiguió que el mismo autobús que habíamos perdió nos esperara en una rotonda y nos llevara a casa. Hasta nos dio su teléfono por si necesitábamos ayuda cualquier otro día. Otro momento maravilloso en Sydney fue el reencuentro con mi amigo Chris, un astrónomo con el que coincidí en Chile y al que hacía años que no veía.  Nos llevó a conocer Watson’s Bay y las Blue  Mountains, dos lugares que nos encantaron. También nos explicó muchas cosas de la vida en Australia, de la calidad de vida y de la muchísima pasta que necesitas para vivir allí.

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El área para parar en la estación de tren. Solo el tiempo que dura un beso, jeje

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Las olas

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Chris

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Atardecer en el puerto de Sydney

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Las Tres Hermanas, en las Blue Mountains

Un día empezamos a sentirnos mal durante las cenas. Veníamos arrastrando ciertas molestias estomacales desde Indonesia, pero en Sydney el malestar se hizo ya muy patente. Estábamos hinchadas, teníamos muchos gases y hambre a todas horas. Después de indagar en Internet y preguntar a Anu, descubrimos nuestro problema: ¡teníamos parasitos intestinales! Anu nos dio las medicinas oportunas y ese día en la cena empezamos a bromear acerca de los gusanos, del cariño que había cogido al mío, al que puse de nombre Bob, y de la pena que me daba deshacerme de él. Jim sonrió pero no dijo nada. Al día siguiente volvió a salir el tema y pregunté a Jim qué iba a hacer sin mi Bob. En ese momento empezó a reírse como un loco, vamos, que se le saltaban las lágrimas. No entendíamos nada hasta que me explicó que Bob es el nombre que ellos dan a los consoladores, o sea, el acrónimo de “boyfriend on batteries”. Así que cada vez que yo hablaba con cariño de mi gusanoide, él me imaginaba suspirando por el último modelo de vibrador…

Después de tres semanas dejamos el jardín que parecía el parque del Retiro. ¡Bonito es poco! Nos despedimos de todos y también del invierno porque nos esperaba Tailandia con su calorcito.

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Somos acuapónicas

Llegamos a Hong Kong bajo la amenaza de un tifón pero, quitando un vuelo bastante turbulento, la cosa no pasó a mayores. Aterrizamos por la noche y desde el avión sólo se veían islas llenas de luces. Parecía que se llegaba a una ciudad  futurista donde en vez de edificios había plataformas flotantes para repostar con las naves  nodrizas.

Hicimos noche en el aeropuerto y a la mañana siguiente nos dirigimos hacia nuestra nueva granja en el pueblo de Hok Tau que, pensaba yo, tiene nombre de estrella. Llegamos a nuestro destino y comprobamos que es el pueblo más pequeño que existe en el planeta: cuatro casas y ni una tienda ni un bar. Eso sí, el enclave es maravilloso: el pueblo está en medio de un parque natural rodeado de un bosque subtropical muy verde y muy frondoso.

Parada de autobús de Hok Tau

Parada de autobús de Hok Tau

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Parque Natural al lado de Hok Tau

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Nos alojamos en casa de Teressa, la dueña de la granja en la que íbamos a trabajar. Al llegar nos encontramos  a dos wwoofers que se iban, Ajun, del norte de China, y Roland del sur de Australia, ambos majísimos. Ajun es profesor de lengua en una  escuela de primaria y ya nos ha invitado a visitarle en nuestra próxima visita a China.

Y, ¿qué se hace en la eco-granja de Teressa? A ver si lo puedo explicar sin que suene a cuento chino: la granja se dedica a cultivar vegetales, sobre todo papayas. No se utilizan fertilizantes químicos, así que como alternativa se utiliza un fertilizante tan natural como la caca de pez. Y, ¿de dónde  sale la caca? Pues de los peces que tienen en las dos piscinas que hay dentro de la granja. A este conjunto de vegetales y peces cagones se le llama “cultivo acuapónico”.

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Sistema acuapónico

Teressa también está preocupada con la cantidad ingente de residuos orgánicos que se genera en el planeta. Una parte termina en la compostera pero otra no se puede reciclar. Para eliminar esos residuos orgánicos sobrantes, Teresa y sus colaboradores están haciendo experimentos  con un gusano que es capaz de comerse mucha basura en muy poco tiempo. Cuando se hace mayor, ese gusano tragón se convierte en una mosca que llaman ‘black soldier fly’, nombre que impone mucho pero que se queda en nada cuando te enteras de que la pobre mosca no tiene boca y vive sólo siete días. Al no tener boca no trasmite enfermedades ni plagas, así que es perfecta para una granja. Además en esos siete  días de vida tiene tiempo más que suficiente para poner muchos huevos de donde saldrán los nuevos gusanos cagones. Ah, y si hay excedente de gusanos no pasa nada porque ya están los peces para comérselos. Y es así como se cierra el círculo mágico en la granja de Teressa.

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Teressa

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Vista de parte de la granja

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Papayas

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Señora que trabaja en la granja

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Mr. Wu

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Y os preguntareis qué pintábamos nosotras en esta granja tan modernita. Pues hemos hecho de todo: quitar malas hierbas, pelar hojas para la comida, generar plantones de hierbas aromáticas, preparar tierra para plantar, limpiar y ordenar los armarios de la granja, etc. Pero de todas las tareas, la que nos ha dejado una huella imborrable , sobre todo a Susi, ha sido la de recoger gusanos entre las papayas. Ella odia los gusanos y, sobre todo, el olor a compost donde crecían estos animalitos  dentro de la granja. Cuando Teresa nos mandó al huerto a recogerlos, casi le da algo. Al final superó el trauma gusanero y ahora dice, no sé yo si muy convencida, que los gusanos son nuestros amigos. Cosas de volverse acuapónica, oiga usted.

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En proceso de adaptación (mejor no os cuento lo que estaba pensando). Lo superé

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Nuestros amigos

En cuanto a las comidas, hemos consumido sólo productos frescos de la huerta junto con alitas de pollo y carne de cerdo. Una de las cosas que más nos ha gustado ha sido la papaya hervida: cuando está todavía un poco verde se parte y se cuece. El caldito se bebe y está riquísimo, mientras que la papaya se queda blandita y lista para comer con el arroz. El sabor es dulce y suave y, diría yo, es mucho más sabrosa que la calabaza.

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Libélula roja. Las había de muchos colores

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Nuria limpiando malas hierbas entre las papayas

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Verdura típica de la zona

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Quitando las malas hierbas en una plantación de papayas

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A la rica (o no tan rica) comida

De “pas” y “chus”

En los últimos días de estancia en la granja Susi informó a la señora Wang de que en algún momento queríamos celebrar una fiesta para despedirnos de los chicos. La señora Wang sonrió, preguntó que dónde y dijimos que en la granja. Ahí quedo la cosa. A las cuatro de la tarde, Niu Miao nos informó de que la señora Wang había ido a comprar viandas y bebida para celebrar la fiesta esa misma noche. A eso se le llama “tenel muchas ganas de malcha”.

A las siete de la tarde teníamos la mesa del porche llena de comida muy sabrosa y de cerveza, muy fría para nosotras, y del tiempo para los chicos. En un momento dado se propuso jugar a un juego que consistía en llenar un cuenco con cerveza, tirar unos dados y, dependiendo de lo que saliera, beberse la cerveza o no beber nada y pasar el cuenco al de al lado para que tirara los dados. Nos explicaron que lo peor era que te saliera un ocho o un nueve (que se dicen “pa” y “chu” en chino) ya que uno tenía que  beberse la mitad o todo el cuenco, respectivamente. Si salía un siete, uno rellenaba  el cuenco para volver a tirar y arriesgarse a bebérselo entero o dejárselo lleno al siguiente jugador. Nos pusimos a jugar en la mesa.  Yo debo decir que  al principio jugaba sin entender muy bien la filosofía del juego: que perder consistiera en beberse  la cerveza no acababa de comprenderlo. En fin, será mi espíritu cervecero de San  Blas city…En mi defensa diré que Susi es de Vallecas y tampoco lo pillaba…

Después de muchas rondas y muchos gritos, el juego quedó así: la perdedora indiscutible fue Gao Ling, que sacó pas y chus por un tubo (sin exagerar, el 98 por ciento de las veces) y se pilló una “glan tajada”. Muy de cerca quedó la que suscribe, que al final no veía el cuenco de tantos chus. Y la clara vencedora de la noche fue Susi, y la más sedienta: ¡no sacó ni un ocho ni un nueve en toda la noche! Eso sí, tuve que rellenarle el vaso de tapadillo varias veces para que no se quedara sin probar la cervecita.

Andábamos todos bastante achispados cuando la señora Wang dijo: “¡sacad  la guitarra!”. Y en cinco minutos estábamos improvisando un karaoke en el salón. Me dieron un libro de partituras con canciones en chino. Yo tocaba los acordes de canciones que nunca había oído y ellos cantaban por encima. El momento cumbre fue cuando Mrs Wang pidió su canción favorita: Edelweiss. Sí, sí, la misma que el Barón Von Trapp cantaba  a sus churumbeles en “The sound of music” mientras Sor María le miraba con cara de pánfila. Pues marchando una de Edelweiss pero en chino, claro. La señora Wang lo dio todo y, si Sor María la hubiese escuchado, la peli habría terminado de otra manera. Luego se atrevieron con el “Himno de la alegría” y alguna que otra balada romántica, y es que hemos descubierto que a los chinos les encanta la canción melódica. Y así, entre canciones y risas, fuimos cayendo de uno en uno hasta que no quedo nadie despierto.

Vídeo de Gao Ling y la señora Wang dándolo todo

Gao Ling y la señora Wang dándolo todo

A la mañana siguiente nos levantamos a las siete como todos los días. Gao Ling apenas dijo dos palabras mientras inoculábamos bolsitas con semillas de setas y, a la hora del descanso, me la encontré frita en el sofá del salón.

Y así fue como la señora Wang nos organizó  una de las mejores fiestas de despedida que recuerdo.

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La despedida